Las raíces del populismo

Carlos Rodríguez Nichols

En la última década, la corrupción ha acechado a la mayoría de las naciones  indistintamente de la ideología o color político de sus partidos. Un festín de dólares y euros  en el que se han beneficiado dirigentes políticos, banqueros, empresarios, jueces, sindicalistas, narcotraficantes y mercaderes del submundo. Este saqueo desvergonzado ha producido una pérdida de confianza en las instituciones y en los partidos tradicionales de derecha y centro izquierda; un detrimento claramente explícito en las socialdemocracias europeas, que en un pasado cercano fueron piedra angular de la integración de las naciones de la UE.

Este desgaste y quebranto de credibilidad en los políticos y agrupaciones convencionales ha sido el motor móvil de emergentes grupúsculos extremistas que ferozmente reaccionan contra un sistema político y financiero que beneficia a los amigos del poder. En algunos casos, con la mirada ciega de jueces, fiscales y procesos judiciales sobreseídos, logran la impunidad y al final, como dicen popularmente: “la vergüenza pasa y el dinero queda en casa”. Una pérdida de valores morales, un deseo desmedido de poder y una avidez de bienes materiales que superan al amargo sentimiento de la deshonra. Esta amalgama de comportamientos más cerca del vicio que de la virtud han fortalecido el populismo de extrema derecha y de izquierda.

Un discurso populista que no se sostiene necesariamente en una estructura reflexiva, sino, más bien,  en una política de masas que responde a crisis sociales, políticas e institucionales. En el populismo se pone en juego las pasiones, emociones y sentimientos más primarios del hombres, incidiendo en afectos como el miedo, la inseguridad, la angustia y la inquietud de los ciudadanos.

Por medio de exabruptos, los líderes populistas hacen de la política un espectáculo o si se quiere un espectáculo de la politiquería. Una puesta en escena que se asemeja más a un vaudeville que a una drama o tragedia teatral. Una grotesca espectacularidad de insultos y amenazas. Independientemente del extremo ideológico al que estos líderes políticos pertenecen, en el discurso populista existe la necesidad de exaltar la soberanía del pueblo: se aspira a devolverle a  la gente la autonomía usurpada por una casta privilegiada. Movimientos extremistas que con el discurso intentan construir muros de resistencia en contra del establishment, el libre mercado y la corrupción institucionalizada.

Más allá de una verborrea electoral de derecha o de izquierda, la sociedad del siglo veintiuno requiere de profundas reformas institucionales en materia de administración pública; justicia;  derechos de los ciudadanos en educación, salud, vivienda; y acceso a puestos de trabajo que permita cubrir las necesidades básica de todo ser humano. Si no, las masas enfurecidas seguirán el camino de la insensatez marcada por políticos como Trump, Le Pen, Kirchner, Maduro y un puño de extremistas deseosos de poder.

 

 

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