Macron, una mente brillante

Carlos Rodríguez Nichols

Emmanuel Macron ha demostrado un notable poder de convocatoria entre el electorado francés y con destacadas figuras políticas de la arena internacional. Recientemente, puso a prueba su excelencia intelectual y capacidad de estadista frente al mandatarios ruso y el presidente estadounidense, dos visitas de estado que se tradujeron en un éxito internacional para el hábil inquilino del Eliseo.

Vladimir Putin fue recibido en Versalles con la esencia de la estética que caracteriza al pueblo francés. El Jefe de Estado de Rusia, heredero de Iván el Terrible, de Pedro el Grande, el Zar Alejandro, y el desalmado Joseph Stalin, tuvo la oportunidad de saborear el refinamiento artístico francés que tanto deslumbró a la aristocracia rusa en siglos pasados, y, además, comprometerse a erradicar la utilización de armas químicas en los conflictos armados, una posición defendida por Europa a lo largo de la crisis en Oriente Próximo.

El estratega del Kremlin, con veinte años de carrera en los servicios de inteligencia de la extinta Unión Soviética y casi dos décadas en la cima estatal de Rusia, sucumbió a las  demandas del mandatario galo. Un sagaz reto político en el que Macron con mano férrea y sobresaliente capacidad diplomática marcó el área de juego y las inquebrantables líneas rojas a traspasar; inscribiendo, así, sus exigencias frente a  la mirada pública de la prensa internacional.

El presidente francés, en estrecha relación táctica con Ángela Merkel su mayor aliada en el proyecto europeísta, propone reforzar la unificación del viejo continente afianzando el liderazgo de Francia al lado de la sólida conducción de la canciller alemana. Un equilibrio de poderes que requiere la reestructuración política y económica de la comunidad europea ante la desconcertante salida del Reino Unido del club de naciones. Sin más, una proyección integracionista de Europa en un momento de crisis institucional y de separatismo continental.

En otras palabras, Macron está construyendo los cimientos de una Europa consolidada lejos de las turbias y falsas esperanzas de populistas, demagogos, y emergentes políticos de pacotilla con proyectos de gobierno irrealizables en términos pragmáticos: astutos halagadores de extrema derecha y anacrónicas izquierdas, que valiéndose de elocuentes mensajes deslumbran a un electorado fácil de enredar con ignorantes promesas e inviables propuestas.

Ejemplo de esto, es el supuesto rompimiento de Washington con los acuerdos climáticos. Una medida anacrónica que ha causado un contundente rechazo a la actual Administración estadounidense, y, consecuentemente, una constricción del liderazgo de la primera potencia en un tema sensible en términos globales. Repudio, no solamente de los pueblos alrededor del mundo sino también de los jefes de gobierno de las naciones más poderosas del planeta. Ante semejante desacierto, Macron se posiciona en el lugar de conciliador entre las grandes potencias y la Casa Blanca.

Una vez más, la capacidad intelectual del joven político francés y sus insignes cualidades sociales fueron aspectos fundamentales para vulnerar la hasta entonces ciega y obtusa postura del presidente Trump respecto a los acuerdos climáticos. La reciente visita presidencial estadounidense sirvió para detonar un cambio, de aquella feroz oposición de Washington hacia los tratados de reducción de gases tóxicos, a una mayor apertura de la Casa Blanca frente a la crisis medioambientalista. Sin duda, el reciente encuentro fue el primer paso de flexibilización de la actual Administración norteamericana frente a la problemática climática que acosa al planeta: una realidad ecológica, con gravísimas repercusiones sociales, consensuada por la gran mayoría de las naciones mundiales.

El desfile del catorce de julio en Paris, una puesta en escena investida de gloria, fue el escenario idóneo para impulsar un acercamiento entre el continente europeo y Estados Unidos. Encuentro, en el que el mandatario francés utilizó sus destacadas habilidades personales para persuadir a su homólogo norteamericano de la importancia de fortalecer la alianza política y comercial entre Estados Unidos y Europa, así como la necesidad de reforzar la relación militar transatlántica frente a las amenazas terroristas y la crisis de Oriente Próximo. Coyunturas en las que Rusia, en cercana concordancia con Teherán y Damasco, ha experimentado en el último lustro una exponencial escalada geopolítica.

No hay la menor duda del poder de seducción de Emmanuel Macron. Su elocuente desenvoltura y la notable facultad de saber estar, se traduce en una sobresaliente tenencia de liderazgo entre los pesos pesados y las grandes ligas del mundo político internacional. Macron, en un corto lapso de tiempo, ha demostrado una excelente conducción diplomática en articulaciones políticas de gran envergadura. Sin duda, su innata facultad intelectual sumado a una excelsa formación académica juegan a su favor en la re-construcción de un nuevo proyecto europeísta liderado por Francia y Alemania.

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Washington camina sobre arenas movedizas

Carlos Rodríguez Nichols

La Casa Blanca da señales de una profunda miopía política al pretender el respaldo de China en el conflicto de la península coreana. Sin duda, el fortalecimiento de la potencia norteamericana en el Pacífico atenta contra los intereses económicos y políticos del gigante asiático; coyuntura que a todas luces aminora el poder de China y el de las naciones circundantes en la zona oriental.

La invasión a Corea del Norte es una oportunidad para poner a prueba la capacidad armamentista de la potencia norteamericana y el ascenso nuclear norcoreano. Según la inteligencia militar estadounidense, que en pasados conflictos armados ha demostrado una notable impericia de cálculo de las posiciones enemigas, insiste que en esta ocasión Pyongyang sufriría una estrepitosa destrucción de su arsenal castrense. Veamos los dos posibles escenarios de guerra y sus principales derivaciones para las fuerzas directamente involucradas en este beligerante conflicto.

La derrota del régimen norcoreano significa la desaparición del Corea del Norte y la unificación de las dos Coreas bajo el liderazgo de Seúl, el mayor aliado estadounidense en la zona asiática. Un escenario idóneo para los intereses geopolíticos de Washington pero en detrimento del poder de China, Rusia y otros potentados de la región. Incluso Japón, cercano de Washington, discrepa con las medidas expansionistas norteamericanas en la península coreana, entre ellas la permanencia de treinta mil efectivos estadounidenses desplazados en Corea del Sur, y las maniobras conjuntas de carácter defensivo.

La otra cara de la moneda tampoco es plausible y mucho menos digna de elogios. Un fracaso militar de Estados Unidos ante Corea del Norte se traduce en una derrota hegemónica de la primera potencia mundial en el Pacífico, ahondado, a los reveces sufridos durante la última década en los  billonarios conflictos de Oriente Próximo. Sin más, un fracaso de Estados Unidos implica el reconocimiento de Pyongyang como potencia nuclear, y el fortalecimiento de China la principal aliada del régimen norcoreano; alianza que se sustenta en apoyo logístico, estrategia y servicios de inteligencia, más allá de los intereses económicos y comerciales que unen a ambas naciones.

En otras palabras, una posible derrota de Estados Unidos en el Pacífico cambiaría el mapa geopolítico regional, consolidando el rol protagónico de India, Rusia y el gigante chino. En este caso, Washington sufriría una inminente pérdida de poder en la zona asiática, dando lugar a un nuevo orden en el que la primera potencia mundial deja de ser la fuerza imperiosa que marca la ruta económica en términos globales. Esto dicho, en un momento histórico en el que la actual Administración de Washington no tiene el respaldo y beneplácito de los Jefes de Estado más poderosos del planeta, y la popularidad del mandatario estadounidense naufraga en infortunios improcedentes a nivel internacional. Sin más,  un desfase de Estados Unidos bajo el importuno mandato de un Comandante en Jefe incompetente para su investidura: percepción compartida por un nada desdeñable número de economistas, intelectuales y científicos alrededor del mundo, entre ellos, Oscar Arias Sánchez, expresidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, quien recientemente declaró que “Trump es el hombre menos inteligente, menos capaz, y con menos conocimiento y experiencia política que ha ocupado el Despacho Oval de la Casa Blanca”.

Ante una prominente amenaza de destrucción masiva, las potencias asiáticas y occidentales tienen la imperiosa responsabilidad de concertar acuerdos multilaterales de cara a la escalada nuclear en la península coreana. En última instancia, esto supone el acceso de Pyongyang a la mesa de negociaciones de las naciones más poderosas de la tierra, una medida hasta ahora considerada inoperante por la gran mayoría de Jefes de Estado. No obstante, seguir negándole a Corea del Norte el reconocimiento de su capacidad nuclear implica, para el despótico régimen norcoreano, continuar construyendo el arsenal atómico al margen de los controles regulatorios mundiales. Y, entonces, las inenarrables consecuencias de una guerra atómica aún evitables, se traducirían en una destrucción a gran escala capaz de causar daños irreversibles a la humanidad y al equilibrio ecológico planetario.

Frente a esta posible catástrofe, la Administración de Washington no puede seguir caminando sobre arenas movedizas ni alimentar ilusorias mancomunidades con el gigante chino, mecenas del dictador norcoreano, y potencia con la que Estados Unidos rivaliza en la región asiática. Una incauta articulación que solo tienen lugar en el ramplón imaginario de un absoluto desconocedor de política y economía internacional.

 

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El mundo asediado por múltiples actores

Carlos Rodríguez Nichols

Estados Unidos como primera potencia mundial debe hacer frente a dos situaciones que procuran un grave peligro a la humanidad: la debacle en Oriente Próximo orquestada por Irán y Arabia Saudí, y la escalada atómica en la península coreana. Conflictos militares que atentan contra la estabilidad económica y social del mundo y principalmente en las regiones cercanas a estas zonas militarizadas. Por eso, es imposible analizar la espeluznante realidad de Siria e Irak sin tener en cuenta el desborde migratorio de las poblaciones árabes hacia Europa, y las numerosas consecuencias para el viejo continente. De igual forma, sería inoportuno analizar la grave escalada militar en la península coreana pasando por alto las eminentes repercusiones que esto tendría en Japón; territorio que alberga una de las bases militares estadounidenses más importantes del Pacífico.

En Corea del Norte, la carrera nuclear pasó de ser un experimento atómico para convertirse en una amenaza global. Los continuos lanzamientos de misiles de Pyongyang apuntan tanto a un mayor alcance longitudinal como a una cuota de poder entre las naciones poseedoras de armamento de destrucción masiva. Ya no se trata de un chantaje del irreverente joven dictador amedrentando a las potencias mundiales; más bien, de un proyecto a gran escala que pone en jaque a Seúl, Tokio, Washington y de forma colateral al resto del mundo. Esta no sería una guerra circunscrita exclusivamente a la península coreana, sino un conflicto armado que involucra a las potencias nucleares, entre ellas Estados Unidos, Rusia y China. Una contienda que aparte de producir un destrucción humana y ecológica de proporciones inenarrables cambiaría la balanza de poder y el mapa geopolítico actual.

Por otro lado, las naciones de Oriente Próximo son deponentes de la nefasta rivalidad entre Irán y Arabia Saudí. Feroces protagonistas de una lucha hegemónica marcada por intereses mercantiles y políticas expansionistas en una zona petrolera considerada uno de los pilares de la economía planetaria. No en vano, las potencias occidentales se han repartido el pastel arábigo durante siglos, y continúan interviniendo tácita o directamente en el prorrateo de un territorio que proporciona ganancias multimillonarias a las empresas internacionales. Paradójicamente, las civilizaciones más antiguas de la humanidad son escenario y testimonio de una brutal carnicería humana donde se destruyen los unos a los otros cual bárbaros prehistóricos.

Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre el conflicto de la península coreana y las guerras del Golfo Pérsico: la posesión y potestad de armamento atómico. Una realidad de la cual las naciones árabes aún están exentas. No obstante, en ambos conflictos prevalece el alma guerrera del ser humano y la necesidad de poner a prueba su arsenal armamentista. Ante esta multiplicidad de fuerzas, se necesita llevar a cabo políticas consensuadas que detengan el aniquilamiento de poblaciones inocentes y la desaparición de ciudades víctimas de la codicia de propios y ajenos.

Ahora más que nunca, las potencias deben tener una mirada objetiva y actuar de manera  reflexiva y pragmática ante estas situaciones de gran peligrosidad, lejos de exaltadas e impulsivas reacciones emocionales que se traduzcan en un indicador de debilidad. Se requiere, en todo caso, de estrategias multilaterales en la resolución de estos graves conflictos. Especialmente, ante la falta de experiencia de la Administración de Washington en política exterior, y las exiguas herramientas sociales del mandatario estadounidense en materia diplomática.

Sería beneficioso que la actual cumbre en Hamburgo sea un espacio favorable para que las veinte naciones más poderosas logren acuerdos frente al avance atómico de Corea del Norte y la debacle social y económica en Oriente Próximo. Desafortunadamente, las agendas de las potencias mundiales transcurren por caminos distantes a los parámetros establecidos por Washington. Profundas diferencias exacerbadas desde el ascenso del presidente republicano norteamericano: un férreo defensor del nacionalismo contrario a las medidas de integración promovidas por las grandes potencias.

No es un secreto para nadie, que las actuales políticas de la Casa Blanca sufren un categórico rechazo de los Jefes de Estado europeos y de los potenciaros asiáticos en  lo relacionado a tratados comerciales, migración y la crisis climática planetaria. Esto dicho, sumado a una suerte de anticuerpo que produce la figura del mandatario estadounidense entre los estadistas más poderosos del planeta, debido, en gran parte, a su prosaico comportamiento y el áspero roce pedestre que caracteriza al magnate neoyorkino devenido Comandante en Jefe de la primera potencia mundial. Un repudio colectivo, que estadísticamente se cuantifica en casi un ochenta por ciento, en términos internacionales.

Ante semejante realidad, el presidente de la nación más poderosa del mundo tiene la ardua tarea ante sí de crear el escenario y las variables necesarias para construir acuerdos de conformidad global. Un camino espinoso en el que debe lidiar con estrategas de alto calibre como Vladimir Putin, Ángela Merkel, el Jefe de Estado de China, gran aliado del régimen norcoreano, y, personalidades como Emmanuel Macron o el Primer Ministro canadiense que, a pesar de sus cortas trayectorias en la arena política internacional, han demostrado una sobresaliente inteligencia y sólidas herramientas sociales y diplomáticas; cualidades que el mandatario estadounidense en esencia carece. Una vez más, la frágil coyuntura  que atraviesa el planeta requiere de un sólido liderazgo capaz de solventar las consecuencias del ascenso nuclear del régimen norcoreano y la hecatombe económica y social en Oriente Próximo. Dos frentes que asedian el mundo y amenazan a la humanidad.

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El mago de la avenida Pennsylvania

Carlos Rodríguez Nichols

Después de cinco meses de deshojar margaritas con un “te quiero mucho, poquito o nada”, sería necio seguir insistiendo en los aspectos negativos del Jefe de Estado norteamericano. Basta de remachar en los vicios de carácter y defectos de personalidad del inquilino de la Casa Blanca. ¡Es hora de hacer un esfuerzo y ver el lado positivo y esperanzador del mandatario!

Antes que nada, hay que reconocer la capacidad del presidente para burlarse de la prensa. En otras palabras, el mandatario le da a los periodistas atolillo con el dedo. Primero, los ataca hasta desprestigiarlos como viles verdugos de la democracia, y después hace con ellos su reverenda voluntad. Los pone a dar volteretas cual payasos circenses como si fuesen esclavos a su servicio personal.

No hay duda de que el presidente tiene un gran conocimiento del mundo del entretenimiento. Es el dueño del espectáculo y sabe marcar las pautas del tablado. Por lo tanto, él decide cuándo se abre y se cierra el telón y en qué momento se cambia la escena para tener al público siempre alerta. Un versado de la magia teatral.

Si en algo brilla su Administración es por la vivacidad de los espectadores. En gran parte, debido a la suculenta dosis de estimulantes que el mandatario diariamente introduce en la vena periodística a nivel mundial. Su estrategia se basa en que hablen y no dejen de hablar del realityman advenido Comandante en Jefe, de los muros fronterizos y de sus promesas electorales por más contradictorias e infantiles que parezcan, de las repentinas amistades con enemigos del pasado, y los espaldarazos a quienes febrilmente atacó durante los meses de campaña; sin olvidar, por supuesto, los tweets mañaneros suficientemente ofensivos para copar durante horas y días la audiencia de reportes noticieros: irreverentes bravuconadas puberales plausibles a la vista de sus fieles seguidores.

Pero, más que analizar el performance en la totalidad, interesa observar la agudeza de los cortes escénicos de sus dramáticos montajes: una brillante estrategia para desviar la atención de situaciones que juegan en su contra, hacia otros puntos focales de apoyo. Veamos cómo va el libreto.

Desde el primer acto, se instala la presencia del espionaje ruso con el fin de enganchar al electorado en una suerte de novela policiaca, suficientemente light para captar a un robusto número de incondicionales, a esa rústica audiencia a la que ya no podría seducirse con culebrones noventeros a lo “Mónica Lewinski en el despacho oval”. ¡Demasiado machos para perder el tiempo en cuentos de viejas!  Se trata de darle un toque de picor a un electorado desarticulado de los partidos tradicionales, a esa masa de votantes hasta el hartazgo de la misma cantaleta y de esa interminable retahíla de promesas incumplidas.

Por eso, no hay nada más sagaz que la intromisión de la inteligencia rusa bajo la tutela de Vladimir Putin, de esa suerte de desalmado neo zar descifrando códigos secretos de la campaña electoral norteamericana. Posiblemente, no exista tal complicidad entre el advenedizo magnate neoyorkino y el, un día, petizo matón de barrio bajo moscovita. En todo caso, se trata de un obscuro guion novelesco en el que los dos mandatarios logran sus propios réditos ante la mirada crédula de fanáticos nacionalistas. Lo llamativo es la injerencia de la histórica archienemiga Rusia en el contubernio presidencial estadounidense; y, cómo dicha trama cibernética es utilizada por ambos jefes de gobierno para confabular contra la prensa a la que tildan de falsa, engañosa, y manipuladora de un público víctima de mentiras noticiosas. No es la primera vez que jefes de gobierno populistas, tanto de izquierda como de extrema derecha, se obsesionan con amordazar a la prensa; obviamente, a las líneas editoriales contrarias al pensamiento e intereses oficialistas.

Claro, cuando las intrigas del supuesto espionaje del Kremlin se tornan más suspicaces de la cuenta, el mandatario estadounidense rápidamente manda a cerrar el telón para presentar otro episodio de mayor perplejidad. Lleva a la prensa a otro hemisferio, a otro escenario con diferentes actores: a la peligrosidad del conflicto asiático, la beligerancia y psicopatología del impulsivo jefe de gobierno norcoreano capaz de destruir el planeta en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ante las amenazas de Pyongyang, la Administración de Washington se ve envuelta en un posible conflicto militar, en una coyuntura de alarmantes implicaciones. Entonces, frente a este conspicuo panorama, decide cambiar el foco de atención y dirigir la mirada del público a otra realidad más afable.

Trump conduce a la prensa por otro camino. A sus bailes palaciegos en Riad con los jeques árabes, y a las ponencias del Comandante en Jefe alabando a reyes petroleros y príncipes saudíes por la compra de cientos de billones de dólares en material armamentista norteamericano. Desafortunadamente, la segunda parte de su “presentación en sociedad” no fue beneficiosa a la imagen del mandatario estadounidense. Los continuos abruptos del presidente descalificando instituciones de larga trayectoria, y subestimando toda clase de tratados internacionales, le hicieron flaco favor a su investidura como líder de la primera potencia del mundo. Sus desaires diplomáticos causaron a la postre un rechazo generalizado de los otros siete Jefes de Estado.

No en vano, los titulares de los periódicos de Europa, Asia y Latinoamérica reseñaron las migas del mandatario en la cumbre de los estadistas más poderosos del planeta: una desvalorización del mandatario estadounidense a nivel mundial. Según el último estudio realizado por el Centro de Investigaciones Pew, un think tank de Washington, el jefe de gobierno norteamericano solo cuenta con la aprobación del veintidós por ciento en términos internacionales, mucho inferior al treinta y seis por ciento del respaldo doméstico. El informe concluye que el presidente en cinco meses ha menoscabado la confianza en Estados Unidos y debilitado el liderazgo de la Casa Blanca.

Ante esta pérdida de credibilidad, Trump da la orden de cerrar una vez más el telón y cambiar la escenografía. Ahora, se instala en un planeta verde, impoluto y sin contaminación; tan diáfano y transparente que hace mofa de los liantes inventores del calentamiento global. Retira a Estados Unidos de esos engañosos pactos climáticos “obamanescos” que intentan desequilibrar la economía norteamericana y derrumbar a la más grande y única “America first”.

Y… así continúa el espectáculo del magnate del entretenimiento manejando a los medios de comunicación según el ritmo pendular de su popularidad. A él no le interesa ganar más prosélitos, mientras pueda conservar esa masa de admiradores infalibles que alimenta su grandiosidad ególatra y el rating presidencial intrafronterizo. Incondicionales devotos que nutren un profundo machismo político materializado en el poder del más fuerte: una fuerza implacable que defenestra los avances logrados en materia de género, nacionalidad, raza, credo y, ante todo, el equilibrio climático planetario.

Después de cinco meses a la cabeza del mundo, no queda la menor sospecha de la audacia del mandatario para utilizar y burlarse de la prensa con sus recónditos conjuros. Por eso, más allá de su comportamiento bullicioso y grosero, el mandatario tiene la innegable capacidad de envolver a los medios de comunicación en sus propios disparates; alejando, de esta forma, a la prensa de asuntos de gran envergadura que se discuten en la avenida Pennsylvania de puertas hacia dentro.

Ahora, cabe preguntarse si la prensa mundial es falsa y mentirosa como insiste el presidente o, si más bien, algunos Jefes de Estado son un claro ejemplo de retorcidas transgresiones. Dos variables que no son necesariamente excluyentes entre sí. Al punto que ciertos medios de comunicación, así como un importante número de gobernantes, se sustentan los unos a los otros con mutuas falacias y retuertas verdades. No es más que el engaño colectivo de una sociedad insertada en un doble discurso ético y moral, en la que todos se acusan del mismo mal que padecen!

Nota bibliográfica:

“Pew Research Center is a nonpartisan fact tank that informs the public about the issues, attitudes and trends shaping America and the world. We conduct public opinion polling, demographic research, content analysis and other data-driven social science research. We do not take policy positions”.

 

 

 

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¡Europa es mucha Europa!

Carlos Rodríguez Nichols

Un pedazo de esperanza revive a la comunidad de naciones europeas después de una década de sombras y claro oscuros que nublaron el continente. La carta de defunción del viejo continente, por la que algunos recientemente apostaron, quedó relegada al olvido ante el surgimiento de líderes europeístas dispuestos a luchar por la unificación y fortalecimiento de uno de las culturas más excelsas de la humanidad. De esta forma, Europa se reincorpora de una accidentada agonía para retomar las riendas geopolíticas mundiales.

No hay duda de que este despertar se debe en gran parte a la tenacidad de hombres y mujeres capaces de darle una vuelta de tuerca al infortunio y a los reveces de una sociedad convulsa, para ubicar a la unión de naciones europeas a la cabeza del mundo y al lado de notables mentes planetarias. Ante esta implacable excelsitud, la región emerge con un liderazgo de contrapeso frente a la irracionalidad de demagogos populistas enfrascados en extemporáneos comportamientos absolutistas.

No obstante, Europa debe hacer frente a las adversidades del terrorismo y a la salida del Reino Unido de la unidad comunitaria, así como a la marea de inmigrantes, muchos de ellos náufragos en el Mediterráneo, y cientos de miles colándose por todos los rincones del continente ante el rechazo tácito y no siempre silencioso de pueblos y naciones. Hordas a las que se les proporciona un pálido refugio, más por vergüenza a las migajas del pasado, que por un concienzudo acto humanitario: una deuda de las naciones europeas, herederas del renacimiento y de la ilustración, con civilizaciones a las que por siglos consideraron algo menos que las hijas de camelleros!

No hay que pasar por alto que ayer, metafóricamente hablando, un gran número de poblaciones vivieron al rojo vivo unos de los mayores genocidios de la historia. Vale recordar las atrocidades perpetuadas por el rey Leopoldo de Bélgica en el Congo africano a principios de siglo pasado; la brutal exterminación en los campos de concentración alemanes y soviéticos; la xenofobia hacia marroquíes, turcos y tunecinos en la Francia de las postguerras mundiales; y, la desvergonzada repartición del Golfo Pérsico entre las potencias occidentales.

Esta fugaz mirada hacia algunos menosprecios culturales no se hace con el afán de excusar la implacable crueldad de fanáticos extremistas que aterrorizan el mundo contemporáneo y mucho menos para dimitirlos de toda responsabilidad; sino, más bien, con el fin de comprender el trasfondo de las reacciones de odio y deseo de venganza de esta humilladas poblaciones hacia Bélgica, Francia y el Reino Unido en la actualidad. Pareciera que por más que el tiempo insista en borrar las heridas, las marcas de dolor se graban para siempre en la memoria colectiva de los pueblos.

Ante las grietas de un retorcido pasado, Europa se reincorpora en la arena política internacional consciente de la ardua tarea de rediseñar políticas públicas pertinentes a las exigencias de hoy; ya no medidas cortoplacistas y supeditadas a intereses externos, sino pautas emancipadas de la tutela hegemónica de las superpotencias. En otras palabras, una mirada a futuro constructora de sólidos organismos financieros y de defensa, capaces de proporcionar seguridad a las veinte y siete naciones que conforman el club de estados europeos del siglo veinte y uno.

El nuevo desafío de Europa no se logra en soledad. El gran reto es circunscribir a las potencias mundiales alrededor de cuatro ejes prioritarios: -soluciones a los problemas climáticos que amenazan al planeta; -políticas consensuadas frente a las redes terroristas financiadas por grupos de poder; -un estricto control del material armamentista y nuclear que trasiegue al margen de la ley;  y, acuerdos globales frente a la inmigración y derechos de los refugiados en las naciones del primer mundo. Para ello, se requiere de Jefes de Estado solidarios a favor de la unificación de las países, lejos de populismos que segregan a las naciones de los pactos y avenencias entre los estados. Irresponsables medidas de obcecados mandatarios que insisten en nadar contra corriente en un mundo comercial y tecnológicamente interconectado.

Obviamente, la salida del Reino Unido de la comunidad  de naciones europeas y la detracción de la Casa Blanca frente a las relaciones transatlánticas produjeron una concientización en el electorado europeo: la necesidad de alejarse de posicionamientos de ultra derecha y anacrónicas izquierdas impulsores de violentos radicalismos. Así, los dispares movimientos extremistas se disipan ante las propuestas políticas de gobernantes proclives a asumir las consecuencias sociales de una década marcada por altos índices de desempleo, y pérdidas materiales de un importante sector de la sociedad. Una vorágine económica producto en gran parte de la crisis financiera que azotó al mundo en el último lustro.

 Ante este emergente panorama político, Francia y Alemania se perfilan como pilares en la reconstrucción del nuevo proyecto europeíza; reactivación que  requiere de un trabajo conjunto en unión con los veintisiete estados miembros del club de naciones europeas. Una vez más, el viejo continente se levanta de sus propias cenizas con la firme convicción de ser baluarte de la humanidad, y parte imprescindible del liderazgo mundial.

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Un nido de serpientes…

Carlos Rodríguez Nichols

Los gobernantes de las potencias mundiales han rozados los más abruptos y desvergonzados grados de hipocresía, acusándose los unos a los otros de cometer las mismas transgresiones. En otras palabras, una burda escenificación del diablo repartidor de escapularios.  Ejemplo de esto es Arabia Saudí,  conocida públicamente como bastión y patrocinador del wahabismo, una organización fundamentalista de alcance regional con respaldo logístico y financiero a grupos terroristas. Sin ir más lejos, el reciente ataque al corazón simbólico de Irán fue perpetuado por seis yihadistas afiliados al wahabismo y a las filas del Estado Islámico en Siria e Irak.

Paradójicamente, a raíz del incondicional apoyo de Washington a Arabia Saudí, el potentado árabe se proclamó abanderado en la lucha contra movimientos al margen de la ley. El monarca saudí, recubierto con un manto de falsedades y un descarado doble discurso, responsabiliza a Qatar de promover el terrorismo en la península arábiga: señalamientos similares a los que han recaído sobre Riad en las últimas décadas. Al punto, de involucrar al reino saudí en los atentados del World Trade Center y en el once de septiembre neoyorkino.

Sin duda, ambas monarquías apoyan silenciosamente a organizaciones terroristas. La diferencia reside en que Qatar respalda al movimiento Hermandad Musulmana, el acérrimo enemigo y principal rival religioso del gobierno de Riad, y a los grupos chiitas estrechamente ligados a Teherán, identificados por Washington como la mayor amenaza regional. Pero, obviamente, esta medida tiene alcances más profundos que el supuesto apoyo qatarí a organizaciones extremistas en el Golfo! Un complejo ajedrez con un trasfondo geopolítico que pone en jaque el poder saudí y a las relaciones entre estas soberanías petroleras históricamente marcadas por profundas rivalidades.

Qatar posee el tercer recinto de gas natural más ricos del planeta, el mayor índice de desarrollo económico y humano del mundo árabe, y un medio de comunicación de alcance global, el canal de televisión Al Jazeera, conocido por su línea editorial abiertamente demarcada del pensamiento saudí. Estas variables políticas y económicas convierten a la monarquía qatarí en una amenaza para la expansión de Riad en la península arábiga. De ahí, el interés del reinado saudí de sacar al gobierno de Doha de la arena política regional. No hay duda de que Qatar es un obstáculo para las proyecciones hegemónicas de Riad. Por lo tanto, deshacerse de Qatar significa fortalecer las ambiciones imperialistas saudíes en la zona; especialmente, en un escenario en que Irak, Siria y Egipto enfrentan serios desequilibrios políticos y sociales.

No obstante, la actual tensión política en el Golfo puede desembocar en un escenario con serias consecuencias para la monarquía qatarí y la zona en términos generales. Frente a este panorama, hay dos opciones visibles a corto plazo. Por un lado, el consentimiento de Qatar a las exigencias del reino saudí respecto a un cambio de su política exterior. Un hecho poco probable porque debilitaría geopolíticamente a Doha en la región, convirtiéndola en una especie de subordinada al servicio del magnificado poder de Riad. Una posición de inferioridad política que se traduciría en una eventual pérdida de poder entre los potentados árabes.

Por otro lado, el repliegue nacionalista de Qatar en defensa de su soberanía agudizaría aún más el conflicto en el Golfo, incrementando, la posibilidad de una contienda militar entre Irán con el respaldo de sus respetivos aliados, y Arabia Saudí con el apoyo de Estados Unidos y las naciones afines al reino saudí: un conflicto a gran escala que involucraría a múltiples actores. Sin más, un nido venenoso donde los hombres se transforman en vil reptiles para satisfacer sus más bajos instintos de poder y codicia. Serpientes que se comen las unas a las otras con el afán de demostrar cuál de todas es más víbora y rastrera.

 

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El desprestigio del Comandante en Jefe

Carlos Rodríguez Nichols

La decisión del presidente Trump de romper con el acuerdo de Paris está ponderada en base a sus índices de aprobación al frente de la Casa Blanca, valores incluso inferiores a los niveles de consenso del expresidente George W. Bush en el momento más álgido de su administración a raíz de la invasión a Irak.

Donald Trump no podía decepcionar a sus fervientes seguidores. A esa masa del electorado sedienta de la gloria del pasado, de una Ilusión que solo existe en el universo personal del empresario neoyorkino y de su cada vez más reducido círculo de incondicionales. Por eso, la permanencia de Estados Unidos en el acuerdo de Paris hubiera defraudado a esta población ultra conservadora contraria a toda clase de políticas progresistas; fallo, que se traduciría en una mayor pérdida de credibilidad ahondado al desprestigio del mandatario en el ámbito internacional.

Para muchos esta decisión es una miopía política. Un resquebraje de la unidad de Occidente en un contexto mundial económicamente interrelacionado. Hoy, la arena política internacional está conformada por una multipolaridad de fuerzas, por  poderosas naciones con proyecciones a gran escala y no, como en décadas anteriores, circunscrita a una o dos potencias mundiales. Ante esta realidad, Estados Unidos no debe encasillarse en aislacionismos nacionalistas de ningún aspecto.

Sin duda, La salida de Estados Unidos del Acuerdo de Paris ha producido una ferviente respuesta global: un feroz rechazo de ciudadanos, políticos y organizaciones no gubernamentales comprometidos en una lucha conjunta contra el calentamiento planetario. No obstante, esta auto marginalidad de la potencia estadounidense del pacto climático abre un abanico de posibilidades entre grupos de poder proclives a liderar el acuerdo ambientalista; reafirmando, así, la crisis climática como uno de los ejes del siglo veinte y uno.

En este caso, no se trata de panfletadas de intelectuales trasnochados o de posturas extremas de activistas callejeros de izquierda. Es el producto de investigaciones científicas de prestigio mundial. Por eso, desconocer el aporte acreditado en materia climática es tan irresponsable como negar el progreso de la ciencia en medicina o el avance tecnológico de las exploraciones espaciales. Claro, siempre van existir opiniones antagónicas a esos estudios que atenten contra los interese de una minoría codiciosa.

El acuerdo firmado en Paris cuenta con el respaldo de los mayores sectores poblacionales del mundo, entre ellos la  Unión Europa, India y China e incluso Rusia. Ante este nuevo escenario, Europa emerge como uno de los principales impulsores del acuerdo climático. De ahí las palabras del presidente Emmanuel Macron: “Hagamos nuestro planeta grande otra vez”. Un compromiso solidario con el mundo y con las futuras generaciones, en contraposición al ensimismamiento neo populista de la Administración de Washington.

La comunidad de naciones europeas tiene la suscrita garantía del gigante asiático chino que apuesta a aumentar su influencia política y económica a nivel mundial; la gran oportunidad de Pekín para adquirir mayor presencia global a cambio del firme compromiso de reducir su dependencia de carbón y petróleo. Si es así, Estados Unidos con su errónea estrategia climática estaría sirviendo, en bandeja de oro, los manjares del poder a potencias rivales que se disputan la primacía del mundo.

El abandono escénico de Washington en materia ambientalista supone un remplazo que llene el vacío suscitado por la potencia estadounidense. Ante esta coyuntura, es comprensible la actitud desafiante de Alemania y Francia de negar la renegociación del acuerdo climático. Una decisión continental que muchos celebran de puertas hacia dentro y en hermético silencio. La Casa Blanca obviamente no calculó la eminente respuesta mundial de repudio a la salida de Estados Unidos del Acuerdo de Paris. Al punto que organizaciones filantrópicas y empresas multinacionales con bandera norteamericana se comprometen a continuar la lucha contra el calentamiento global; una batalla en clara oposición a la medida dispuesta por el Ejecutivo estadounidense.

La orden presidencial de salir del pacto climático estuvo en gran parte coaccionada por la industria de carbón norteamericana, uno de los mayores contribuyentes al partido republicano y a la candidatura del presidente Trump, que a la postre es el sector más beneficiado de dicho decreto. Sin duda, esta extemporánea medida climática se traduce en millonarias ganancias para la producción estadounidense, pero también en una amenaza al equilibrio planetario y al futuro de la humanidad.

A todas luces, la sesgada mentalidad mercantilista del presidente estadounidense le impide construir un análisis proyectivo a largo plazo en política internacional, campo que el mandatario no solo desconoce sino que contantemente contamina con sus inoportunos comentarios y desdichados tropiezos diplomáticos. No en vano sus índices de aprobación naufragan en valores históricos. Una inquietante realidad que pone contra las cuerdas a senadores y congresistas del Partido Republicano ante el desprestigio doméstico y mundial  del Comandante en Jefe.

 

 

 

 

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