Pablo Iglesias

Carlos Rodríguez Nichols

Pablo Iglesias, el candidato de la izquierda española, ha demostrado a lo largo de los últimos dos años una asombrosa facilidad para cambiar de piel según los vientos a favor o las inclemencias del tiempo. El joven político, más de pose y actitud que de edad cronológica, moldea su discurso según el termómetro electoral.

Aquel Pablo Iglesias producto de las revueltas de indignados callejeros, con un discurso prepotente, agresivo y venenoso; seguidor de la corriente marxista leninista que se escuchó hasta la saciedad en la Latinoamérica castrista de los años setenta,  se ha transformado en un neo socialdemócrata al que le irrita le recuerden su pasado chavista, y su admiración por las supuestas medidas vanguardistas, implementadas hasta el fracaso, por su admirado político el presidente Tsipras de Grecia.

Pablo Iglesias, él que expulsaba toda clase de biliosos improperios contra la Unión Europea, el euro y la permanencia de España como miembro de la OTAN, hoy recula en sus decires apoyando todo lo que hace sólo doce meses desprestigiaba y maldecía a voces con expresiones altisonantes. Tal cambio de posición indica una inmadurez política en la arena internacional o una verdadera falacia ideológica; una ideología que es comida a mordiscos por una calculada estrategia electoral. En el mejor de los casos, se puede pensar que el señor Iglesias es mejor estratega que un ideólogo comprometido con sus principios intelectuales y políticos; dicho esto, para no caer en un descrédito de su persona como académico.

Sus cambios no se limitan solamente a su pensamiento político. Este hombre pareciera que aún no ha cortado el cordón con los años adolescentes en que se juega a hacerse el chulo en el  patio del colegio o en los pasillos de la facultad; una irreverencia escasamente aceptable en un adolescente tardío. A los casi cuarenta años, se presenta ante el Rey con pantalón de mezclilla, camisa arremangada con las faldas por fuera y zapatillas de deporte. Llega a la cita a la Zarzuela  con treinta minutos de retraso y tutea al monarca como si fuera un hijo de vecino. Para ser el presidente del gobierno de España se necesita conocimiento de economía, una visión objetiva de la realidad social, pero también sentido común y el don de comportarse y saber estar. Desafortunadamente, los tomos de teoría política no brindan el roce social que también es necesario para ocupar este lugar de respeto dentro y fuera de las fronteras territoriales.

En su paradójico imaginario, Iglesias se etiqueta como el representante de la nueva socialdemocracia europea. Posicionamiento político que, en los últimos días, acicala con una corbata mal anudada al cuello abierto de la camisa, cómo si la utilización de la corbata lo hiciera menos de izquierda, más de centro o si se quiere un poquito más burgués.

La inmadurez emocional de Iglesias lo obliga a cambiar constantemente su discurso, de estrategia, porque su corpus ideológico está tan desmerecido que sus múltiples disfraces no alcanzan para cubrir una obviedad: la cuarta economía de Europa no puede ser conducida por un arrogante y prepotente revoltoso de masas travestido de socialdemócrata con fines electorales.

 

 

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