Miedo a lo diferente

Carlos Rodríguez Nichols

Vivimos en la era de una supuesta igualdad en la que se aboga por la abolición de las disimilitudes. El viejo slogan de viva las diferencias quedó rezagado en los anaqueles del pasado. Ahora, parecemos a aquellas figurillas de papel que, tomados de la mano, uno es igual a mil. En esta vorágine social el distinto es expulsado al más ignominioso rechazo, convirtiéndose en espejo de las hendiduras que no queremos ver y tratamos inútilmente de ocultar. De ahí la necesidad de borrar cualquier disparidad.

La igualdad es un confinamiento social en el que se intenta aprisionar a hombres y mujeres. Una trampa para homogenizar los pueblos por medio de información sesgada y material basura en redes sociales, con el fin de manipular la opinión pública y a la sociedad en su conjunto. Esta despiadada estructura de dominación entrelaza poder, persuasión y sometimiento, poniendo en entredicho el concepto de libertad. Libertad coartada por canales sugestivos que tácitamente influyen en las decisiones y estilos de vida de los ciudadanos.

Aquella ilusión de comunicación ilimitada de los años noventa se ha convertido en un eficaz medio de control y vigilancia de los ciudadanos. Una sagaz estrategia para recabar datos sin que las personas se sientan vigiladas; más bien, de forma explícita y espontánea interactúan expresando opiniones políticas y puntos de vista de la actualidad social. Ya no se utilizan tácticas de coacción para socavar información, sino un espacio en el cual los sujetos tienen la necesidad de expeler juicios y criterios personales; contarle a un otro incorpóreo sus pensamientos y vivencias.

Una estrategia tácita, sutil y silenciosa que actúa como facilitador de aperturas personales ante ventanas indiscretas que miran y miden cada uno de nuestros pasos. La gente de forma voluntaria se expone en las redes revelando inclinaciones, comportamientos y hasta las emociones más íntimas: un desnudamiento propio de forma deliberada. Se vuelcan, hacia fuera, proporcionando toda clase de pormenores individuales que en última instancia son fieles indicadores del temperamento social.

Esta información colectiva es posteriormente almacenada en el mega gigante “big data” y utilizada por los servicios de inteligencia globalmente interconectados, empresas tecnológicas y medios de comunicación para medir los intereses, excesos y deseos comunitarios. Un círculo giratorio en el que se pone en juego comunicación, información, productividad y crecimiento, permitiendo así un amplio e integral conocimiento social.

Este control profundiza en las capas subconscientes de la humanidad al extremo de producir patrones adictivos a las redes, conductas tan obsesivo compulsivas como la ludopatía y otras dependencias. En este caso no existen mecanismos de forzamiento, sino, más bien, una manipulación psíquica de los individuos para recaudar información y hacer de ellos informantes consumistas.

El sistema impone, de forma solapada, un cuerpo doctrinal y normas comportamentales de acuerdo a las necesidades económicas y políticas del régimen, indistintamente si se trata de anacrónicas izquierdas o movimientos de ultra derecha: un adoctrinamiento silencioso de las masas al que nadie escapa.

Por medio de rígidas armazones y estructuras de poder se moviliza a la colectividad como si se fuesen burdas marionetas a las que arbitrariamente se restringen con obscuras artimañas de dominio en aras de los intereses económicos de específicos grupos de poder. Entre ellos, vale mencionar las instituciones financieras, oligopolios mundiales de agencias noticiosas y la maquinaria nuclear de las potencias mundiales. Potestades que controlan el laboratorio del mundo, experimentando con la humanidad estrategias de dominación.

Desde una arista estrictamente política, resulta alarmante la proliferación de agrupaciones extremistas elogiadoras de autócratas gobernantes y falsos oradores en el mundo entero. Un despertar de esa mentalidad recalcitrante que ha latido de forma latente y silenciosa durante las últimas décadas y, a la fecha, sigue señalando a justos y pecadores según sus retorcidas varas mesurables. Un sistema de control social de corte fascista con facultades para tachar y eliminar a todo aquel que difiera de los preceptos ideológicos o infrinja el espurio orden moral.

Sin más, una lamentable relectura de aquellos movimientos nacionalistas que caracterizaron la primera mitad del siglo veinte y se creían enterrados en fosas perdidas más allá del olvido. Organizaciones, hasta hace poco clandestinas, conformadas por seguidores de trogloditas y falsos líderes religiosos fabricantes de pseudo espiritualidades a la talla de intereses partidistas. En otras palabras, entidades con discursos teñidos de odio, xenofobia y discriminación a las minorías lideradas por impostores que se cobijan bajo la misma manta y tiran de ella según sus tortuosos beneficios.

 

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Detrás de bambalinas

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo multipolar actual se rige por potencias regionales encausadas por un implacable dominio. Por un lado, Estados Unidos y las naciones circunscritas a su órbita de poder. Por otro lado, el ascendente gigante chino y la preponderancia económica de los países asiáticos. Sin olvidar el lugar hegemónico de Irán en el Golfo Pérsico y la desfallecida Unión Soviética que se reinserta en la arena política internacional como una Rusia fortalecida bajo el liderazgo de Vladimir Putin. Obviamente, para ocupar esta distinción global las siete naciones más poderosas del mundo muchas veces se valen de falsos cánones para lograr sus golosos cometidos. Claro ejemplo de esto dicho, es el astuto manejo de Occidente frente a la escalada terrorista internacional.

El objetivo, implícito, en la guerra contra el terrorismo es extender los tentáculos económicos y geopolíticos occidentales en Oriente Próximo y África. Al extremo que muchas de estas organizaciones fanático religiosas son financiadas por las mismas potencias mundiales que pregonan tener un discurso antiterrorista. Una trampa para inmiscuirse en el corazón de las naciones poseedoras de recursos naturales estratégicos, y mantener el control hegemónico mundial. Este imperioso deseo de poder faculta el acceso al sistema de las naciones satélites, aunque no necesariamente beneficie el desarrollo social de los estados ocupados.

La invasión a Irak no perseguía otro fin más que el dominio de las fuentes de hidrocarburos. No hay que olvidar el papel que juega el petróleo en el engranaje económico mundial, teniendo en cuenta que a menor coste mayor productividad, crecimiento y efecto positivo en incremento del PIB.  Ya lo decían los estadistas a principios del siglo veinte: “quien posee el petróleo domina el mundo”. En este sentido, es poco lo que ha cambiado el panorama geoeconómico en los últimos cien años.

Pero no se trata solamente del petróleo de Oriente Medio, Angola y Nigeria, sino, también, la abundancia mineral en las entrañas de la tierra africana: un continente prodigioso en oro, diamantes, cobalto, bauxita y un amplio abanico de inorgánicos esenciales para la industria y fabricación de productos de alta tecnología, que va desde misiles hasta teléfonos móviles. Por eso, no es tanto la bondad de las potencias occidentales implicadas en una lucha feroz contra el terrorismo, cómo, más bien, los pujantes intereses económicos en las zonas más ricas de la Tierra.

Sin embargo, gran parte de los habitantes del continente negro son víctimas de desnutrición, hambrunas, y altos niveles de mortalidad por falta de acceso a las necesidades básicas, entre ellas medicamentos de primer orden. Por tanto, lo más negro de África no es el color de la piel de los nativos sino las paupérrimas condiciones de vida de los pueblos. Una pobreza extrema que convive con la corrupción de los grupos de poder locales.

Desafortunadamente, disponer de vastos recursos naturales no siempre se traduce en una mejor situación para los pueblos. En la mayoría de los casos este caudal de dinero sólo fluye entre las élites nacionales y entidades extranjeras interesadas en la explotación minera. Afganistán es franca referencia del usufructo en manos foráneas mientras el pueblo sufre indecibles penurias. Penosa realidad en que más del cuarenta por ciento de la población se encuentra debajo del umbral de pobreza extrema. Coyuntura en la que se entrelazan dinero, corrupción y, en algunos casos, violaciones a los derechos de los mineros esclavizados a largas jornadas laborales con vergonzosas remuneraciones.

Un eterno juego de poder, guerras y hambre, en el que principados y gobiernos autocráticos están estrechamente intrincados con organizaciones internacionales, muchas de ellas al borde de la ilegalidad: un mordaz enjambre de retorcidos y millonarios convenios que involucra a jefes de Estado de las naciones más poderosas. Este deshonroso sofismo planetario salpica a las fuerzas armadas, la industria armamentista y el sistema financiero de las potencias globalmente interconectadas.

Detrás de esta maraña de mentiras existen hilos casi invisibles que entrelazan a potestades amigas, o enemigas, según los nublados del día. Estados que hoy se destrozan a insultos con descabelladas amenazas y mañana se convierten en los más cercanos aliados contra otro nuevo adversario en común. Sin ir muy lejos, la relación de conveniencia de Washington con Sadam Husein frente a los ayatolas iraníes en la década de los ochenta. Años más tarde, la Casa Blanca convirtió al dictador iraquí en el peor de los engendros humanos ante la opinión pública. Al punto de terminar brutalmente asesinado a lado de sus hijos y principales colaboradores bajo los escombros de una nación destrozada desde todo flanco imaginable. Y, una década después, aún sigue en ruinas.

A nivel nacional los partidos políticos se enlodan con los más bajos epítetos y, por falta de apoyo para gobernar en mayoría, muchas veces terminan en un maridaje de beneficio mutuo. La situación política de Alemania es claro ejemplo de la capacidad de sus líderes para formar alianzas más allá de ideologías y enclaves partidistas. Realidad que exige madurez política para destrabar un anquilosamiento electoral, que en última instancia es causante de deméritos macroeconómicos en detrimento de los ciudadanos. No obstante, ¡en algunos casos, en lugar de forjar acuerdos bien estructurados, más bien redactan las actas de divorcio antes de dar inicio a tan falsos concubinatos!

La política, tanto a escala mundial como circunscrita a escenarios locales, es comparable a una partida de ajedrez en la que de forma constante se mide estrategia, capacidad intelectual y la facultad de los jugadores para prever las causas a corto, mediano y largo plazo en cada uno de sus movimientos. Algunos acertados y otros, al igual que fraudulentas invasiones, llevan a los participantes a una total humillación.

 

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Lobos con piel de borregos

Carlos Rodríguez Nichols

Cada vez resulta más difícil tener una mirada optimista de este mundo liderado por fantoches demagogos que imponen el odio y la venganza antes que la razón. Elocuciones venenosas que exacerban sentimientos xenofóbicos y el desprecio a las minorías sin medir objetivamente los posibles resultados de estos radicales decretos. Una demagogia autoritaria que permea negativamente a la humanidad, principalmente cuando está teñida de mandatos y preceptos religiosos. En el fondo una astuta manera de fustigar a los pueblos cual animales montañeses, a esas mayorías, no necesariamente las más educadas, que deciden el rumbo democrático electoral.

Es vergonzoso escuchar a presuntos políticos adueñados de discursos religiosos populistas, intentando instrumentalizar la sociedad como si se tratara de comarcas rurales sin el menor acceso a la información. Olvidan que los políticos deben proporcionar un ordenamiento social y económico del Estado, lejos de anacrónicas evangelizaciones morales. Sin duda, esa no es la función de los inquilinos de las casas presidenciales. Para eso están otros organismos sociales responsable de formar a los ciudadanos.

Durante siglos se ha señalado la Ilustración como fuente de progreso del mundo civilizado. Piedra angular del conocimiento en contrapeso al mito, la superstición y lo ininteligible: la sapiencia frente a creencias baldías. A lo largo de estos siglos la ciencia ha dejado una profunda huella a la humanidad, al punto de lanzarse a la exploración de posibles formas de vida más allá del perímetro terrestre. No obstante, aún no se ha podido superar la acefalia religiosa infiltrada en el ser humano por años y milenios.

Una irracionalidad que prevalece en el hombre del siglo veintiuno indistintamente del estrato social. Quizás debido a la necesidad de asirse, aunque sea una ficción, a narrativas que maticen los insaciables apetitos humanos: poder, gula, codicia y grandiosidad. Pero esto, a lo que tanto se teme, es el andamiaje de las agrupaciones político religiosas que, sin excepción, buscan poder económico para fortalecer sus instituciones: paradójica realidad que va de la mano de tibios mensajes espirituales. Este engaño de proporciones mundiales exacerba la difusión de insidiosos populistas sobre la emocionalidad del electorado, una verborrea demagoga reflejo de absoluta mezquindad. La política costarricense es un claro ejemplo de este espíritu anodino.

En abril, los costarricenses están convocados a una segunda vuelta electoral entre un evangélico populista y el candidato del oficialismo. En otras palabras, el pueblo tendrá que escoger entre dos candidatos que no solo desmerecen dicha investidura, sino que carecen de las herramientas necesarias para liderar una economía en franco deterioro.

Es lamentable escuchar a la esposa del religioso hablar en lenguas según sus dogmas evangélicos. Un comportamiento patológico que se ha convertido en burla generalizada de la ciudadanía en redes sociales. Igual de preocupante es adjudicar la continuidad a un partido que en el último lustro demostró importantes flaquezas institucionales: una desorganización civil que incrementó el narcotráfico y los niveles de inseguridad en los últimos años. Un gobierno que aparte de reprobar en materia económica terminó en el mayor desprestigio al hacer caso omiso de escandalosas negociaciones al margen de la ley. Jefes de Estado que en lugar de realizar un servicio público responsable más bien sacan provecho de sus jefaturas en beneficio personal, corrompiendo la honorabilidad de los dignatarios.

El electorado costarricense debe ser lo suficientemente cauto para entregar el poder al candidato con mayor capacidad constructiva de alianzas. En este caso, ya no se trata sólo de las cualidades personales del postulante, sino de la profesionalidad de su equipo para edificar puentes con otras fracciones. Acuerdos que deben estar circunscritos a las coyunturas económicas y sociales actuales, y no necesariamente a las corrientes ideológicas que han caracterizado a algunas de estas entidades en el pasado. El contexto actual costarricense exige que los líderes dejen a un lado sus egos, vanidades e intereses partidistas en aras de la reconstrucción de una nación en claro detrimento.

El acercamiento entre Rodolfo Piza y Carlos Alvarado es un signo de madurez política. Proximidad en la que prevalecería el pragmatismo frente a las ideologías de partido. La realidad costarricense no puede permitirse continuar arrastrando las erratas del capitalismo salvaje de las últimas décadas ni tampoco seguir el ejemplo de las izquierdas bolivarianas relegadas a un absoluto fracaso. Ahora más que nunca se requiere un trabajo en equipo lejos de febriles posicionamientos teóricos.

 

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Las democracias también engendran monstruos

Carlos Rodríguez Nichols

No hay mayor falacia que los populistas autoritarios conspirando contra los cimientos de la libertad. De igual forma, dictadores que valiéndose de procesos electorales democráticos convierten los principios republicanos en genuinas autocracias. Impostores ideológicos de izquierda y derecha con un álgido proyecto en común: silenciar a la prensa acusándola de falsas atestaciones. Una estrategia absolutista para ocultar los submundos e incontables tergiversaciones políticas. En otras palabras, una feroz mordaza a la opinión pública.

Los discursos presidenciales, cargados de continuos ataques a la prensa, muchas veces palidecen ante las mentiras de los propios gobernantes. Por tanto, las noticias edulcoradas no proceden exclusivamente de los medios informativos, sino también de gobiernos populistas interesados en callar y reprimir la voz de los comunicadores. Habría que ver si las supuestas fake news son ficciones de los principales rotativos o más bien producto de las peripecias de algunos mandatarios, autores intelectuales de subterfugios que distan de transparencia y credibilidad. Gobernantes que se hacen pasar por víctimas de la prensa, cuando son ellos mismos los verdugos y victimarios de informativos contrarios a sus retorcidas políticas.

Hay que recordar la férrea batalla del expresidente ecuatoriano con los principales diarios y canales de televisión, finalmente acribillados a sus arbitrariedades. Correa silenció a la prensa. Al cabo de su mandato, se comprobó el desprestigio de su equipo de gobierno envuelto en una serie de negociaciones ilícitas. Un despilfarro de poder frente a la inoperancia de la prensa violentada al exilio del mutismo.

Sin embargo, existen innumerables casos de jefes de Estado que han sido forzados a renunciar a sus investiduras. La historia es testigo de vergonzosos descréditos, desde la escandalosa renuncia de Nixon en la década de los setenta hasta el reciente encarcelamiento de más de veinte fichas claves de la administración kirchnerista: ministros y altos jerarcas de la anterior administración argentina en prisión o la espera de un juicio oral por cometer millonarios desfalcos a las arcas del Estado. Una desfachatez a gran escala que cuestiona la impudicia e inmoralidad de la familia de la ex presidenta y su entorno más cercano. Ella, que durante una década agredió a la prensa con toda clase de agravios.

Y, qué mayor turbiedad que los artificios orquestados por la actual administración estadounidense intentando obstruir la justicia ante la intromisión de servicios secretos extranjeros en el sistema norteamericano. No se trata solo de connivencia en asuntos meramente electorales, sino de una infiltración cibernética a la médula del sistema institucional de las naciones occidentales. Si el once se septiembre fue un ataque al corazón financiero de la primera potencia mundial, esto, metafóricamente hablando, es una embestida a la mente estatal, al consciente y subconsciente de la psique política estadounidense.

Por eso, es inútil intentar tapar esta suerte de secreto a gritos con sustituciones y despidos de los ejes de la investigación. Porque, entre más se pretende cubrir esta mentira con falsos alegatos, más se enlodan los personajes involucrados en esta artimaña de proporciones colosales. Hasta el momento, solo ha salido a la luz un ápice de esta obscura trama internacional, la punta del iceberg.

De ahí, la indiscutible labor de los medios de comunicación valiéndose muchas veces de fuentes anónimas para socavar información confidencial de extrema complejidad. Por tanto, no se trata de lanzar una guerra sin cuartel contra la prensa. Más bien, aportar las coordenadas necesarias para una revalorización de la información impresa, oral y digital. Para construir una mayor interacción entre los medios, periodistas y receptores, es imprescindible un periodismo más profesional que no se limite exclusivamente a informar, sino también un fórum de opiniones apuntaladas a la realidad: una meritoria herramienta de conocimiento y educación de los ciudadanos.

Los rotativos mundiales, ahora más que nunca, deben aspirar a una mejor calidad periodística ante que a jugosas rentabilidades. La buena calidad informativa y las plumas excelsas siempre van a imponerse sobre la mediocridad, independientemente de la línea editorial. La excelencia tiene un precio alto, pero también una recompensa. Sin duda, la prensa es un valioso mecanismo de libre expresión y una contundente arma defensiva contra el alarmante ascenso de populistas, dictadores escondidos bajo caretas democráticas, y mediocres políticos irrespetuosos de los principios de la democracia.

Los costarricenses el próximo domingo eligen al nuevo Jefe de Estado que presidirá la nación durante los siguientes cuatro años. Se espera que el electorado tome nota de las atroces y disparatadas medidas cometidas por demagogos y falsos adoradores alrededor del mundo. Encantadores de serpientes que astutamente endulzan a sus seguidores con discursos llenos de promesas y palabras vacías, sabiendo de antemano que dichas ofrendas son imposibles de lograr. Una ordinaria verborrea para alimentar a las propias bases electorales, al miope rebaño que apuesta por ellos sin dar mayor credibilidad a los nefastos resultados de sus mandatos.

Una vez más, los costarricenses con su voto deben de enaltecer el honor de constituir una de las democracias más respetadas del mundo. Democracia que no puede enlodarse con vergonzosos populismos de corte castrense o religioso. Eso sería una desvalorización del espíritu de libertad que caracteriza a Costa Rica como pueblo y nación.

 

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Religión, política y poder

Carlos Rodríguez Nichols

El hombre en el último siglo ha alcanzado niveles inimaginables de conocimiento y progreso en medicina, astrofísica y tecnología de las comunicaciones. Avances científicos que han sido piedra angular del desarrollo contemporáneo. Sin embargo, una gran parte de la población mundial aún sigue aferrada a mitos medievales teñidos de religiosidad que en muchos casos distan de todo fundamento espiritual.

En el fondo, por más inteligencias robóticas y progresos tecnológicos, el ser humano aún conserva temores primitivos que no es capaz de racionalizar a la luz del intelecto. Por eso, la necesidad de asirse a fuerzas sobrenaturales que permiten sobrellavar la pesada carga de la existencia, procurando así encontrar respuestas a las inminentes interrogantes acerca del ser, la nada y la muerte. La necesidad de un acto de fe, ininteligible, frente al desconcierto de las constantes angustias y tristezas de la vida. Escollos que astutamente las órdenes religiosas y competencias estatales han utilizado a su favor.

De ahí la amalgama milenaria entre religión y política. Potestades que han ejercido control de la humanidad valiéndose de preceptos hechos a la medida a favor de los intereses económicos y políticos de grupos de poder. La diferencia reside en que hoy el hombre, sociológicamente hablando, tiene la posibilidad de discernimiento para confrontar a jefes de Estado y jerarcas clericales, incluso posee la libertad para cuestionar la existencia de deidades sin jugarse la vida y terminar en una hoguera como en épocas feudales.

No obstante, aún prevalecen movimientos ortodoxos que impulsan a sus seguidores a ligarse a organizaciones fanático extremistas indistintamente del nivel de escolaridad de sus fieles. Lo más serio de este juego de dominios, es lo permisivo que puede ser el hombre con aquellos de su propio partido o culto religioso. El “otro” es siempre visto como una mala persona. Sin recato, se señala a los imames saudíes impulsores de grupos terroristas en Oriente Próximo, pero se tiende a hacer la vista gorda ante los escándalos de pedofilia y abusos sexuales de curas, obispos y altas jerarquías eclesiásticas con menores indefensos.

Es tal el nivel de cinismo, que se intenta minimizar estas atrocidades alegando que la perversión está encarnada sólo en un número reducido de los millones de religiosos alrededor del mundo. Infame y degradante tapadera política a este repulsivo comportamiento encubierto detrás de sotanas y falsas santidades. Es necesario un contundente rechazo a estas patológicas conductas en perjuicio de la población, en detrimento de jóvenes desprovistos de las herramientas físicas y emocionales para defenderse por ellos mismos. Se requiere una respuesta categórica frente a las aberrantes prácticas sexuales de un gran número de curas. Religiosos que al transgredir la esencia de sus postulados están cometiendo un doble crimen: frente la Iglesia a la que juraron lealtad y contra sus fieles depositarios de un supuesto mensaje de pureza y virtud.

La función de los gobernantes y sacerdotes no se limita solamente a ocupar puestos políticos o escalar posiciones en el clero, sino organizar la sociedad con el fin de brindar respaldo civil y sostén a los ciudadanos. Por tanto, es denigrante ver a estos emergentes políticos de pacotilla utilizando mensajes religiosos y conceptos sobrenaturales con fines proselitistas; juicios morales que rallan en un fundamentalismo anacrónico que rebobinan la cultura occidental a épocas remotas a la Ilustración.

Sin duda, el hombre es libre de creer y religarse a una esencia suprema según sus necesidades o herencia cultural, pero debe ser lo suficientemente cauto para no caer en estas redes de farsantes manipuladores que juegan con la emocionalidad de la gente. Es hora de ser consecuente con el desarrollo intelectual de los pueblos, fruto de un largo camino de civilización, y poner fin a la existente dicotomía entre el avance científico de siglos de conocimiento y los arraigados miedos milenarios, explotados hasta la saciedad por sectas de falsarios adoradores para ejercer control social.

En Costa Rica, agrupaciones dogmáticas de carácter religioso pretenden persuadir a los votantes con discursos cargados de culpa y pecado, una baratija populista que intenta polarizar la sociedad entre impenitentes y supuestos hijos ejemplares de Dios. Ellos, los encubridores de una vergonzosa amoralidad eclesiástica en menoscabo de infinidad de menores alrededor del mundo, hoy levantan el índice para señalar a justos y nefandos como si la historia y la memoria se hubieran detenido en tiempos de tirios y troyanos.

 

 

 

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La educación, piedra angular del progreso

Carlos Rodríguez Nichols

Una nación con un sistema de educación mediocre produce personas anodinas, corrientes, grises. Un círculo inagotable de conformismo donde lo único que importa es salir del paso. En otras palabras, la ley del mínimo esfuerzo sin ningún proyecto a futuro. Debido a esta medianía, el entorno social está cada vez más viciado de una desvergonzada corrupción. Una descomposición de la sociedad que a la postre produce falta de credibilidad en los gobernantes y en las entidades estatales en términos generales.

Esta apatía ha sido el motor móvil de cambios políticos sin rumbo ni norte definido: un viraje de timón en muchos casos orquestado por inexpertos en el campo institucional. Amateurs que no solo carecen de experiencia y de las credenciales necesarias para gobernar, sino que intentan imponer medidas sin el menor estudio de sostenibilidad. De ahí el auge de populistas con falsas retóricas que apuntan a lo que las masas quieren escuchar, aunque después tengan que retractarse de sus conjuras, actos equívocos e inapropiados decires. El “yo no dije eso” se ha convertido en el pan de cada día de estos aprendices de mago que gobiernan el mundo, desde el presidente de la primera potencia mundial hasta un sinnúmero de mandatarios de naciones tercermundistas.

Costa Rica está a la puerta de una elección presidencial. Una contienda en la que se pone sobre el tapete electoral la descarada malversación de fondos públicos, el poder del narco entrelazado en la economía costarricense, y una acalorada discusión acerca realidades sociales de primer orden: la interrupción voluntaria del embarazo, la educación sexual, y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Coyunturas sociales que en ningún momento deben verse como veladuras o cortinas de humo a otros problemas de fondo. Sin duda, estos cambios de comportamiento son causantes de una restructuración social, en la que algunas conductas consideradas moralmente inadmisibles ahora se expresan con mayor libertad. Al punto que un sector de la población, rechazado durante siglos por sus preferencias sexuales, está logrando un espacio de reconocimiento contrario a dogmas religiosos y a los entredichos preceptos de culpa y pecado.

Es aquí donde la educación sexual debe tener un lugar preponderante. No ocultando ni mostrando a medias tintas, sino ubicándola en una era globalizada, en un mundo interconectado y mutante con acceso a un infinito abanico de información. Por tanto, no se trata de educar en base a los mandatos tradicionales considerados correctos o inadmisible; más bien, entender que las normas sociales sufren trasmutaciones producto de las oscilaciones del conjunto social.

Por eso, llama la atención la mirada localista y conservadora de Antonio Álvarez Desanti, candidato de Liberación Nacional. Un partido que por décadas se ha caracterizado por tener una mirada progresista y un equipo de intelectuales de alto vuelo. La postura de Álvarez está a la talla de cualquiera de los candidatos menores del tinglado electoral representantes de organizaciones cristianas o evangélicas. En el caso de lograr la presidencia de la República, sería conveniente que Álvarez Desanti rectifique su línea de pensamiento frente a la educación sexual de los adolescentes y el lugar que ocupa la familia contemporánea en el siglo veintiuno.

En este momento, no se puede hablar solamente de una familia compuesta por padre, madre e hijos bautizados y educados en una Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Obviamente, el concepto de familia tradicional tiene un valor innegable, pero tan valorable como las familias monoparentales, y las de parejas del mismo sexo dispuestas a unir sus vidas bajo la protección legal del estado. Hoy el mundo está más interrelacionado que nunca. Una realidad que exige dar un paso al lado del pequeño mundismo circunscrito al rezagado cuadrilátero mental centroamericano, a esa mentalidad chiquitica que cumplió su cometido en siglos pasados. Los líderes políticos deben despertar a la contemporaneidad o el mundo seguirá su cauce a una velocidad dispar al cortoplacismo nacional.

Por eso, no basta con querer ser el mejor. Hay que demostrarlo con una apertura mental suficientemente amplia que permita una mayor aprehensión de los movimientos culturales actuales. De ahí, la importancia de la formación como herramienta de discernimiento y desarrollo de los ciudadanos y por ende de la sociedad en su conjunto.

La educación debe ser la piedra angular del progreso costarricense. Hay que volver a tener el reconocimiento de país ejemplo de enseñanza superior en Latinoamérica, como en décadas pasadas. Esto, debido a la proyección a futuro de líderes con fogueo internacional que entendieron la educación como una ventana al mundo: la escolarización vista como baluarte de crecimiento personal y de ascenso social.

 

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Políticos de cuarta categoría

Carlos Rodríguez Nichols

Vivimos en una era de payasos parlanchines que ensalzan a sus barras bravas con ilusorias y anacrónicas promesas sin importar los paupérrimos y en algunos casos catastróficos resultados. Hablo de los populistas del siglo veintiuno. Esta mara de irresponsables políticos que pululan por todos los rincones y esquinas de la tierra, indistintamente si caminan a la derecha o izquierda de la avenida.

Sencillamente, encantadores de serpientes que atiborran a sus seguidores con mansajes equívocos, a un electorado en la mayoría inculto deseoso de escuchar falsas esperanzas sin darse cuenta que se engullen un vulgar placebo, una de las tantas mentiras disfrazadas de verdad. Estos manipuladores en serie son acróbatas que caminan al vértice del engaño entre realidad y ficción, suficientemente persuasivos para engatusar a sus fervientes incondicionales con ciego convencimiento. Cabreros políticos capaces de doctrinar a sus rebaños con discursos y mensajes distorsionados que, en última instancia, solo sirven para confabular a favor de sus propios intereses y de los grupos de poder responsables en gran medida de sus múltiples erratas. En otras palabras, demagogos que intentan garantizar la sostenibilidad del sistema público con ilusorias medidas, muchas de ellas, absolutamente irrealizables.

Una verborrea populista que trasciende fronteras, influenciando negativamente no solo a los conciudadanos sino también a gobernantes de otras naciones. La historia es testigo de un sinfín de mitos y elucubraciones irracionales que rallan en la psicosis, mentiras y confabulaciones que de tanto repetirlas adquieren credibilidad, al punto, que terminan interiorizándose como auténticas verdades en el imaginario colectivo.

La reciente contienda estadounidense entre demócratas y republicanos estuvo marcada por una singular vileza parecida a cualquier pelea callejera de barrio bajo. Elección que dejó como saldo a un legítimo ignorante en geopolítica y estrategia que insiste en gozar de una mente brillante y un notable equilibrio psíquico: un irrefutable extravío producto de la inmadurez emocional y magro intelecto del inquilino de la Casa Blanca. Este lenguaraz, incapaz de comprender la altura de su investidura, se ha convertido en ejemplo referencial de algunos aspirantes a ocupar la silla presidencial en la región. Es risorio la clonación, a imagen y semejanza del presidente norteamericano, llevada a cabo por algunos candidatos tercermundistas, pretendiendo amedrantar al electorado con propuestas dictatoriales y una verborrea belicosa. Una copia al carbón del insensato jefe de gobierno estadounidense que sin el menor recato se jacta de su potestad nuclear y del supuesto botón detonante de una guerra atómica. Un acto de narcisismo extremo que roza el onanismo mental.

Este impresentable personaje se ha convertido en vivo modelo y paradigma de funcionarios públicos a lo largo y ancho del continente: una portentosa receta demagógica para embaucar al sector menos privilegiado, principalmente, aquellos con una formación elemental. Limitación que a todas luces les imposibilita hacer un análisis medianamente profundo de la realidad económica y social.

Por eso, no es de extrañar la pobreza de las campañas y debates televisivos de los aspirantes a la presidencia de Costa Rica, cuando el mayor referente cultural de los costarricenses es la desvirtuada política norteamericana. Ejemplo de esto dicho es la candidatura del populista costarricense Juan Diego Castro, que entre insultos, amenazas y lanzas venenosas lidera las encuestas presidenciales. Uno de los tantos demagogos que nutren la lista de populistas latinoamericanos.

Farsantes de izquierda y derecha que se valen de las necesidades básicas de los pueblos para alcanzar su cometido: el poder. No importa si se trata de dictadores fascistas o de otrora comunistas disfrazados en el presente de supuestos nacionalistas. Astutos embaucadores expertos en la manipulación de los pueblos, del sector más doliente de la sociedad, con el único fin de lograr la jefatura de estado. Descarados marrulleros que amparándose en toda clase de timos y artificios alimentan sus cuentas personales en paraísos fiscales y, muchos de ellos, en el obscuro submundo delictivo orquestado por la mafia internacional, el narcotráfico y organizaciones terroristas. Un engaño desde todo ángulo que se mire.

Sn duda, somos parte y testigo de una era política liderada por personajes circenses, imprudentes bufones que dirigen esta suerte de teatro del absurdo en el que los espectadores ríen por no llorar de furia, mientras miran el mundo a punto de ser devorado por las llamas de una inminente destrucción nuclear.

 

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