¡Basta…, basta ya de tanto abuso!

Carlos Rodríguez Nichols

La naturaleza se revela furiosa. Cada vez más, el mundo es testigo de la ira descontrolada de maremotos, desbordamientos fluviales, sunamis, terremotos y  huracanes de destrucción masiva que arrasan con vidas y poblaciones enteras. En las últimas dos semanas el continente americano fue invadido por el devastador Harvey en el sur de Estados Unidos, tres violentos huracanes caribeños que han hecho inenarrables estragos en la zona, y un terremoto a gran escala en el suroeste de México. Escenarios donde se pone de manifiesto la irresponsabilidad del ser humano y la vorágine de retorcidos principios que caracterizan a la llamada civilización industrial y tecnológica. El tal hombre supersónico del siglo veintiuno es incapaz de controlar el ímpetu de mares y vientos rabiosos que iracundos se resisten ante los excesos cometidos por el hombre contemporáneo.

La naturaleza ya no perdona los abusos de la humanidad, de esa bestia humana travestida de hombre civilizado. Toda una falacia. En el fondo, el hombre tarde o temprano expulsa su verdadero ser: personalista, egocéntrico y manipulador, pero, ante todo, mezquino y codicioso; tan arrogante y perverso que desafía y reta el equilibrio ecológico y planetario. ¿Aún queda la menor duda de los abruptos humanos y los nefastos resultados de su destructivo comportamiento?

Insistir en defender lo indefendible no es más que el cinismo en carne viva, a corazón abierto y sin ninguna perspectiva a futuro. Una conducta que persigue exclusivamente los propios intereses cortoplacistas sin importar las derivaciones o secuelas más allá del entorno personal, de ese microcosmos que favorece a un minúsculo grupo a costa de los perjuicios y menoscabos de la humanidad.

No se trata de continuar boca abiertos siguiendo el ciclo devastador de los desbordamientos naturales. Fenómenos que evidentemente no son fake news ni creaciones cinematográficas de los medios de comunicación, para enredar a las masas en supuestos culebrones novelescos o intrigas palaciegas interestatales. No. Es la naturaleza irreverente y contestaría que adolece, en lo más profundo de su ser, el acto transgresor de la humanidad: el mayor de los pecados capitales cometido por el hombre a lo largo de siglos y milenios.

Es hora de que los políticos, banqueros, empresarios, presidentes de compañías multinacionales, empleados públicos, y los miles de millones de hombres y mujeres comunes escuchen con atención el violento ronquido de los océanos  vomitando botellas de plásticos, pedazos de hule, latas oxidadas, tuercas, tornillos y toda clase de chucherías, de esa infinidad de desperdicios arrojados a las calles, alcantarillas, playas y ríos. Desechos que incluso contaminan la estratósfera;  basura cósmica producto de la inconsciencia desmesurada de la raza humana, de la irresponsabilidad de la humanidad, de ese hombre que por más genio y progresos alcanzados, allá, no muy lejos, encierra y esconde su propia bestia: la animalidad humana, la destructibilidad, ese comportamiento diametralmente antagónico a su afán de construir y brillar como ser civilizado.

No tiene sentido seguir en este círculo hipnótico de noticas aterradoras, esa multiplicidad de canales de televisión transmitiendo en diferente idiomas los mismos debacles naturales suscitados en diferentes punto cardinales del planeta. La razón y la coherencia deben de manifestarse en contra de esta pandilla de obtusos que, haciendo oídos sordos al conocimiento y a la ciencia, pretenden intimar a las masas con viciados discursos que solo apremian al exceso, al plus, responsable en gran medida de estas atrocidades medioambientales. La codicia y la mezquindad son las victimarias, las homicidas y asesinas de millones de vidas inocentes, de poblaciones destruidas ante la furia de la naturaleza, de esos virulentos huracanes que enardecidos se revelan ante la insensatez humana.

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Los entretelones del conflicto norcoreano

Carlos Rodríguez Nichols

No hay la menor duda de la peligrosidad que significa la amenaza nuclear de Pyongyang para el mundo entero. Ya no se trata del matonismo de dos chiflados de turno, sino de un ciclo atómico en ascenso que ha sido imposible de aplacar con inútiles sanciones ni con risibles nomenclaturas de eje del mal. El régimen norcoreano en el último lustre ha desarrollado armamento de destrucción masiva lo suficientemente poderoso para causar una catástrofe regional y un desequilibrio ecológico a nivel planetario.

Lo que unos meses atrás se leía como el despliegue de fuerza de un irreverente y paranoico desquiciado dictador, hoy se ha convertido en una vertiginosa aceleración  de ensayos balísticos, una escalada de experimentos nucleares, el  perfeccionamiento de misiles balísticos de largo alcance, y una poderosa bomba de hidrogeno causantes de sismos terrestres en la zona circundante. Una demostración de la carrera atómica del régimen norcoreano que pasó de ser regional para convertirse en una amenaza global: provocaciones que sin duda encienden las alarmas mundiales ante la posibilidad, nada desdeñable, de un conflicto nuclear que involucraría a seis potencias mundiales. Sin más, un escenario donde se pone en juego los intereses políticos, militares y económicos de Estados Unidos, China, Rusia, Japón y Corea del Sur, sin dejar de lado a la Unión Europea como uno de los jugadores de primera división en un mundo interconectado.

Hoy, la península coreana está altamente militarizada tanto por las intimidaciones y desafíos del régimen de Pyongyang, así como por los mecanismos defensivos militares de la primera potencia mundial desplegados en las bases militares de Japón, Corea del Sur y la isla de Guam. Estados Unidos cuenta a ciencia cierta con el apoyo incondicional de Seúl y Tokio, sus grandes aliados en el Pacífico. Según algunos analistas, las provocaciones norcoreanas han beneficiado la expansión militar norteamericana en la zona: un mayor número de efectivos, portaviones, submarinos y el incremento de defensa anti misiles. Sin duda, el expansionismo de Washington en la región incomoda principalmente al gigante asiático y a Rusia. Por esta razón, es sumamente improbable el apoyo de Pekín y Moscú a Estados Unidos en el conflicto norcoreano; más allá de votar en conjunto a favor de las infructuosas sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; decretos que han resultado absolutamente ineficaces en la última década.

El mayor interés de China es conservar su poder geopolítico en el Pacífico. Por eso, se opone a un tajante bloqueo comercial a Pyongyang, su aliado y protegido militar, que actúa como una suerte de escudo o filtro ante la posible escalada norteamericana en la península. Pekín sabe que el día que Estados Unidos derroque al régimen de Kim Jung, en ese momento se unifican las dos Coreas bajo el potentado norteamericano; acrecentando, de esta forma, la presencia de Washington en la región y, consecuentemente, debilitando a China a nivel geopolítico.

Obviamente, a Pekín ni a ninguna potencia mundial le favorece una guerra nuclear; la cual, sin duda, conllevaría a una destrucción inenarrable con resultados catastróficos a nivel poblacionales y económicos. Ante esta coyuntura, los Jefes de Estado de China y Rusia están en una peligrosa encrucijada o más bien entre la espada y la pared: por un lado, la amenaza de la escalada militar y el expansionismo geopolítico de Washington que debilitaría la presencia de China en el Pacífico, y, por otro lado, las continuas provocaciones norcoreanas incitadoras de guerra con consecuencias devastadoras para la humanidad. A simple vista es mejor el expansionismo estadounidense en el Pacífico. No obstante, el fortalecimiento norteamericano en la región atenta contra el poder político, militar y económico de las otras potencias involucradas en esta sinuosa escalada nuclear.

El mayor interés de Rusia es seguir expandiendo su fuerza y poderío más allá de sus fronteras, teniendo en cuenta el reciente éxito militar del Kremlin en Oriente Próximo, y su cercanía estratégica con Irán, Siria y Catar. También, hay que recordar la similitud que comparte Moscú con el gigante asiático en  la construcción de un Estado poderoso e implacable. Todo esto desmarca a Moscú de Washington, nación  con la que una vez más rivaliza la supremacía mundial en un escenario multi-actoral. Una lucha de poderes independientemente del inquilino que ocupe la Casa Blanca, ya sea aquel primer mandatario de raza negra con una línea de pensamiento de centroizquierda, o, el actual presidente de corte neo fascista defensor de movimientos de ultra derecha. Al final, es una mano a mano entre potencias con diferentes posicionamientos ideológicos en el que cada uno, desde su propia trinchera, intenta liderar la carrera armamentista y el poder en términos globales.

Ante las amenazas y constantes provocaciones de Pyongyang, Estados Unidos como primera potencia mundial debe de sentarse a la mesa de negociaciones con las otras potencias involucradas en el conflicto norcoreano. Ya no se trata de sanciones. Se trata de ofrecimientos. ¿Cuáles son las renuncias y beneficios que se explayarán sobre la mesa de negociaciones a favor y en contra de los intereses de Washington, Pekín, Moscú y Pyongyang? A este punto, está de más recordar que a ninguno le conviene una guerra de esta magnitud. Estados Unidos carga sobre sus espaldas una deuda trillonaria heredada de las invasiones a Oriente Próximo. Pyongyang, el régimen dictatorial de Kim Jung-un, y los pueblos de la península coreana resultarán acribillados bajo los efectos mortales de las armas de destrucción masiva. Y, China y Rusia verán menguados su fuerzas ante una debacle regional.

De igual manera, hay que tener presente el lugar de preponderancia militar que ocupan Seúl y Tokio, naciones que ante esta peligrosidad regional intentan lograr una mayor autonomía militar y nuclear más allá del respaldo de su aliado y socio estadounidense. Por ende, ya no se trata solamente de sancionar al irreverente dictador, sino de mesurar y poner en perspectiva los posicionamientos y estrategias de cada uno de los múltiples jugadores de este delicado ajedrez político; contienda a la puerta de un conflicto bélico en el que se pone en jugo una catástrofe planetaria.

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Ante una posible hecatombe mundial

Carlos Rodríguez Nichols

Corea del Norte no es Irak ni Afganistán. El régimen norcoreano innegablemente cuenta con armamento nuclear capaz de causar una destrucción regional, exterminar a millones de víctimas inocentes, y ocasionar inenarrables secuelas en Corea del Sur y los territorios circundantes. Por lo tanto, en el hipotético caso de un enfrentamiento militar, cualquier escenario bélico es catastrófico tanto para la península coreana como para el mundo.

La superioridad castrense de la primera potencia mundial sobre el régimen norcoreano es irrefutable. No obstante, según expertos militares, un primer ataque estadounidense no destruiría el arsenal norcoreano en su totalidad. En todo caso, con seguridad, acarrearía devastadoras consecuencias a las poblaciones aliadas de Estados Unidos, principalmente a Seúl. También, un primer ataque de Estados Unidos abriría el espacio a una respuesta militar norcoreana contra Japón y la vecina isla de Guam, o, incluso, la posibilidad de apuntar al territorio estadounidense con misiles de largo alcance perfeccionados y puestos a prueba durante el último año.

En otras palabras, Estados Unidos difícilmente tendría la capacidad de blindar a sus aliados ante un eminente ataque norcoreano, lo que convierte esta contienda en una trágica y ruinosa guerra en la región, una devastación a gran escala lo suficientemente competente para arrasar con incontables vidas humanas y el equilibrio ecológico planetario.

Ante esta realidad, tanto la actual Administración de Washington como el régimen dictatorial norcoreano están absteniéndose de ser el primero en atacar al adversario; dado que, una irrupción proveniente de cualquiera de los dos frentes conlleva resultados desoladores para la humanidad. Sin duda, a ninguno de los actores políticos le conviene un conflicto de esta magnitud. Por esta razón, el dictador norcoreano relativizó su plan de atacar las islas Marianas, una invasión que se traduciría en el suicidio político de Kim Jung y el fin de su régimen dictatorial. Estratégicamente, y ante una indiscutible defenestración política, el virulento dictador lanzó la pelota al tejado de la Casa Blanca.

Para algunos analistas, este conflicto es un juego de poder entre Washington, Pyongyang y sus respectivos aliados. Una perfecta excusa de Estados Unidos para militarizar la zona, y por otro lado, una suerte de “presentación en sociedad” de Corea del Norte ante las naciones nuclearizadas. Más allá del alcance de estos análisis, algunos con tintes alarmistas y otros de un corte simplista pasmoso, existe una preámbulo de guerra en la zona que puede desembocar en un conflicto con consecuencias devastadoras para el mundo entero.

Por eso, es necesario buscar una salida realista a esta escalada de amenazas,  provocaciones y frases explosivas de ambos Jefes de Estado. Ya no se trata de demostrar cuál de los dos mandatarios es más altanero al despotricar a su contrincante con feroces bravuconadas, sino encontrar un terreno común favorable a la seguridad mundial. Sin más, una solución pacífica a la carrera nuclear de Pyongyang es idóneo para todas las partes involucradas, pero principalmente para el gigante asiático que resguarda con recelo su poder geopolítico regional.

Sin lugar a duda, no se trata de un panorama que solamente involucra a las naciones en conflicto y a sus respectivos insensatos mandatarios, sino una coyuntura que implica los intereses geopolíticos de las potencias de Oriente Occidente. Por lo tanto, se requiere de una estrategia diplomática competente que baje los decibeles y las mutuas instigaciones; pero, ante todo, se necesita construir puentes cementados sobre macizos pilares en función de los beneficios de los diferentes actores involucrados en el conflicto. Una negociación que supone renunciar a ciertos intereses nacionalistas con el fin de obtener ventaja en otras posiciones.

A esta altura, es imposible pretender la des-nuclearización de corea del Norte, férrea herramienta del dictador para mantener su régimen y ocupar un lugar entre las naciones con poder atómico. Si Washington y los países occidentales insisten en persuadir al lunático mandatario norcoreano de la opción de desmantelar su arsenal nuclear, entonces, Pyongyang, seguirá fortaleciéndose militarmente y desarrollando su industria nuclear, cada vez más sofisticada, al margen de los inútiles bloqueos comerciales de Occidente. Sanciones que han resultado de una absoluta ineficacia en repetidas ocasiones.

Existen solamente dos opciones viables: sentar a Corea del Norte a la mesa de negociaciones aceptando su capacidad nuclear, o, lanzarse a una guerra sin precedente con catastróficas consecuencias para el mundo. Obviamente, ninguna de las dos opciones es la panacea de la política internacional, pero, ante el desolador panorama de una posible hecatombe mundial hay que escoger lo menos perjudicial para la humanidad.

La guerra nuclear innegablemente es una calle sin salida o, más bien, un túnel obscuro en el cual se camina a tientas sabiendo de ante mano los indescriptibles perjuicios. Por otro lado, la aceptación de una Corea de Norte con una cuota de poder atómico, al menos le ofrece a Occidente el espacio para negociar acuerdos diplomáticos que cuenten con el respaldo de Rusia y China.

Una vez más, el conflicto en la península coreana no se trata de una contienda entre Estados Unidos y Pyongyang, ni tampoco de una discrepancia entre dos perversos narcisistas; sino, de una situación político militar de gran complejidad donde se pone en juego el equilibrio planetario.

 

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La animalidad del hombre civilizado

Carlos Rodríguez Nichols

Barcelona y Charlottesville fueron escenario de dos actos de barbarie que dejaron como saldo un centenar de heridos y la vida de incautos truncadas en manos de antisociales que aterrorizan al mundo proclamando sus retorcidas ideologías. Tanto los fundamentalistas musulmanes como los obcecados fascistas de ultra derecha, una vez más, sembraron el pánico y el caos en la sociedad española y estadounidense, imponiendo con ferocidad lo más básico y primitivo del ser humano: el sentimiento de odio sin límites ni barreras.

Sin el menor respeto por la condición humana, estos desalmados acribillan a seres desconocidos sin importar sus orígenes ni sus lazos sociales, y, aún más, atropellan a sujetos inocentes transformándolos en objetos desechables cuales desperdicios callejeros. Las Ramblas barcelonesas sirvieron como telón de fondo para perpetuar una brutal masacre; atentado, en el que grupos fundamentalistas se jactan de su autoría fortaleciendo así su vanidad y soberbia. Una mara de salvajes que no merecen la nomenclatura de humanos.

En Estados Unidos, Charlottesville marcó un antes y un después en el contexto social y político norteamericano. Las calles de Virginia fueron testigo del racismo y la xenofobia  de un sector extremista de la población estadounidense: la mayor puesta en escena de mezquindad oculta por décadas ante la mirada pública. Con cánticos alegóricos a los más bajos impulsos, los neo nazis revindicaron la supuesta supremacía del hombre blanco sobre otras razas, cultos y orientaciones sexuales. En otras palabras, un insulto a la evolución intelectual y a siglos de civilización. Estas aberrantes conductas demuestran, una vez más, que no es necesario tener esclavos, o ser esclavo de un solo amo, para vivir el desprecio étnico o la humillación por pertenecer a un credo religioso contrario al cuerpo ideológico de los grupos de poder.

Los hechos sucedidos en Barcelona y Virginia son absolutamente inexcusables. Así como es inadmisible adjudicar una cuota de responsabilidad a los españoles barceloneses por conductas desdichadas del pasado; de igual forma, es inaceptable aminorar la hostilidad de la manifestación neo nazi de Charlottesville, comparando estos viles acontecimientos a los crímenes cometidos por movimientos de extrema izquierda durante buena parte del siglo veinte.

Si nos remontamos a décadas atrás, el despotismo de la izquierda soviética no es razón pertinente para justificar la asunción de grupos ultraderechistas centro europeos, autores de la exterminación de cientos de miles de inocentes de la forma más inhumana suscitada. En otras palabras, las torturas estalinistas no excusan la existencia de los crematorios humanos de la Alemania nazi.  Tampoco, la codicia de algunos banqueros y mercaderes judíos es alegato para aniquilar a científicos, escritores, médicos, y, a millones de hombres, mujeres y niños hebreos, víctimas de la patología mental, del desenfreno, y de la psicosis delirante de un insensato.

Es imposible intentar absolver la animalidad y barbarie de unos cuantos señalando a justos y pecadores como infractores de las mismas transgresiones. No se trata de minimizar una causa inculpando al Otro de iguales o peores avasallamientos; justificación que no es más que un magro mecanismo utilizado hasta la saciedad para enmendar lo indecible. En suma, es absurdo menguar la responsabilidad de estos antisociales, ni mucho menos tildar de idealismo el comportamiento de algunos miembros de estos grupúsculos de extremistas, dignos de los más despreciables calificativos excepto de personas bondadosas. En otras palabras, tal respuesta, llana y vacía de contenido, no es más que una miopía política carente de cualquier respeto intelectual; principalmente, cuando  proviene de las más altas esferas de una de los países agredidos por esta lacra social. El presidente estadounidense, en lugar de defender lo indefendible, como Jefe de Estado debería de representar los valores de una sociedad que ha construido su identidad de nación sobre los pilares de igualdad y libertad, independientemente, de la raza y el credo religioso de sus ciudadanos.

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Las “fake news”

Carlos Rodríguez Nichols

Una de las potestades de los medios de comunicación es informar y trasmitir conocimiento. Difusión no solo en una comunidad específica, sino con extensión global en un mundo interconectado. Para ello, se requiere obtener  hechos debidamente verificados. En este caso, es indispensable un escrutinio de las fuentes de información, muchas de ellas erróneas e inexactas: en algunos casos mal interpretadas o, incluso, sesgadas según la afinidad a un pensamiento político o partido determinado.

Desafortunadamente, en ciertas ocasiones existe un manejo errado de los hechos  que, en lugar de informar y trasmitir conocimiento, más bien, se convierte en tácticas partidistas para desenfocar al público de situaciones que atenten contra los intereses de grupos determinados. Al punto que, el mismo acontecimiento muchas veces es presentado de forma diametralmente opuesta por diferentes medios de comunicación según la línea editorial del comunicador. Tergiversaciones de un hecho noticioso con fines estratégicos para favorecer políticas puntuales.

Pero, las fake news no son solamente producto de periódicos tendenciosos de izquierda o de diarios de corte conservador de derecha; sino, también, de las agencias de inteligencia transmisoras de mensajes desvirtuados de coyunturas específicas, o, si se quiere,  des-conocimientos de los contextos sociales y políticos de los adversarios.

No hay mayor impudicia de una realidad ficticia que las aseveraciones de la supuesta existencia de destrucción masiva en manos de Sadam Hussein. Una falacia orquestada por el expresidente George W. Bush, la industria armamentista, los medios de comunicación vinculados al oficialismo, y las agencias de inteligencia responsables de suministrar información “exacta” del enemigo. Una vil manipulación de los hechos para excusar la invasión a Irak: uno de los conflictos armados más costosos de los últimos tiempos que finalmente se tradujo en una deuda trillonaria, y en el desprestigio de Estados Unidos por manotear la información según su conveniencia.

La invasión a Irak fue un fraude a gran escala que apocó la credibilidad de la primera potencia mundial y la carrera política  de Tony Blair y José María Aznar, los dos aliados incondicionales de Bush en esta desvergonzada mentira. Un vulgar montaje de engaños y artificios que incluso terminó socavando el respeto de Naciones Unidas como organismo internacional. Una desfachatez, de conversión de los hechos, en la que las agencias de inteligencia en estrecha relación con las confabulaciones de Washington falsificaron información referente a la existencia del infundado armamento masivo iraquí.

Y, siguiendo esta línea de sucesos, qué mayor distorsión de la verdad que el señalamiento a afganos e iraquíes como autores del atentado de las Torres Gemelas neoyorkinas, cuando se sabe a ciencia cierta los nombres y el historial de los quince pilotos ejecutores de uno de los mayores golpes terroristas de la historia contemporánea. Todos ellos procedentes de Arabia Saudí. Una elaboración escénica en la que se excluye a Riad, el mayor socio comercial de Washington en Oriente Próximo, de toda responsabilidad y participación en este atroz atentado. Fake news construidas con fines geopolíticos y confeccionadas a la medida alrededor de una mega falacia para beneficiar a los hombres de confianza del entorno intrínseco al entonces presidente George W. Bush.

Por eso, no es de extrañar que el actual mandatario norteamericano se refiera al Rusiangate como una maniobra periodística de falsas noticias. Pero, en esta ocasión habría que ver quién es el mayor mentiroso de la conspiración rusa. Una trama que involucra al exdirector de la FBI, las agencias de inteligencia, los servicios secretos de Washington y Moscú, reconocidas figuras del Partido Republicano, y consejeros del advenedizo inquilino de la Casa Blanca señalado por sus retorcidas maniobras empresariales y contactos mafiosos en el mundo de los casinos, la farándula, realityshows, y prosaicos espectáculos de belleza.

Por eso, hablar de fake news no se limita solo a la información adulteradas de las redes sociales, medios de comunicación y organizaciones activistas. Las noticias falsas  más contundentes proceden del círculo íntimo de personalidades con distinguidas investiduras, y de las agencias especializadas supuestamente vigilantes de la seguridad nacional y constructoras de conocimiento veraz. Agencias que deberían tener la solidez ética y profesional para excluir hipotéticos posicionamientos que beneficien exclusivamente a un reducido sector de la sociedad.

Ante este panorama, si se intenta radicar las noticias falsas de las redes y medios de comunicación, entonces, habría que empezar por eliminar el doble discurso institucional. Si no, seguiremos siendo manipulados por los grupos de poder, por los medios de comunicación de derecha o de corte izquierdista, los intereses mercantilistas de las compañías multinacionales, y los desvergonzados grupúsculos financieros que sin el menor recato atentan contra la dignidad de los comunes.

En otras palabras, las fakes news son viciados acontecimientos noticiosos que, en lugar de informar y producir conocimiento en los ciudadanos, más bien se utilizan como artimañas para desviar la atención de situaciones turbias y corruptas; sucesos que astutamente se esconden o se muestran de forma desfigurada ante la luz pública.

 

 

 

 

 

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¡Por qué no te callas…!

Carlos Rodríguez Nichols

Se espera de una persona inteligente que escuche, analice las diferentes variables, construya un pensamiento ponderado y, posteriormente, haciendo mérito a la prudencia y a la sensatez enuncie una opinión equilibrada. Un procedimiento en el que interactúan múltiples factores desde la constitución genética, un entorno favorable en el desarrollo, y una organización emocional dentro de los parámetros considerados normales.

Algunos tienen la velocidad mental para circundar dicho proceso intelectual en una mayor brevedad de tiempo; pero, lo que difícilmente se consigue es formular una apreciación o discernimiento sensato sin haber razonado cavilosamente acerca de las alternativas y sus múltiples consecuencias en juego. Por eso, a pesar de que el saber callar no es necesariamente un signo de inteligencia, al menos, por medio del silencio no se pone en evidencia, ni se hace alarde, de aquello de lo que se fue negado por naturaleza. De ahí que, si se trata de una inteligencia limitada o circunscrita exclusivamente a una específica área del conocimiento, entonces, en este caso, es mejor el silencio que el vacío de intelecto de una exuberancia verbal. Verborrea incontenible comprensible en un adolescente tardío ostentoso de deslumbrar su entorno; pero, inaceptable en una persona con una supuesta madurez emocional de acuerdo y deseable a la etapa adulta.

El trayecto subjetivo desde los albores de la existencia hasta el ocaso de la vida está constituido por una multiplicidad de situaciones que proporcionan la sabiduría de saber estar según los mandamientos más genuinos del sentido común. Sin duda, la mayoría de los mortales carecen de sobresalientes excelencias, y, algunos, apenas cumplen con los deberes y obligaciones que la cultura de una forma u otra exige. En el mejor de los casos, ejercen una paternidad y ciudadanía responsable, virtud que no es un tema menor y mucho menos desdeñable.

El problema reside en aquellos que por una condición económica privilegiada se encuentran en la cúspide social con autoridad de mando, pero sin las herramientas necesarias para hacer honor a su investidura. Esos, que por herencia generacional o simple habilidades empáticas logran ocupar un lugar de reconocimiento. A simple vista y ante la mediocre mirada generalizada, no son tan incautos al ser capaces de escalar la cima del tan anhelado ascenso socioeconómico. Sin embargo, en ese mundo de apariencias, la mayoría destaca por una pasmosa ligereza cultural, escasa profundidad de pensamiento e incluso, hilando delgado, de una vergonzosa inconsistencia ética. Sin más, incapaces hombres y mujeres que por accidentes del destino o erróneas decisiones del electorado ocupan acreditadas jefaturas de gran responsabilidad. La historia guarda en su memoria histórica huellas de miseria, violencia y guerras, con saldos millonarios de víctimas inocentes, causadas por estos desdichados.

Hoy, más que nunca, el silencio es valor meritorio en una era globalizada en la que ciento cuarenta caracteres recorren el mundo entero en cuestión de segundos: mensajes virtuales que se convierten en parte del conocimiento colectivo de una sociedad tecnológicamente interconectada. Por eso, cabe recordar la célebre exclamación del entonces Rey Juan Carlos de España, ante la inconsistente y necia perorata de Hugo Chávez que durante interminables horas hacía alarde de su narcisista y empalagoso discurso populista. Un grito visceral que por un instante borró el aristocrático origen del monarca, silenciando al vulgar comandante bolivariano con aquel contundente: ¡”por qué no te callas”!El mismo grito que el mundo debería vociferar ante la imprudencia del Comandante en Jefe, que en lugar de hacer honor a la presidencia de la primera potencia mundial, con irresponsables amenazas se rebaja a la altura del mentalmente perturbado dictador norcoreano. Sin más, dos desequilibrados emocionales con más signos psicopatológicos que de sensatos Jefes de Estado, valiéndose de histriónicos insultos están a punto de provocar un conflicto nuclear capaz de explotar el mundo en mil pedazos.

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La Casa Blanca: una comarca de payasos

Carlos Rodríguez Nichols

Donald Trump con un discurso populista logró escalar en el Partido Republicano hasta llegar a ocupar la silla presidencial del Despacho Oval. El magnate inmobiliario dueño de casinos, concursos de belleza y revistas basura, vendió la imagen de un empresario exitoso capaz de revolucionar el sistema político de Washington.

Después de siete meses a la cabeza de la nación estadounidense, el nuevo inquilino de la Avenida Pensilvania ha demostrado una absoluta incapacidad para liderar la primera potencia mundial y su entorno más cercano. La díscola y caótica Casa Blanca se ha convertido en un recinto de inexpertos políticos carentes de conocimiento sin las herramientas sociales y diplomáticas para hacer frente a las alarmantes realidades que amenazan el planeta.

A todas luces, una total falta de estrategia hasta para esconder las mentiras y confabulaciones de la familia presidencial envuelta en un puñado de marañas mafiosas y relaciones clandestinas con gobiernos históricamente enemigos: una madeja de falsedades que no se sostienen en una era de comunicaciones globalizada. Incluso, los medios de comunicación con líneas editoriales favorables al gobierno no pueden ocultar el desorden institucional de la casa presidencial durante la Administración Trump. Un desfile de incompetentes que salen por la misma puerta por la que entraron días anteriores, y prosaicos jefes de comunicación que comportándose como viles y vulgares mercaderes, con palabras altisonantes intentan amedrentar a indisciplinados subalternos irrespetuosos de las directrices marcadas por el incapaz Jefe de Estado.

Si los subordinados más allegados al Presidente no son leales a su investidura, entonces, es imposible pretender que la comunidad internacional tenga respeto por el Comandante en Jefe de la primera potencia mundial. A raíz de esto, el liderazgo de Estados Unidos se ha visto notoriamente aminorado, debilitando consecuentemente  el prestigio de Washington como principal actor en la arena política internacional. Especialmente, en un contexto inquietante ante el ascenso nuclear de Corea del Norte, el expansionismo geopolítico de Rusia, y la ambición imperialista de China en términos globales.

Aquel circense candidato republicano, aplaudido por un público al que irresponsablemente complació con disparatados muros fronterizos y delirantes medidas sectoriales, hoy, como presidente, cuenta con el mayor desprestigio de la historia norteamericana y con un contundente menosprecio doméstico al no llevar a cabo las promesas de campaña ni las metas propuestas. Esta suerte de palurdo se ha convertido en el dolor de cabeza de economistas, políticos y jefes de gobierno testigos del caos institucional de la Casa Blanca, y de las transgresiones de los servicios de inteligencia extranjeros a los fundamentos de Estados Unidos como nación. No hay la menor duda de que el Kremlin ha dado un golpe sin precedente al sistema democrático norteamericano, violando sin el menor decoro ni respeto la intimidad de la primera potencia mundial.

Ante la flaqueza de liderazgo norteamericano y las incongruentes políticas segregacionistas, la comunidad de naciones europeas da un paso al lado de Estados Unidos tomando el destino en sus manos. En medio de vendavales económicos que pronosticaban una feroz tormenta, Europa afronta con tenacidad la deserción del Reino Unido, una de las principales economías continentales y bastión en materia de seguridad regional. Esto, sumado a las constantes intimidaciones y a los numerosos atentados terroristas en las principales capitales europeas.

Una coyuntura sociopolítica que es todo menos halagadora. Un pulso hegemónico de Oriente Próximo entre persas y saudíes, ante la mirada cómplice de Rusia y Estados Unidos, dos adversarios geopolíticos desde hace más de setenta años. Sin duda, Siria  sirvió como plataforma para el lanzamiento militar ruso a gran escala, una apuesta que favoreció a Putin como actor de peso en la arena política internacional, y a la reinserción de Rusia entre los mayores potentados del mundo. Alejada de la ortodoxia comunista, Rusia al igual que China se convirtieron en economías de mercado regidas por Estados de corte dictatorial con controles jerárquicos de la maquinaria gubernamental. Esta similitud entre ambas potencias las acerca estratégicamente frente al expansionismo imperialista estadounidense en el Golfo Pérsico y en la zona del Pacífico. Un duelo entre imperios en declive y rivales en ascenso, en el que se pone en juego el poder hegemónico de Estados Unidos frente al crecimiento militar ruso y la influencia económica mundial de China.

Por eso, para entender la perturbadora situación de la península coreana hay que comprender los intereses hegemónicos del gigante asiático chino y la alianza tácita de Pekín y Moscú, muy lejos de una supuesta interrelación con el advenedizo jefe de gobierno de  Washington. En otras palabras,  Estados Unidos carece del apoyo militar de China y Rusia, y, posiblemente, tampoco cuenta con el ciego respaldo de las naciones europeas; comunidad de la que Washington tomó explícitamente distancia, oponiéndose al financiamiento estadounidense al tratado militar trasatlántico.

El supuesto gran hombre de negocios, patrocinador de realityshows de  una absoluta ligereza intelectual, ha demostrado total incapacidad para poner fin a los entretelones de la Casa Blanca y los dimes y diretes de sus más cercanos allegados. Si por la víspera se saca el día, difícilmente, el incompetente mandatario norteamericano tendría las agallas ni el discernimiento político para liderar una invasión nuclear en la península coreana: conflicto armado en el que morirían cientos de miles de civiles, efectivos norteamericanos y coreanos, y dejaría daños colaterales a nivel mundial.

Sin más, el ascenso nuclear de Corea del Norte se fortalece día tras día ante la ineptitud del mandatario estadounidense, torpemente, implicado en las maquiavélicas estrategias de servicios secretos extranjeros que claramente juegan en su contra. Sin duda, mientras el mundo camina en la cuerda floja a punto de caer al vacío, el presidente parece ajeno a la enorme responsabilidad que recae sobre su estatura política como Comandante en Jefe de la primera potencia mundial.

 

 

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