Las potencias nucleares

Carlos Rodríguez Nichols

Para entender la actual constitución mundial hay que comprender la existencia de múltiples frentes de poder en el escenario internacional. Ya no se trata de una división global en la que solo existían dos potencias con armas atómicas, Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, rivalizando por la supremacía planetaria. En el presente imperan diez arsenales nucleares pertenecientes a pueblos y culturas heterogéneas con estructuras sociales tan disimiles como Francia y Pakistán, o el Reino Unido e India.

Algunas de estas naciones se caracterizan por un evidente antagonismo entre etnias y clases sociales ahondado, en algunos casos, a una violencia desproporcionada. Claro ejemplo de esto es Corea del Norte, que cuenta con un ambicioso programa nuclear y un acometido ascenso como nuevo poder atómico en la arena política internacional. Por eso, hay que entender que el mundo no pende, como en el pasado, de la racionalidad de dos Jefes de Estado capaces de presionar un botón y hacer explotar el planeta en mil pedazos. Ahora hay una pluralidad de actores con armas de destrucción masiva, algunos de ellos, palurdos y viles matones de barrio ascendidos a mandatarios, con resentimientos acrecentados debido a factores históricos.

Hay que recordar que Europa y Estados Unidos se re-partieron el territorio de Oriente Próximo en base a sus propios intereses geopolíticos durante la primera mitad del siglo veinte. Occidente, definitivamente, necesitaba del acceso a esta zona del mundo para resurgir después de dos devastadoras guerras mundiales llevadas a cabo en un período de treinta años. Hoy, las naciones occidentales están pagando la factura del abuso cometido en la región al imponer y destituir a Jefes de Estado según sus conveniencias políticas y económicas. “Así como lo pusimos de la misma forma lo sacamos”, es una célebre frase de Winston Churchill refiriéndose al padre del último Sha de Persia.

En el presente, la península arábica está conformada por dos hegemonías que controlan la región. Por un lado, Arabia Saudí con el respaldo de Estados Unidas y las naciones europeas. Por otro lado, Irán y Siria con el apoyo militar y económico de Rusia. Una realidad en la que también interactúan organizaciones fundamentalistas y grupúsculos extremistas patrocinadas por gobiernos y redes internacionales al margen de la ley: narcotráfico, mercado negro de armas y petróleo y movimientos financieros subterráneos. La humanidad, ahora más que nunca, está amenazada por diferentes grupos de poder, ideologías y populismos que se desafían los unos a los otros.

Ante esta multiplicidad de fuerzas, cada uno de estos poderes atómicos debe medir cuidadosamente sus avances militares, teniendo en cuenta los intereses territoriales de las otras potencias en las diferentes regiones del mundo. Es innegable que China defiende sus caudales y a sus socios políticos y comerciales en la región asiática, dando prioridad a sus beneficios antes de promover a otra de las potencias rivales en su zona de control: la potencia china primero protege sus réditos y lucros antes de fortalecer a Estados Unidos en la península coreana. Sería ingenuo pensar que la consonancia entre Bejín y Pyonyang se limita solamente a inversiones de carácter exclusivamente mercantilistas.

No hay duda de que el crecimiento nuclear del régimen norcoreano en los últimos años ha sido avalado por una China permisiva con el programa atómico de Corea del Norte, factiblemente, como contrapeso a la estrecha  relación bilateral entre Washington y Seúl. También, hay que recordar que los billonarios presupuestos mundiales invertidos en la industria armamentista no están destinados para construir una colección museológica de misiles y armas convencionales. Las potencias necesitan poner a prueba el armamento para perfeccionar la maquinaria castrense, y la única forma de lograrlo es llevando a cabo contiendas bélicas. Esto explica el fuerte interés de las entidades militares occidentales por los conflictos armados de baja intensidad, como el reciente ataque estadounidense a la base aérea siria y el lanzamiento de la madre de las bombas al este de Afganistán; de igual forma el deseo beligerante del Jefe de Estado norcoreano de poner a prueba sus avances tecnológicos, y la innegable carrera nuclear de los ayatolas de la República Islamista de Irán.

En política internacional no hay buenos y malos. Se trata de potencias mundiales reafirmando su fuerza y hegemonía en las diferentes zonas geopolíticas. Por eso, la salida más sensata a los conflictos actuales es por medio de negociaciones diplomáticas multilaterales, en lugar de confrontaciones militares que puedan desencadenar en una guerra a gran escala entre naciones poseedoras de armamento atómico.

Una vez más, ya no vivimos en la era en que Estados Unidos y la Unión Soviética rivalizaban la supremacía global. Desafortunadamente, en la actualidad hay diez naciones con un demoledor arsenal nuclear, lo que aumenta exponencialmente las posibilidades de una destrucción masiva a nivel global.

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El mundo tiembla ante la irracionalidad de los gobernantes

Carlos Rodríguez Nichols

El reciente ataque estadounidense al territorio afgano es un despliegue del poder militar de la primera potencia mundial. Estados Unidos lanza el arma no-nuclear más poderosa de su arsenal, dejando un saldo de noventa muertos miembros del Estado Islámico y la destrucción de una red de túneles y cuevas al este de Afganistán.

Con la excusa de acabar con un reducido número de extremistas islámicos, Estados Unidos irrumpe en el espacio y soberanía de Afganistán para poner a prueba la madre de las bombas. Esta arma de exterminio innegablemente conlleva graves consecuencias ambientales y geológicas: derivaciones colaterales en vidas humanas, flora y fauna imposibles de cuantificar. Un abuso de poder, desde todo punto de vista, contra la nación afgana.

La demostración armamentista en Afganistán se llevó a cabo una semana después del ataque con cincuenta y nueve misiles en Siria como medida punitiva al régimen de Bashar al-Ásad por el uso de armas químicas contra la población civil: una absoluta incongruencia en el discurso de la primera potencia mundial. Por un lado, Estados Unidos lanza una bomba de destrucción masiva produciendo una mega descarga en el este de Afganistán, un atentado, una vez más, del que aún se desconoce los efectos y desenlaces a futuro. Por otro lado, la primera potencia mundial ataca al régimen sirio por el uso de armas químicas contra ochenta civiles. Vergonzosamente, ambos atentados contaron con la complicidad silenciosa de la gran mayoría de las naciones del mundo.

La invasión a Siria, basada en conjeturas, tuvo el apoyo unánime de los mandatarios europeos. En el caso de ser una vil confabulación entre las potencias europeas y Estados Unidos, este contubernio sin duda produjo un reposicionamiento del presidente norteamericano ante la OTAN. En cuestión de días, la Organización del Tratado del Atlántico Norte pasó de ser una entidad obsoleta digna de ningún respeto, según afirmó el empresario neoyorkino en sus discursos de campaña, para convertirse en una institución de gran prestigio mundial necesaria para preservar la paz global…

No hay que olvidar el rechazo visceral del entonces electo presidente estadounidense a la comunidad de naciones  europeas y al Tratado Trasatlántico de Comercio. Una situación alarmante que movilizó a los Jefes de Estado de Europa a unir fuerzas en materia de defensa y comercio continental ante la amenaza que significaba el actual inquilino de la Casa Blanca. Al punto que en los últimos meses, el personaje Trump se convirtió en un desafío a la estabilidad del viejo continente, ocupando diariamente los titulares de la prensa internacional.

El abrupto reposicionamiento del presidente norteamericano frente a Europa y la OTAN evidencia la volatilidad del Jefe de Estado estadounidense en política exterior, y la impericia de los gobernantes europeos de cara a un escenario internacional amenazante desde diferentes vértices. Según el dictador sirio, la utilización de armas químicas fue una fabricación narrativa de las naciones occidentales para invadir Siria, igual a lo sucedido  en Irak y Libia.

Alguno de los dos bandos deshonra a la verdad, o al menos se atrinchera en su propia mentira disfrazada de una supuesta intachable  sinceridad. Un espejismo o espectro de miradas retorcidas en que cada cual percibe lo que más le conviene mirar. Este depravado juego de falacias y quimeras se libra ante el exterminio de niños y adultos inocentes ajenos a los intereses económicos de esta lacra política mundial.

En esta escenificación de fuerza, la actual Administración de Washington muestra al mundo pero sobre todo a Corea del Norte, Rusia, Irán y Siria, la extensión de una posible confrontación militar a gran escala; principalmente, ante la negativa de Vladimir Putin de acuerpar a las naciones de Occidente contra el régimen de Bashar al-Ásad: una tajante negativa del Kremlin frente al desafiante reto esgrimido por el Secretario de Estado estadounidense. Amenaza que, contrariamente a la estrategia delineada por Estados Unidos, provocó el fortalecimiento de la alianza entre Moscú, Teherán y Damasco de cara a los intereses geopolíticos internacionales que rivalizan en la región. Una desenfrenada lucha de titanes en un momento histórico en que se desdibuja la supremacía de algunas de las superpotencias tradicionales, y el ascenso de advenedizos poderíos mundiales.

Ante este panorama, Corea del Norte intenta intimidar al mundo con un despliegue de esplendor callejero y protagonismo militar, ante la mirada atónita de millones de espectadores: un teatro del absurdo que factiblemente puede desencadenar en una guerra nuclear, en un conflicto en el que se entrelazan la capacidad demoledora de arsenales atómicos, y los intereses económicos y políticos de los diferentes actores.

No hay la menor duda de que la estabilidad global pende de la sensatez o, más bien, de la irracionalidad y codicia de gobernantes y grupos de poder que tensan la cuerdo a tal extremo que, en cualquier momento, puede reventarse en mil pedazos. Ahora más que nunca, se necesita el conocimiento y la experiencia en materia diplomática para fraguar el caldo venenoso de inexpertos populistas afanados a egos personales y perversos narcisismos. Sino, la humanidad será testigo de una devastadora guerra nuclear; quizás, la última de las contiendas.

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Al filo de una guerra mundial

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo enfrenta tres amenazas que se desarrollan simultáneamente en diferentes puntos del planeta: atentados terroristas, ataques químicos, y un ascenso del arsenal nuclear en manos de diferentes actores.

La fuerza del terror se ha convertido en una de los mayores desafíos de Occidente. Las principales capitales de Europa son el foco de atentados de fundamentalistas dispuestos a inmolarse por ideales religiosos con tintes políticos. Atrás de estos grupúsculos de desalmados extremistas hay una maquinaria de intereses económicos: la industria armamentista, control de producción petrolera, tráfico de estupefacientes, mercado negro, y las más retorcidas y obscuras negociaciones entre políticos y empresarios de alto vuelo.

La producción del terror no es la empresa de un asidero de facinerosos deseosos de cambiar el sistema. Se trata de una operación internacional con una multiplicidad de tentáculos que utilizan el terrorismo como herramienta de poder, y una forma de blanquear capitales billonarios que se mueven en el bajo mundo financiero a nivel global. Una empresa que salpica a Jefes de Estado, jeques árabes de los países petroleros, jerarcas de prestigiosos bancos mundiales, consorcios asiáticos y, sucesivamente, hasta esa especie de esclavos a los que inducen a quitarse la vida en nombre de un supuesto único Dios. Una mentira globalizada que irrespeta la vida de adultos y niños inocentes víctimas de los más atroces aniquilamientos humanos, como lo recientemente sucedido en Siria con armas químicas.

La población siria es víctima del más desangrado exterminio tanto por parte del gobierno de Bashar al-Ásad como de las grandes potencias del mundo. Esta lacra humana ha llegado a límites inenarrables: políticos que se acusan los unos a los otros de perpetuar los más escalofriantes sucesos. Y, al final de cuentas, todas las potencias mundiales, sin excepción alguna, están involucradas en estos atroces genocidios con fines económicos y prosaicos mercantilismos. Una descabellada carrera armamentista en que se pone en juego la capacidad de destrucción de cada uno de los actores sin importar los métodos y medios para lograrlo.

La medida del presidente Trump de bombardear posiciones del régimen sirio puede conllevar a serias consecuencias. No se trata de asustar al gobierno de Siria con cincuenta misiles a mitad de la noche, sino de saber que esta invasión puede acarrear una confrontación a mayor escala con las otras hegemonías en la zona. Entre ellas, una posible respuesta militar de Rusia e Irán, benefactores y mecenas del régimen de Bashar al-Ásad. Sin duda, Rusia con el apoyo de Irán pondrán en marcha todos los métodos posibles para preservar los réditos logrados en el conflicto del Golfo después de seis años de una inversión militar multimillonaria. Una guerra en la que han muerto centenares de miles de personas y ha  producido el mayor desplazamiento desde la Segunda Guerra Mundial.

Putin es un estratega y especialista en materia de inteligencia. Entonces, ¿para qué Rusia y los aliados del régimen sirio van a utilizar armas químicas y aniquilar brutalmente a ochenta civiles ante la mirada de Occidente y de las organizaciones internacionales? Sobre todo, teniendo en cuenta, que el eje Rusia, Irán y Siria ha recuperado la mayoría del territorio sirio de manos de grupos terroristas, rebeldes y opositores. Avance que, consecuentemente, relega a las naciones de Occidente a un segundo plano: a una pérdida de fuerza y poder en una de las zonas de mayor interés geopolítico y económico del mundo.

Obviamente, la utilización de armas químicas es todo menos plausible. Pero, también es reprochable el hecho de atacar una nación basado en información no verificada. En todo caso, primero se confirma la veracidad de lo sucedido  y después se aplica la sanción. Hasta el momento no hay certeza de que el régimen sirio haya sido el responsable de este atroz atentado, por más que las naciones occidentales insistan en conjeturas que dan por sentado. Más bien, han surgido grandes interrogantes al respecto.

El reciente ataque de Estados Unidos a Siria contó con la complicidad de los mandatarios europeos antes de llevarse a cabo. Jefes de Estados de las grandes potencias que han demostrado tener una posición ambivalente y un discurso paradójico frente a la intervención de la Administración de Washington. Por un lado, acuerpan el ataque estadounidense como sanción al régimen sirio. Por otro lado, insisten en una salida política al conflicto en Siria que incluya la presencia y la participación de las potencias mundiales en las negociaciones de paz.

Según un sector de la opinión pública, la ofensiva con armas químicas a la población siria fue un montaje de Occidente. Una maniobra que recuerda la invasión a Irak, basada en falsa información, en la que se señalaba a Sadam Husein de tenencia de armas de destrucción masiva. Una operación que involucró a mandatarios, expertos militares y servicios secretos proporcionando toda clase de detalles del supuesto armamento letal. Incluso el entonces Secretario de Estado norteamericano se presentó ante la ONU, para convencer a los delegados internacionales de la necesidad imperante de la invasión a Irak.

Todo fue una mentira dirigida por el expresidente estadounidense George W. Bush para invadir Bagdad. Invasión que dejó más de un millón muertos, un descalabro regional, la destrucción de Irak y el protagonismo del Estado Islámico en la escena internacional. También, en esta caso, Estados Unidos recibió el apoyo de los Jefes de Estados europeos, a pesar de que con el pasar de los años han tenido que aceptar la errata cometida. Al punto que Tony Blair, el ex Primer Ministro del Reino Unido, se disculpó públicamente.

La invasión norteamericana al territorio sirio es ante todo una demostración de fuerza del Gobierno de Trump. Un espectáculo que ofrece al presidente una momentánea falsa victoria y un transitorio apoyo electoral en un momento en que el nuevo inquilino de la Casa Blanca cuenta con los resultados de aceptación más bajos de la historia. No es la primera vez que el electorado norteamericano se despoja de sus vestiduras partidistas para respaldar un despliegue de poder y fuerza militar. Gran parte de los demócratas, incluyendo a la entonces senadora Hillary Clinton, respaldaron la invasión a Irak orquestada por los republicanos: la falacia mejor encubierta de Estados Unidos en las últimas décadas.

Y, mientras en los países árabes se evidencia esta masacre humana, Corea del Norte amenaza al mundo con seguir desarrollando su arsenal nuclear. Un ascenso de la producción atómica que no es un tema menor para la estabilidad mundial. Al contrario, es un reto que requiere de gran profesionalismo diplomático. Principalmente, teniendo en cuenta los intereses geopolíticos de China en la región y sus lazos comerciales con el advenedizo poderío norcoreano.

No hay duda de que el mundo camina al borde del abismo. Al filo de una guerra a gran escala que invariablemente comprenderá el arsenal de las diferentes naciones poseedoras de armas nucleares. Una realidad asediada por fundamentalistas, potencias mundiales sedientas de poder territorial, y un expansionismo atómico en diferentes puntos del planeta.

 

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El odio como herramienta electoral

Carlos Rodríguez Nichols

Vivimos un momento convulso debido en gran parte a los políticos extremistas que incitan a la aversión y el repudio a todos aquellos que no comparten la misma ideología partidista. Ejemplo de esto son las recientes campañas presidenciales europeas en las que los candidatos de extrema izquierda y ultraderecha ofuscan al electorado con un discurso venenoso, ese vil sentimiento destructivo de la vida pública y privada. Campañas dirigidas a satisfacer la necesidad de un sector de la población deseoso de revanchismo y sediento de rencor. No hay más que escuchar al español Pablo Iglesias remetiendo contra organizaciones de respetable trayectoria institucional, cómo si este joven político tuviera las claves del conocimiento absoluto; o, a la francesa Marine Le Penn que con una perorata fascista islamofóbica produce un rechazo visceral en sus adversarios. Obviamente, sin olvidar al recién electo presidente de Estados Unidos vociferando contra las propias organizaciones norteamericanas.

El rompimiento del Reino Unido con la comunidad de naciones europeas es también una manifestación de las irresponsables operaciones estratégicas encauzadas a un electorado británico enfadado con el sistema y ávido de hostilidad, que impugna tanto a la clase privilegiada como a la precariedad de los inmigrantes en busca de asilo y refugio. Una medida que es acuerpada solamente por una ligera mayoría con tintes xenófobos y anti europeístas, a pesar de que muchos de ellos desconocen el significado y el alcance de estos conceptos.

Aún se ignora el coste financiero que significa para el Reino Unido la salida de la Unión Europea. Unos apuntan a cifras que superan los cincuenta mil millones de euros y otros, los menos conservadores, hasta setenta billones. Tampoco se puede medir las consecuencias económicas y sociales que ocasionará para la Gran Bretaña su desconexión del club de naciones europeas; derivaciones que abarcan desde una transformación del sector financiero hasta una posible caída de los mercados comerciales. Todo esto, consecuencia de una maniobra de mal información dirigida a un público que se siente ninguneado por los políticos tradicionales, y en la que el sentimiento de odio es utilizado como la principal herramienta electoral.

Latinoamérica no es la excepción. Nicolás Maduro clama incansablemente contra el imperialismo norteamericano culpándolo de sus debilidades y fracasos gubernamentales. De igual forma, la constante beligerancia de Rafael Correa en Ecuador es también una muestra de animosidad en el discurso de estos Jefes de Estado. Y, en Argentina, el kirchnerismo que carga sobre sus espaldas toda clase de desprestigios, sobornos y escándalos de corrupción, continúa remetiendo con furia contra la empresa privada y hacia los medios de comunicación opuestos a su línea de pensamiento. Hay un elemento común: el menosprecio y la animadversión al otro que no se atrinchera en el mismo bando político.

En todos estos casos se utiliza a la marginalidad como instrumento para lograr ambiciosas ganancias y una mayoría electoral. El grueso de la población es vilmente manipulada por grandilocuentes políticos con una verborrea demagógica que promete una salida del limbo económico que viven. No hay ejemplo más claro de un discurso populista que la recién puesta en escena electoral estadounidense.

El entonces magnate neoyorkino, con un destacado manejo del plató televisivo, venció a sus rivales exaltando las emociones de seguidores y contrincantes.  No en vano de ningún político se ha hablado tanto en tan poco tiempo. Tampoco, ningún mandatario despierta el nivel de antagonismo más allá de sus fronteras como el actual presidente estadounidense. Pero ante todo, el presidente tiene un enemigo inclemente: los servicios de inteligencia norteamericanos, la CIA y FBI. Estas instituciones de larga trayectoria, que cuentan con el respeto y benemérito de la gran mayoría pueblo norteamericano, han sido desprestigiadas por el nuevo inquilino de la Casa Blanca durante la campaña presidencial y posteriormente a su investidura como Jefe de Estado.

Ante la sospecha de la intromisión de Rusia en la pasada elección presidencial estadounidense, los servicios secretos tienen una ardua tarea entre manos: develar la supuesta relación de los jerarcas políticos y financieros rusos con el entorno inmediato del presidente Trump. Una misión a la que se exige transparencia y honestidad; no del presidente, sino de los servicios de inteligencia a los que el mandatario acusó de deshonestos e inoperantes en los conflictos armados en Oriente Próximo.

Es un error garrafal que el presidente de una potencia mundial acuse a sus propios servicios de inteligencia de faltar a la verdad. John F. Kennedy, durante su corto mandato, también atacó frontalmente y sin ningún recelo a los servicios de inteligencia estadounidenses. El resultado de este ataque es más que conocido por la opinión pública.

Declararle la guerra a los medios de comunicación y a los servicios secretos es posiblemente uno de los mayores equívocos estratégicos de un negociador, por más inexactos y oportunistas que estos sean. Ambos, tienen un peso implacable en el engranaje del sistema capitalista norteamericano. El presidente Trump, en el mejor de los casos, dejará la Casa Blanca en cuatro años y será parte de la historia de la primera potencia del mundo. Los servicios de inteligencia ocuparán un lugar preponderante dentro de la estructura de la superpotencia estadounidense. Trump ya perdió la guerra contra los servicios de inteligencia. Ahora sólo falta esperar el desenlace.

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La Unión Europea: serios retos a futuro

Carlos Rodríguez Nichols

La comunidad de naciones europeas se consolidó hace sesenta años en un continente aún con las venas abiertas después de una desgarradora Segunda Guerra Mundial. Una exterminación humana que dejó un saldo de más de  sesenta millones de muertos, y una economía desarticulada social y políticamente. Todo esto, frente a la carrera nuclear y geopolítica entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética por alcanzar la supremacía mundial.

En seis décadas la Unión Europea ha atravesado una multiplicidad de retos. No obstante, el descalabro financiero del 2008, la amenaza terrorista, y la crisis de inmigrantes huyendo de los conflictos bélicos, han puesto a la comunidad de naciones a prueba de fuego como organización. Este convulso escenario ha sido causante de un desequilibrio institucional que evidencia un deficitario manejo  de las negociaciones. La realidad de Grecia es un claro ejemplo de los magros resultados de la institución para llegar a acuerdos consensados frente al desorbitado endeudamiento griego con bancos europeos y entidades financieras mundiales.

La tilinte relación diplomática de las naciones europeas con el autoritario presidente turco, una vez más  pone en tela de juicio la capacidad de la Unión Europea para llegar a una solución frente a la futura membresía de Turquía en el club de naciones. En gran medida, debido al totalitarismo y la actitud beligerante del Jefe de Gobierno de Ankara que se aparta diametralmente de los principios democráticos de los países europeos. Y, como otros dictadores de la actualidad, el Jefe de Estado se ampara detrás de bambalinas disfrazadas de consultas electorales y referéndums con el fin de legitimar el absolutismo de sus políticas.

Sin el menor recato, Erdogan amenaza a las naciones europeas con romper el acuerdo establecido con La Unión Europea; trato que involucra a casi tres millones de refugiados a cambio de la nada desdeñable suma de seis mil millones de euros. Ejemplo de esto, fue las recientes riñas diplomáticas con los gobiernos de Alemania y los Países Bajos, a los que el totalitario Jefe de Estado turco etiquetó de nazis fascista, por no permitir llevar a cabo un meeting político a favor de su próximo referéndum. Con un discurso populista, Erdogan es capaz de enfrascarse en toda clase de escaramuzas con tal de engrosar sus filas, sin importarle las repercusiones a futuro para Turquía y para la población turca en general. Incluso desprestigiando públicamente al club de Estados de Europa al que pretende llegar a ser miembro.

Uno de los mayores escollos que enfrenta la comunidad de naciones europeas es el creciente sentimiento anti europeíta promovido por políticos con un discurso proteccionistas. Movimientos de extrema derecha como el presidido por Marine Le Penn en Francia apelan al descontento de una parte de los votantes afectados  por el desempleo, la globalización, la inteligencia artificial y la industrialización de la mano de obra. Un huracán social que se conjuga con la masiva llegada de refugiados a Europa: hordas de inmigrantes que escapan de las atrocidades de las guerras, enfrentándose, en muchos casos, a la hostilidad de las naciones europeas incapaces de acoger a esta multitud provenientes de culturas y tradiciones tan disímiles a las occidentales.

La Unión Europa como institución carece de las herramientas para afrontar y gestionar esta realidad humana. No se trata solamente abrir las fronteras, sino de proporcionar un entorno digno a  millones de personas que no hablan el idioma y profesan otros cultos y religiones. Para ello, se requiere de una re-estructura en vivienda, educación y servicios de salud que permita cubrir las necesidades básicas de millones de sirios, africanos e iraquíes, rechazados por una considerable parte del electorado y de los contribuyentes europeos.

Desafortunadamente, los recurrentes brotes de terror instan al desprecio de los inmigrantes. Sin embargo, según los servicios de inteligencia la gran mayoría de los asilados en Europa están totalmente desligados de los grupúsculos de fanáticos. Es ampliamente conocido que solamente un reducido porcentaje del grueso de estos extranjeros está relacionado a las organizaciones terroristas de corte islámico fundamentalistas que, dispuestos a inmolarse, producen auténticas masacres en aeropuertos y sitios públicos creando un pánico colectivo a nivel global.

Aparte de la constante amenaza del terrorismo, la Unión Europa enfrenta tres retos de gran relevancia que se interconectan entre sí. La salida del Reino Unido de la comunidad de naciones producirá un vacío especialmente en materia de defensa y seguridad. Esto, sumado a las amenazas de la nueva Administración de Washington de cara a la OTAN, debilitará a la UE como institución dando lugar a una posible desconexión de otras naciones miembros de la comunidad europea; situación que en este caso desarticularía al continente como núcleo comercial. Este supuesto panorama puede llegar a cambiar la configuración de Europa que, en la actualidad, conforma uno de los mercados comunes más importantes del mundo.

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La incompetencia de Occidente ante la crisis humanitaria

Carlos Rodríguez Nichols

Según declaraciones del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, poblaciones enteras en África y Oriente Próximo afrontan una de las mayores crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial. Adultos y niños son víctimas de hambrunas y de estragos de los conflictos bélicos en la región. Una espiral de violencia que arrasa con la paupérrima estabilidad de Yemen, Somalia, Nigeria y Sudan,  dejando alrededor de veinte millones de personas en condición de riesgo de inanición, desnutrición grave, y muerte.

Una realidad alarmante vista de todo ángulo posible en la que las potencias mundiales no se han involucrado debidamente. No existe un verdadero compromiso o sentido de responsabilidad de parte de las países occidentales para aliviar las penurias de esta multitud al borde de la muerte; de esta afluencia humana que escapa de un estado de precariedad en búsqueda de una existencia más digna. La postura de Europa ante la crisis de los refugiados demuestra la incapacidad de los miembros del club de naciones para lograr acuerdos consensuados, pero ante todo la inhabilidad de contención a esta multitud de inmigrantes que se juegan lo poco que les queda de vida. No se trata de recibir hordas de gente sin una logística definida. Es necesario ubicarlos socialmente, proporcionarles un entorno decoroso y posibilidades de esperanzas a futuro. Si no, es cómo arar en el mar.

Frente a esta hecatombe sin precedente, las potencias proponen medidas populistas en lugar de cumplir con la sumas de dinero acordadas entre las naciones más poderosas del mundo, para evitar un desastre humano a gran escala. Líderes europeos de extrema derecha, que demonizan la inmigración como factor desestabilizador del viejo continente, cuentan con una cuota de poder y el apoyo de poblaciones antisistema que se oponen a las políticas inmigratorias del proyecto europeísta, y refutan la pertenencia a la Unión Europea. Existe un importante paralelismo entre el discurso de estos políticos de ultra derecha y la perorata populista de Donald Trump en Estados Unidos: ponencias grandilocuentes dirigidas a un sector del electorado sediento de poder y nacionalismo decepcionados, en gran medida, de la corrupción de los partidos tradicionales en el turbio manejo financiero de la última década.

Llama la atención el efecto cíclico de la historia y la semejanza con escenarios políticos vividos en el pasado. En la actualidad, por más adelantos tecnológicos y progresos industriales, se viven situaciones de gran similitud con aquellos movimientos nacionalistas de los años treinta del siglo pasado. Líderes capaces de dogmatizar las masas prometiéndoles devenir un pueblo fuerte y glorioso, independientemente de los medios llevados a cabo para lograr las ilusiones prometidas. Partidos políticos de extrema derecha y de izquierda con discursos antagónicos que persiguen el mismo fin: el poder centralizado en líderes que ejercen el control absoluto de los pueblos.

Hoy, se gestan organizaciones políticas de corte totalitario disfrazadas de una democracia hecha a su propia medida. Dictadores a los que se eligen libremente en las urnas aunque posteriormente no respeten el corpus ideológico democrático: Vladimir Putin, el ascendente e imparable Erdogan en Turquía, y el lamentable dictador de pacotilla en lo que queda de Venezuela. Para poder conservar el sistema democrático prevalente en la mayoría de las naciones del mundo, es necesario que las potencias reestructuren las relaciones políticas y económicas a nivel mundial. Las naciones primermundistas deben de readaptar su política exterior a un mundo globalizado, no solamente en materia comercial sino también en lo político y social. Ahora más que nunca, se debe concientizar sobre las consecuencias negativas de crear lazos bilaterales con fines exclusivamente lucrativos.

Si se pretende exportar la sobredicha “civilización” a lo largo y ancho del mundo, entonces, se debe comenzar por transformar el despotismo y la mentalidad colonialista de las potencias hacia las naciones tercermundistas, principalmente, a las del continente africano: las mismas poblaciones que hoy huyen de la hambruna y la miseria de sus orígenes, y a las que los países europeos no logran integrar en sus sociedades ni cultura. Los gobiernos de los países más poderosos del mundo tienen que superar el anacrónico comportamiento dominador; sino, ellos mismos serán los constructores del final del sistema democrático, pilar y fundamento del Estado-nación de Occidente.

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