Orlando

Carlos Rodríguez Nichols

Una vez más, el mundo mira perplejo las atrocidades cometidas por fanáticos agresores contra diferentes blancos de la sociedad. Esta vez se trata de un crimen contra la libertad. La libertad de poder expresar libremente la sexualidad; lo más intrínseco de la naturaleza humana.

En nombre de “Alá es grande”, el tirador de la masacre de Orlando se lanza a una carnicería humana dando fin a la vida de cincuenta personas inocentes  ajenas al extremismo religioso de un desequilibrado mental. El agresor, sin importarle el dolor infringido a los familiares de los fallecidos en el acto, o en las  secuelas físicas y psicológicas de los sobrevivientes de este atentado, este antisocial es un ejemplo más del odio, resentimiento y venganza que albergan muchos islamistas radicalizados contra la cultura occidental.

Las naciones de Occidente tiene que tomar consciencia de la dimensión del poder del Estado Islámico. Especialmente, del dinero que hay detrás de esta empresa multinacional del crimen, auspiciado en gran medida por las naciones árabes interesadas en un lugar de hegemonía en Oriente Medio, como es el caso de Arabia Saudí, Qatar e Irán; naciones que apoyan, activamente, a estos grupúsculos extremistas ante la mirada ciega o más bien pasiva de Estados Unidos y Europa.

Es loable el discurso del presidente de Estados Unidos en este momento de consternación. No obstante, la amenaza del Estado Islámico tiene muchas aristas y no puede limitarse solamente a la libre venta de armas. Por supuesto, que hay que crear controles que regularicen a nivel mundial el libre comercio de armamento a civiles. Pero, no hay que olvidar el dinero a gran escala que se mueve en el mercado negro; armas que en muchos casos son desechadas por la industria armamentista y vendidas al margen de la ley por medio de contrabandistas de armamento que se enriquecen a costa del crimen organizado.

Es hora de que los países occidentales tomen el toro por los cuernos y dejen de marear la perdiz. No es un razonamiento válido el hecho de que los servicios de inteligencia tuviesen información de este criminal en potencia, de su relación con grupos fundamentalistas, y que lo dejaran por la libre ocupando un puesto en la seguridad de un edificio federal con licencia para cargar armas. Es sorprendente que esta masacre fuese conducida por una sola persona sin la ayuda de cómplices internos que le permitiera introducir el armamento. También, pareciera que el criminal conocía el edificio, puertas de emergencia, cámaras de seguridad y los diferentes accesos para poder mantener a treinta personas como rehenes durante tres horas. Sí su odio hacia los homosexuales lo llevó a cometer tal atrocidad, no quiero pensar lo que habrán vivido los rehenes durante estas largas horas de infierno.

Cada uno de nosotros, desde nuestra subjetividad, debemos reflexionar sobre el monstruo de mil cabezas en que se está transformando la sociedad actual. Tenemos dos opciones: esperar, sin hacer nada, al próximo atentado, en el cual nosotros o uno de nuestros seres queridos podríamos ser presa de uno de estos fanáticos homofóbicos o  pedirle a los políticos una mayor transparencia en las relaciones políticas y militares con los grupos extremistas y especialmente con los autores intelectuales que están detrás de esta jugada de terror.

Advertisements

About Carlos Rodríguez Nichols

Soy Carlos Rodríguez Nichols
This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s