Populismo: el cáncer de occidente

Carlos Rodríguez Nichols

El populismo se fundamenta en la incorporación de las masas a la vida pública; masas lideradas por políticos que tienen la capacidad de manipular las emociones de la gente con exhibiciones, recursos demagógicos y ataques a los adversarios como factor legitimador de su poder. Un comportamiento que generalmente favorece los interese personales y del partido ante los beneficios de la gente, contrario a lo que hasta la saciedad promulgan.

No importa si se trata de doctrinas de izquierda o derecha; las tácticas y estrategias políticas empleadas en el condicionamiento del electorado y de sus fanáticos seguidores convergen en un territorio común: la creación de un núcleo fuerte de hinchas obnubilados con una perorata que los hipnotiza, a tal punto, que son incapaces de reconocer y aceptar cualquier declaración en contra del pensamiento o filosofía partidista al que pertenecen.

Una suerte de rebaños guiado al antojo y necesidad de sus líderes en regímenes tan disímiles y contradictorios entre sí, como el tea party republicano estadounidense o el chavismo bolivariano venezolano; el ascendente populismo neo fascista alemán o el liderazgo del máximo representante del partido de los trabajadores en Brasil; el movimiento de extrema derecha de Jean Marie Le Pen en Francia o la calaña kirchnerista argentina. Los seguidores de estas agrupaciones políticas no pueden ver ni escuchar una realidad existente más allá de sus fronteras ideológicas.

En todos estos casos, se pone en juego una serie de políticas destinadas a enaltecer un sentimiento nacional-popular y promover los mercados internos con políticas encubiertas bajo un supuesto manto protector a los sectores más desfavorecidos de la sociedad; a los indignados con el sistema; y aquellos que rozan el hartazgo debido al inescrupuloso manejo público por parte de los sectores tradicionales.

Todo hace pensar que en esta maniobra de poderes y empoderados, las masas, el pueblo o las clases según a las cuales el discurso está dirigido, tienen la necesidad de alienarse a un líder, un supra poder que los salvaguarde de sus debilidades; de las flaquezas convenientemente alimentadas por grupos e instituciones hegemónicas a través de relaciones de dependencia.

En el populismo existe una estrecha relación de amo y esclavo, donde tanto necesita el líder político de las masas para mantener su posición de domino, como el súbdito requiere de un superior o caudillo para sobrevivir y mantener un lugar, aunque frágil y desdibujado, en el entramado político y social.

 

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