El Reino Unido en la soledad de su laberinto

Carlos Rodríguez Nichols

Es difícil pensar que tres políticos puedan causar tanto daño a una nación, un continente y, en términos generales, al mundo entero. Tres estrategas, guiados por sus ambiciones personales, han destruido el equilibrio político y económico del Reino Unido y de la Unión Europea. Un terremoto financiero y social que llevó a David Cameron a dimitir como primer ministro, a Boris Johnson a renunciar a sus aspiraciones de ocupar el número 10 de Downing Street, y al activista euroescéptico Nigel Farage a continuar liderando el movimiento independentista. Cada uno de ellos, desde su propia trinchera, es responsable de uno de los mayores descalabros de la historia contemporánea.

David Cameron jugó con fuego y terminó quemándose. Lanzar la bola al tejado de los ciudadanos puede llevar a consecuencias muy serias; especialmente, cuando se convoca al pueblo británico a tomar una decisión que afectaría la estabilidad de veinte y siete estados  y la integridad del Reino Unido.

Gran Bretaña es una de las naciones más poderosas del mundo, la segunda economía más fuerte del club de naciones europeas, y uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La salida del Reino Unido deja una huella profunda en el equilibrio geopolítico de Europa. En este caso, no se trata de un tema menor como podría ser votar a favor o en contra del separatismo de Córcega de Francia. La salida de Gran Bretaña del mercado europeo,  pone en juego uno de los pilares fundamentales de la UE.

Doce días después  del  referéndum, el Reino Unido vive una suerte de orfandad. Su salida causó en los jefes de estados europeos un eminente rechazo a los británicos como mercado y sistema político; un desprecio a la irresponsable medida de Cameron por poner en juicio del pueblo la estabilidad del continente y de su propia nación; un irrespeto a los líderes que impulsaron y condujeron con engañosas promesas a un electorado movido por sentimientos xenofóbicos y, especialmente, un descrédito al oportunismo político de Boris Johnson.

Johnson, el histriónico ex alcalde de Londres, se lanzó a una campaña anti europeísta o más bien a una carrera con fines electorales en contra de Cameron su rival político y partidista. Sus dichos altisonantes y su personalidad, todo menos prudente, desafiaron el esfuerzo del primer ministro por conseguir la victoria de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea.

La escueta ventaja manifestada en las urnas por el pueblo británico, no solamente deja al Reino Unido fuera de los tratados de comercio, seguridad y medio ambiente, sino produce un maremoto de tal intensidad más allá de las predicciones negativas de aquellos en contra de la salida del Reino Unido del club de naciones europeas. Ante semejante resultado, la estrepitosa caída de los mercados y la devaluación de la libra esterlina a niveles desde hace treinta años, Boris Johnson decidió abandonar el barco con bandera separatista. En su discurso a la patria manifestó sentirse incapaz de llevar adelante el liderazgo de Gran Bretaña. Pocos días después, Nigel Farage, la otra voz del movimiento Brexit, renuncia a continuar liderando su partido independista, poniendo de esta forma punto final a su carrera política.

El primer ministro Cameron, Boris Johnson y Farage, por diferentes razones se sienten incompetentes para estar al mando del Reino Unido separado de la Unión Europea. Posiblemente, ninguno de estos tres políticos de larga trayectoria sopesó las consecuencias de dicho referéndum; entre ellas, las manifestaciones multitudinarias que recorrieron las calles de Londres y de las principales ciudades de Gran Bretaña exigendo el rechazo a la salida de la comunidad europea: un movimiento respaldado por más de cuatro millones de firmantes, y la amenaza de la pérdida territorial de Irlanda del Norte y Escocia.

Lo sucedido en el Reino Unido ha creado una marea de incertidumbres acerca del futuro de la isla británica. Una nación que hasta hace dos semanas podía presumir de haber sobre llevado la crisis financiera mundial del 2008 con un crecimiento económico favorable, bajo nivel de desempleo y estabilidad social. Obviamente siempre se puede estar mejor. Pero, también por querer estar mejor, muchas veces se cometen errores garrafales que dejan huellas persistentes a lo largo del tiempo.

Ahora, Gran Bretaña está en una especie de limbo. Una población polarizada por la decisión tomada mayormente por los sectores rurales, nacionalistas, xenófobos y anti establishment. Por otro lado, la Unión Europea exige una inmediata salida del Reino Unido sin ninguna clase de favoritismos. Una nación que, según la mirada de Bruselas, ha rechazado ser parte de la comunidad sin tomar en cuenta las consecuencias económicas, políticas y sociales  del resto de los estados miembros de a UE.

Recordando las palabras de Winston Churchill: “Nunca tan pocos causaron tantos perjuicios a tantos con tan escasos motivos”.

 

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