El dictador de Turquía

 

El golpe de estado en Turquía tiene más tintes de un exitoso auto-golpe orquestado por el presidente Erdogan, que un fallido plan llevado a cabo por militares contrarios a las políticas presidenciales. Si se piensa en un auto-golpe, éste sirvió para depurar el sistema actual y eliminar de la escena política a civiles revoltosos, miembros del ejército, ministros y subsecretarios que obstaculizan los lineamientos dictatoriales de Endorgan. Una jugada política que recuerda las acciones del fascismo alemán contra sus propios generales al no plegarse a las directrices del canciller y comandante en jefe del Tercer Reich.

En cuestión de dos semanas, el jefe de estado turco se quitó de un solo plumazo a sesenta mil personas que le “enlodaban la cancha”. Por eso, de fallido no tiene nada, y de golpe planeado por agentes externos tiene aún menos. Ahora, queda por resolver sí, en efecto, el presidente de Turquía fue el capo de la logística golpista, o si hay otros actores involucrados en esta turbia maniobra.

Turquía en los últimos años ha girado alrededor de la órbita hegemónica de Arabia Saudí, uno de los bloques militares de la península arábiga. Por eso, cabría preguntarse si la “limpia” realizada por Erdogan estaría respaldada por los príncipes de Arabia Saudita con el fin de reorganizar las fuerzas en el tablero político regional. Una estrategia hegemónica a corto y largo plazo dado los movimientos expansionistas de Rusia en Oriente Próximo y el ascenso económico y geopolítico de Irán.

La amenaza del expansionismo ruso, ahondado a la proliferación de la violencia islamista y la afluencia de refugiados, ha desintegrado el orden interno en la región y en algunas de las naciones de la Unión Europea. Parece que tanto los estados miembros de la OTAN, así como Rusia y sus aliados, al igual que Irán, Turquía y Arabia Saudí están reacomodando sus posiciones con una mirada a futuro en la que no se descarta un enfrentamiento militar a gran escala.

Obviamente, la gran potencia norteamericana no estaría excluida de este posible escenario bélico. Contexto en el que se pone en juego intereses económicos, geopolíticos, servicios de inteligencia y las industrias armamentistas de los diferentes actores, adicionado a los conflictos religiosos y culturales de los múltiples protagonistas.

El hombre del siglo XXI, ahora más que nunca,  camina en campos minados o sobre arenas movedizas donde el menor paso en falso puede desembocar en una debacle a nivel mundial. Hay muchos frentes abiertos: constantes señales desestabilizadoras que crean un desequilibrio colectivo y una inseguridad globalizada que incide en el crecimiento de las naciones y en el progreso de los ciudadanos.

No sabemos si los próximos testigos de un atentado terrorista seremos nosotros mismos, o si el fanatismo y la insensatez de algunos jefes de estado pueden  crear un caos global. Vivimos una realidad en la cual las organizaciones internacionales y la comunidad de naciones deben de concentrar todo el esfuerzo posible para lograr soluciones por vías diplomáticas, y evitar de esta forma un mayor despliegue de odio, violencia y venganza entre los pueblos. Desgraciadamente, el ímpetu guerrero y destructivo del ser humano muchas veces prevalece al deseo de construir un mundo civilizado.

 

 

 

 

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