Trópico de cáncer

Carlos Rodríguez Nichols

Henry Miller escribe Trópico de cáncer en Paris durante los primeros años de la década de los treinta. Un París entre guerras poblado de prostitutas, excesos y vicios; una bohemia que contrasta con una mentalidad fascista que hierve a fuego lento ante la ocupación nazi a la vuelta de la esquina. “La ciudad retoña como un enorme organismo enfermo por todas partes y las avenidas hermosas son algo menos repulsivas sólo porque les han desecado el pus… una especie de basurero humano que se ha llenado con cenizas y desperdicios secos…las paredes exhalan un olor fétido, olor a colchón enmohecido. Europa, grotesca, monstruosa”.

Miller, durante los primeros años de su estancia parisina estuvo inmerso en medio de un entorno individuos descontentos con su medio; sujetos cuyo tormento, cómo el suyo propio, se refleja en esta novela. “Bajando por la rue des Dames, me tropiezo con Peckover, otro pobre diablo que trabaja en el periódico. Se queja de que solo puede dormir tres o cuatro horas por la noche. …Hace tanto tiempo que no me he sentado en compañía de gente bien vestida que me siento un poco amedrantado. Todavía huelo al aldehído fórmico”.

La historia de Trópico de cáncer gira alrededor de putas, tabernas, personajes urbano marginales y una obscenidad que ronda lo soez, lo lumpen y oscuro, con ese vocabulario característico de burdeles y de personajes grotescos. “Un domingo por la tarde cuando los cierres están echados y el proletariado posee la calle con una especie de torpor taciturno, hay calles que recuerdan nada menos que una gran picha ulcerada por el chancro y abierta en canal”.

Miller construye emociones y sentimientos de soledad y sensaciones viscerales. La lujuria,como motor vital de la obra, desdibuja la línea divisora entre realidad, fantasía y la sexualidad del personaje; del narrador; del autor, de Miller obsesionado por un universo de mujeres y sexo, pero al mismo tiempo marcado por bravuconerías y por una vulgaridad machista que, lejos de focalizarse en la femineidad, más bien apunta hacia una dicotomía de mujer diosa y puta; una mujer merecedora de la deidad pero atravesada por una falta de ser que la aleja de la divinidad. “Sus palabras le infundían una fragancia peculiar; ya no era solo su órgano privado , sino también un tesoro, un tesoro mágico y poderosos, un don divino… y no lo era menos porque comerciara con él día a día a cambio de unas monedas…Cuando salíamos del hotel la examiné de nuevo a la cruda luz del día y vi bien claro lo puta que era”.

La obra hace énfasis  en una realidad sexual que puede resultar chocante y hasta escandalosa para algunos o si se quiere una suerte de pornografía literaria. Se puede pensar que Miller, contextualizado en el mundo parisino de los años treinta, fue capaz de tender puentes entre la literatura, lo obsceno, el arte y la pornografía. “Un hombre. Eso era lo que anhelaba. Un hombre con algo entre las piernas que pudiera hacerle cosquillas, que pudiese hacerla retorcerse en éxtasis, hacerla agarrarse el tupido coño con las dos manos y restregárselo gozosa, jactanciosa, con una sensación de vida”.

No hay duda del impacto de la obra de Miller en el medio literario de la época: una situación límite entre lo artístico y el entonces mundo de las letras. “El día que llegué al piso de Nanantatee, estaba haciendo sus abluciones, es decir que estaba de pie ante una palangana sucia intentando llegar con su torcido brazo hasta el cogote…Le encantaría si pudiera hacerme vomitar la comida: sería lago más que podría guardar en el aparador con el pan duro, el queso enmohecido y las tortitas de grasa que hace con la leche agria y la mantequilla rancia”.

El autor, diciendo lo indecible, transciende fronteras pre-establecidas y se mete en territorios “minados”: incita a la provocación y escandaliza a un público literario aún teñido por un doble discurso, no tan lejano de a aquellos primeras décadas del siglo veinte, empañado de los rezagos de la moral victoriana. Desde la actualidad, cabría preguntarse si Henry Miller es un autor innovador y vanguardista o solamente un escritor que navega en un mundo soez, obsceno y obscuro construido con letras, lápiz y papel.

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