Víctimas y victimarios

Carlos Rodríguez Nichols

Las barras bravas, como son conocidas en Sudamérica, las pandillas callejeras o las maras son unas de las tantas expresiones de la violencia humana. Violencia que se manifiesta en diferentes formas y situaciones: contra niños, adultos, animales, terrorista degollando cristianos, antepasados haciendo polvo a la comunidad judía y, en la actualidad, israelitas quemando niños palestinos en el conflicto de Gaza.

Este ensayo intenta acercarse a los conceptos de violencia y poder ejercidos por ciertos grupos: manifestaciones políticas, bandas de asaltantes callejeros y barras de aficionados transgresores de la ley: escenarios donde se evidencian los más crueles actos de fuerza, contra una o más personas, para lograr un fin determinado.

La barras o las pandillas son los elementos visibles, la punta del iceberg, pero hay que reflexionar acerca de las variables latentes e invisibles que condicionan el comportamiento de estos llamados anti sociales, lumpen e incluso escoria humana. En la mayoría de los casos, estos comportamientos violentos de alta peligrosidad son el resultado de una marginalidad y exclusión social: una complejidad de causas vinculadas a factores sociales en esta población marginal infractora de los límites y de la ley.

Niños que, antes de nacer, sus progenitores viven en condiciones desfavorables: Mala alimentación o incluso desnutrición antes y durante el embarazo, embarazos no deseados en la adolescencia; enfermedades de transmisión sexual. Un círculo interminable que afecta en mayor grado a las personas menos privilegiadas: exceso de consumo de alcoholes y drogas, violencia intra y extra familiar, abuso físico y emocional, deserción escolar y reducidas posibilidades de un ascenso socio-económico.

Niños que inician su desarrollo físico y psíquico en un entorno que limita sus posibilidades de una sana construcción biológica, emocional y vincular. Patologías y síntomas de la contemporaneidad que son el producto de una desorganización social, que los enfrenta a las tensiones de la pobreza, sin mayores posibilidades de salir de esa vorágine humana. Las condiciones del hogar en que se nace marca como “fierro” el futuro de los niños. (Curbelo).

Niños que no cuentan con una evolución físico, emocional e intelectual en forma integral. Se desarrollan en un entorno familiar y social desintegrado. Son sobrevivientes en un contexto de crisis económica y social y marcados, negativamente, por la carencia de referentes de autoridad durante la transición de niños a adolescentes y posteriormente de la adolescencia a una vida adulta: Se requieren modelos , líderes, ejemplos a los que referirse e imitar o cuestionar…esos modelos se derrumbaron. (Curbelo).

Desde muy temprana edad, esta población infantil convive con diferentes formas y expresiones de violencia, con una violencia que el entorno, directa e indirectamente, facilita a su inteorización. Crecen en “barriadas” donde la violencia es su principal arma contra un Otro que se convierte en una constante amenaza: una permanente inseguridad, tanto interna como externa: comportamiento violento entre los vecinos y departe de la policía estatal. Jóvenes, en proceso de formación vulnerables a un medio hostil y testigos, en muchos casos, de abusos psicológicos, físicos e incesto, dentro de su núcleo familiar más íntimo.

Sujetos que se desarrollan en medios de inseguridad y violencia: una inseguridad individual que, consecuentemente, produce acciones delictivas y violentas en niños, jóvenes adolescentes y adultos. Detrás de cada acto cometido por un agresor hay una víctima que ha sido violentada o incluso ha perdido la vida en manos de un delincuente: un circulo interminable de víctimas y victimarios.

Bandas de delincuencia organizadas que emplean niños para cometer una serie de actos delictivos. Estos menores no son contratados como empleados o mano de obra mal pagada; sino, más bien, como una fuerza laboral esclavizada a la que se le recompensa con dosis de crack, pasta o paco, según las diferentes nomenclaturas del muy adictivo narcótico.

Enganchan a estos menores de las villas miserias con sustancias psicoactivas altamente adictivas para  posteriormente  someterlos al poder de estos amos y señores del narcotráfico. Al final, el menor de edad termina estigmatizado y recluido en un “reformatorio” a la espera de una re-inserción social; en tanto, los amos y señores del narco se reparten las jugosas ganancias con los, supuestos, responsables de resguardar el orden, la ley y los valores ciudadanos.

Jóvenes recluidos en centros penitenciarios que, en lugar de reformar, más bien tienen características de una academia del crimen, donde los reclusos terminan de aprender toda clase de mañas antisociales. Planteles sobre-poblados con pobrísimas condiciones de salud y de higiene; un submundo de violencia, corrupción, abuso físico y psicológico a la luz de un sistema judicial que, en muchos casos, se ve obligado a dejar libres a personas que delinquen por falta de espacio en los centros de reclusión.

A este punto hay qué plantearse lo que se gesta detrás de la venta y el consumo de sustancias ilegales: una sociedad que las prohíbe pero las vende, las sanciona pero las distribuye, las señala pero la policía es, al mismo tiempo, parte de este lucrativo producto de consumo. Incluso, cabe preguntarse si el sistema, socio-políticamente hablando, promueve, solapadamente, la existencia de estas agrupaciones que actúan al margen de la ley, para movilizar un producto ilegal que proporciona un plus económico de inmensurables dimensiones. Una vez más cabe preguntarse: ¿es la droga la causa o la consecuencia de esta deformación social o más bien un negocio redondo de un sector de la sociedad y del sistema capitalista que, con un doble discurso, se beneficia de lo ilegal y al mismo tiempo castiga a los usuarios y distribuidores.

Por lo tanto, es en este marco que se debe plantear la violencia ejercida por los grupos urbanos, ya sea barras bravas de aficionados, asaltantes callejeros capaces de matar por un celular, hasta células de una mayor peligrosidad como la Mara Salvatrucha en Centroamérica. Independientemente, de la forma de expresión de violencia , hay varios aspectos coincidentes en estos jóvenes: mayoritariamente hombres, socialmente excluidos que se cohesiona en busca de una seguridad o un respaldo que la familia, la sociedad o el Estado no le brinda satisfactoriamente. (Curbelo).

En el caso específico de Argentina, el término brava barra es utilizado para designar a agrupaciones de individuos pertenecientes a las hinchadas organizados dentro de un equipo deportivo, caracterizados habitualmente por ser protagonistas de incidentes violentos, dentro y fuera del estadio, y que realizan negocios legales e ilegales vinculados al fútbol: grupos urbano marginales que ejercen, directa o indirectamente, un importante control del futbol. Más que un deporte, para muchos es una esperanza y una forma de escapar física y psicológicamente del circunscrito mundo de la villa miseria: convertirse en un astro del futbol al estilo Maradona o afiliarse a una barra brava; una agrupación de hinchas fanáticos que les da un lugar más allá de aquel título peyorativo de inadaptados sociales.

La barras bravas se caracterizan por enfrentamientos donde la violencia entre grupos de jóvenes, mayormente, varones se convierte en la defensa territorial; territorio no solamente desde el concepto espacial sino más bien emocional afectivo. La violencia, entonces, es un constructor de identidad de ese grupo marginal que requiere un lugar de respeto y poder; poder que, en ese imaginario colectivo, está estrechamente vinculado al uso de la fuerza y la violencia, como una forma de lograr un beneficio específico: el dominio. Violencia y poder no están totalmente separados pero no son lo mismo… El poder depende del apoyo del grupo y su fuerza está en la organización.(Curbelo)

La agrupación, ya sea barra, pandilla o mara, se convierte, una vez más, en un arraigo que tiene vínculos afectivos y que brinda un sentido de pertenencia: una agrupación que acuerpa y no excluye y en la cual, contrariamente a los parámetros sociales estigmatizantes, estos fanáticos hinchas no se sienten discriminados.

Para concluir, existe en en diferentes países de Latinoamérica organizaciones y fundaciones dirigidas a la población infantil y adolescente en situaciones de vulnerabilidad, que motivan e involucran a esta población en actividades deportivas y expresiones artísticas, con el fin de alejarlos de comportamientos adictivos y de conductas al margen de la ley.

La educación es el arma y la herramienta más eficaz que posibilita, a esta población, la oportunidad de salir de su realidad marginal. Una educación integral físico, emocional e intelectual que ofrezca una apertura al conocimiento y un deseo de superación. Una meta a corto y largo plazo con el fin de mejorar la calidad de vida de esta población considerada, por muchos, la escoria social.

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