Bélgica. La otra cara de la moneda

Carlos Rodríguez Nichols

A solo pocos minutos del corazón de Europa, del centro neurológico de la comunidad de naciones europeas, se concentran las siete comunidades más pobres de Bruselas. Una región sobrepoblada por inmigrantes en su mayoría turcos y marroquíes; pueblos marginales, agrupados social y étnicamente, que forman una medio luna en torno al centro de la capital belga. Esta multiplicidad de culturas, incapaces de adherirse a las normas y tradiciones europeas, viven en un entorno decrépito con un alto porcentaje de desempleo y sin proyectos ni esperanzas a futuro: realidades que han producido profundos sentimientos de rencor, venganza y odio al capitalismo y al sistema europeísta.

Jóvenes desarticulados de la cultura europea se refugian en falsas representaciones religiosas convirtiéndose así en carnada del radicalismo jihadista-salfista y de células terroristas: un laberinto estrechamente ligado a redes de narcotráfico;  a organizaciones mafiosas  con una solidaridad comunitaria de familiares, amigos, cómplices y conocidos que los esconden y los protege:  un respaldo entre ellos mismos a diferencia del desprecio que sienten de los europeos, como si se tratara dos mundos aparte que cohabitan en un mismo territorio geográfico. Unos y otros, se desconocen como suyos;  los belgas consideran que estas comunidades árabes tienen  otros códigos morales y sociales, y  los árabes piensan que los europeos son explotadores de sus pueblos.

Bélgica como nación ha sido incapaz de integrar a los inmigrantes que componen esta media luna o anillo marginal de la capital belga, así como tampoco ha podido consolidar las diferentes comunidades que ocupan su territorio. Ejemplo de esto es la división profunda que existe entre los franco belgas y los residentes de Amberes, cada uno con su propia lengua, gobiernos, ayuntamientos, servicios policiales y sistemas de inteligencia desmembrados entre sí. Esta desarticulación de organizaciones y servicios ha impedido una coacción como nación tanto en lo social, político y cultural, y en gran medida ha contribuido al atrincheramiento de las poblaciones excluidas en moradas y en comportamientos endogámicos.

Para poder superar el caos institucional de Bélgica, es necesario fomentar políticas de unificación; igualdad de derechos en educación y salud; y proporcionar  oportunidades laborales a los ciudadanos independientemente del credo religioso, el color de la piel, la lengua y país de origen. Si no, el corazón de Europa seguirá siendo la meca del radicalismo y el centro logístico de atentados exportables al resto del viejo continente.

 

 

 

 

 

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