Argentina: el ocaso de un discurso

Carlos Rodríguez Nichols

El pueblo argentino manifestó en las urnas un deseo de cambio. Atrás quedó la década ganada del oficialismo y un discurso populista que se desgastó hasta el hartazgo.

Argentina apostó por un cambio y le puso fin a la era kirchenerista, a doce años de Néstor y Cristina Kirchner al mando de cuarenta millones de argentinos. Un período marcado por contextos políticos, económicos y sociales de gran agitación, así como situaciones favorables en el sector agrícola que facilitaron una importante recuperación económica durante los primeros años de este binomio presidencial.

La repentina muerte del estadista dejó un vacío de gobernabilidad. La presidenta, reelegida con un alto apoyo del electorado, trató de recompensar este vacío con un equipo de asesores mayormente teóricos pero carentes de experiencia en la administración pública. Inapropiadas políticas en el área de comercio exterior, sumado a una crisis financiera mundial, produjeron un escenario desfavorable para la Argentina. La desaceleración internacional, la desconfianza de la empresa privada y una reducción de la inversión extranjera en el mercado argentino, llevó a un significativo decrecimiento económico.

El gobierno de la señora Kirchner en un intento de frenar una cuantiosa fuga de capitales impulsó una serie de medidas que no dieron los efectos esperados; resultados, más bien, superpuestos con cifras macroeconómicas desprovistas de una rigurosa metodología que distan de autenticidad. “No sabemos cual es la realidad económica. La mentira de gobierno hace que no sepamos cuál es el valor del dólar, cuál es el PIB real. No sabemos en cuanto están las reservas del Banco Central”, enfatizó Mauricio Macri en el cierre de su campaña presidencial.

El “vamos por todo” de la primera mandataria llegó a su fin. La presidenta durante este lustro pretendió dominar todos los sectores de la vida política pero no pudo ratificar la Constitución a favor de una tercera reelección consecutiva; un hito que marcó el principio de su crepúsculo presidencial. De este momento en adelante comienza a desarmarse un castillo imaginario construido alrededor de lo que el kirchnerismo llamó “la década ganada”.

Ayer, el pueblo argentino se mostró a favor de un cambio de timón: de direccionar el rumbo del país hacia otras políticas publicas. Los argentinos están apostando  por una mayor apertura hacia los mercados financieros; un crecimiento de las exportaciones y un reposicionamiento en el ámbito internacional: una mejor relación con los miembros de la Unión Europea, Estados Unidos y los países sudamericanos, más allá de las naciones que conforman el MERCOSUR y el ALBA.

Apuestan por otro discurso político más conciliador y menos prepotente; una argumentación más transparente y menos agresora; una actitud más tolerante y menos difamadora del adversario; una comportamiento más afín a los principios democráticos, lejos del tono autoritario de regímenes dictatoriales o de antiguas posturas monárquicas, y una mayor capacidad de negociación.

El nuevo gobierno tendrá que hacer frente a la herencia del kirchnerismo: un modelo estatista con una fuerte sistema subsidiario; una sociedad polarizada, pero con un porcentaje mayoritario del electorado, que clama por un cambio de rumbo hacia una economía más dinámica, una mayor apertura internacional y una sociedad unida como nación.

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