Una mirada caótica de la humanidad

Carlos Rodríguez Nichols

Mierda y catástrofe del critico de arte español Fernando Castro Flórez es el resultado del conocimiento, el bagaje cultural y las reflexiones filosóficas del autor acerca del hombre de la contemporaneidad: un hombre inmerso en el desecho, la deconstrucción y lo destruido.

Castro Flórez invita al lector a caminar por los laberintos del arte y a replantearse los conceptos del ser y la nada en una contemporaneidad marcada por el miedo y la angustia; en un mundo poblado de miles y millones de seres tomados por el vacío.

Desde una teorización subjetiva, considero que en muchos casos la falta ya no es aquel motor freudiano que mueve el deseo sino, más bien, pareciera que obstaculiza la “supuesta” esperanza o ilusión de una “completud”: una falta que se apodera del ser al punto de convertirlo en no-ser, en algo parecido a la nada.

Hoy, una parte de la humanidad es incapaz de afrontar la realidad y tomada por el pánico y la desesperanza se refugia en un estado en que, siguiendo a Castro Flórez, impera la esencia de lo siniestro, en el escombro, en un no-lugar donde se rompe el orden y la organización de las cosas y del tiempo. El hombre se sumerge en la mierda, en su propia putrefacción humana hasta producir-se la catástrofe: una suerte de caos que se adueña de todo, convirtiendo al ser en un no-ser atrapado en el vacío de ser. Un vacío de ser que atormenta, aterroriza e impide soportar el deseo.

En este caso, no se trata de un vacío existencial porque para ello se requiere de un cuestionamiento personal, profundidad de pensamiento, capacidad analítica y  una postura suficientemente sólida del yo. Coincidiendo con Castro Flórez, en el hombre contemporáneo hay una usencia de yo.

Entonces, debido a esta ausencia, se produce una carencia en el ideal de sí mismo, imposibilitando al hombre lograr una integridad personal y social. El hombre de contemporaneidad, metafóricamente, flota en el espacio y en el tiempo; sobrevive; vomita monstruos que necesitan ser expulsados. Se violenta a sí mismo, se intoxica y se satura debido a la imposibilidad de enfrentarse al Otro y, aún más, debido a su incapacidad de enfrentar-se consigo mismo. Llega al lugar de desecho, al no-lugar, pero no para dar inicio a una reconstrucción de sí; sino, para convertirse él mismo en desecho, en lo inservible, en chatarra, en eso que en algún momento fue algo y ahora es amorfo, sin una estructura o un andamiaje que lo sujete.

De ahí, la necesidad que tiene el hombre de hoy de ponerle un freno o un paréntesis a esa realidad que le es imposible sostener. Por esa razón, el hombre contemporáneo se esconde en una especie de bunker construido con toda clase de sustancias psicoactivas que narcotizan lo poco que existe de deseo, de ese resto que en lugar de tener la función de un elemento constructivo más bien lo amenaza. La única solución que le queda es destruir-se, des-hacer-se como aquella habitación del pintor Jeff Wall: salir-se de la escena. Se arroja al vacío que lo abraza.

Ejemplo de esto es el consumo patológico de alcoholes y drogas o las adicciones a actividades de forma incontrolada. En este caso, el no-ser se repliega en sí mismo y crea una relación privada y singularizada con la sustancia o situación adictiva que se convierte en una salida por la puerta de emergencia, por ese lugar secreto donde no se requiere desnudar la intimidad ni hacer lazo con el Otro: un “evitar” el sufrimiento de enfrentar-se a la propia existencia que no pasa por el campo del Otro.

Así, la era de la post-post modernidad se caracteriza por una masificación de no-seres: una masa de no-seres que deambulan entre el estado de pre existencia y finitud. Entes que naufragan en una especie de hipnosis, en un ensueño que podría semejarse al delirio de un sicótico, pero sin la construcción delirante sicótica que intenta anudar los registros desarticulados característicos de dicha enfermedad mental.

Al final, se podría pensar que el comúnmente llamado “loco” está en una posición de ventaja ante el no-ser, porque en sus alucinaciones construye fantasías e imaginarios de ser: ser el escogido de Dios; Napoleón; el director de la orquesta más famosa del mundo; el enviado. En su delirio fantasea con ser alguien o algo, y no como aquel no-ser que se pierde en su destrucción sin ni siquiera desear ser la nada.

Paradójicamente, la ciencia, por medio de anti sicóticos típicos y atípicos se esfuerza por re-insertar a este porcentaje de la humanidad sicótica en la sociedad de la gran masa, en la que una buena parte de ella está conformada por no-seres con un deseo tan frágil que no son capaces de crear ni recrearse ellos mismos. Un cúmulo de hombres y mujeres robots masificados por medio de videojuegos, reality shows y toda clase de instrumentos tecnológicos. Pareciera que debido a la ausencia de los referentes ya mencionados, esta inmensa urbe de gente es controlada por un sistema que los incita no solamente a consumir mierda, sino a ser consumidos por la mierda hasta convertirse en un deshecho social.

Mierda y catástrofe proporciona un interesante enfoque de lo destruido, de lo desarticulado y corrompido de la sociedad; una arista del ser humano y de su humanísima decadencia en su mayor expresión. La obra de Castro Flórez se presta para un análisis desde diferentes perspectivas: sociológica, literaria, filosófica y de ese lugar donde convergen el arte y lo humano. En lo personal, no me compete hacer una crítica de un crítico, sino valerme de conceptos utilizados por el autor para construir mi propio cuerpo reflexivo: un ejercicio intelectual que he disfrutado desde la primera hasta la última página de este ensayo.

 

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