Los indignados

Carlos Rodríguez Nichols

La crisis del 2008 puso en evidencia las falencias de la estructura financiera a nivel mundial, pero ante todo constató los niveles de fraude y corrupción en el seno de instituciones públicas, partidos políticos y entidades bancarias, que por décadas se beneficiaron de la fiesta codiciosa de un sistema capitalista salvaje.

Esta algarabía financiera del sector más privilegiado de la sociedad, conllevó a un profundo descontento de una parte  de la clase media que en los últimos años sufrió un descenso socioeconómico. Según el INE, Instituto Nacional de Estadísticas, en España casi una tercera parte de la población está en riesgo de pobreza y exclusión social; y, en palabras del Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, “en Estados Unidos, una de las grandes potencias del mundo, uno de cuatro niños es pobre”.

Un escenario social donde conviven el despilfarro, la ostentación, la desmesura, los excesos y el vicio; en contraposición al detrimento de las necesidades más básicas del hombre: el desahucio de sus casas, despidos y destrucción de puestos de trabajo, empobrecimiento de la salud, des- esperanza en un futuro incierto y pérdida de la dignidad.  Es aquí donde surge uno de los movimientos sociales más robustecidos  de la contemporaneidad. Los indignados.

Las calles de la principales ciudades del mundo han sido testigo de la indignación de la gente. Personas defraudadas por una casta de desvergonzados que hicieron y deshicieron a su antojo sin pensar en las consecuencias de miles y millones de ciudadanos; astutos dirigentes que  valiéndose de aberrantes comportamientos han terminado desacreditando la confianza en los política y en las instituciones públicas.

El lema  “No hay pan para tanto chorizo”  se ha hecho escuchar a lo largo y ancho de España, en boca de ese sector de la clase media que se siente desclasado, pero se resiste a seguir naufragando en un océano de déficit público y cifras maquilladas según los interés partidistas electorales. Un movimiento social que llegó al hartazgo de trampas y mentiras, y  a la  violación a la igualdad que tantos pregonan.

Pero, los indignados están rabiosos de furia contra los políticos en general, contra el abuso de poder de la dirigencia política sin importar el credo o discurso de sus gobernantes.  No perdonan la desfachatez y el robo descarado de los Kirchner en Argentina; la guerra inventada de los Bush en Estados Unidos; los múltiples casos de corrupción de los grandes señores de los partidos constitucionales en España; los mandatos de Bruselas que pone en entredicho la soberanía de las naciones europeas; los nefastos resultados de la revolución bolivariana; la desastrosa política de los refugiados en Europa que ha fortalecido a la extrema derecha en el viejo continente. Partidos de extremas ideológicas que con un mensaje demagógico ofrecen una suerte de aliento de esperanza a esas masas callejeras de indignados.

Ya no importa las siglas de los partidos ni tampoco la trayectoria de estos políticos populistas. La gente está necesitada de un líder que les prometa un futuro, aunque sea una falsa promesa o un falso futuro.

 

 

 

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