Los dictadores del siglo 21

Carlos Rodríguez Nichols

Envueltos en ropajes democráticos, los dictadores de hoy tratan de engañar a la opinión pública con artimañas electorales y un supuesto sistema parlamentario que dista del verdadero concepto de una democracia participativa. Una dictadura hecha a la medida y apuntalada con hilos  republicanos, para que no se revienten las vestiduras en la primera puesta. Ejemplo de esto dicho es Vladimir Putin y Endorgan en Turquía.

Putin intenta inmortalizar la grandeza de Iván El Terrible, el poder del zar Nicolás Primero y la feroz ambición estalinista de una expansión mundial. Todo esto sumado a una política embriagada de negociaciones mafiosas con redes internacionales de narcotráfico y trasiego de armas hacia puntos estratégicos en Oriente Próximo.

El petiso y grandilocuente Vladimir desciende de un origen modesto y humilde, lo que le permite comunicarse, mano a mano, con el ruso de la calle, agricultores y obreros, pero también con los hombres de negocios grasosos de codicia; con esa mafia a ultranza que no le tiembla el pulso para desparecer de su entorno a todo aquel que pretenda interponerse en el camino.

Esta napoleónica figura política ha sabido abrirse campo a codazos entre estadistas y diplomáticos de alto vuelo. Con esa testosterona que lo caracteriza, y un comportamiento que se asemeja más al chiquitín matón del barrio que a un jefe de Estado, ha logrado volver a poner a Rusia entre los grandes terratenientes del planeta después de varias décadas en segunda división para no decir de “extra” en el vodevil.

Aquella Unión Soviética desnucada contra las cuerdas a finales de los ochenta, ha despertado de su letargo hasta convertirse en la actualidad en la Rusia armamentista que lucha por un poder geopolítico al lado de Europa, Asia y las primera potencias del mundo, que hasta hace poco tiempo la creían muerta. No hay la menor duda que la capacidad de liderazgo y estrategia de Putin le ha dado a la Federación Rusa el lugar de relevancia que ocupó en la historia de de su antepasados.

En la otra costa del Mar Negro, en lo que por siglos fue la cuna del Imperio Otomán, Turquía ha sido testigo de un supuesto golpe fallido. Un golpe de estado que es visto por gran parte de la opinión pública como un auto golpe del presidente Endorgan, para eliminar lo que él considera las “basuras del camino”.

Endorgan desciende de una clase no privilegiada de inmigrantes; una realidad que lo acerca a la gente común carente en muchos casos de las necesidades más básicas, y que ven en él una esperanza o al menos una ilusión para poder salir de un medio de limitadas condiciones. Para el pueblo turco el presidente es uno de ellos, a pesar de que un sector de la población lo considera un vil dictador con un deseo desmedido de influencia regional y poder geopolítico en Oriente Próximo.

En el último año, a causa de la controversial posición de Turquía en el conflicto sirio, el presidente ha sido blanco de críticas a nivel nacional e internacional debido a sus turbias relaciones con los diferentes actores involucrados en esta intervención militar. Su reciente acercamiento a Vladimir Putin pone en tela de juicio la posición actual de Estambul en la arena política mundial, y especialmente el lugar de Endorgan como una suerte de dictador al mando de una nación democrática.

 

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