El doble discurso de los políticos

Carlos Rodríguez Nichols

La supuesta intromisión de los servicios secretos de Rusia en la reciente campaña electoral estadounidense pone en evidencia el constante espionaje de las grandes potencias; una actitud absolutamente reprochable de parte de la nación espía. Pero, una vez más, evidencia los deficientes controles de seguridad de los sistemas de inteligencia de la primera potencia mundial.

Más allá de señalar al gobierno de Rusia de antiético, sería conveniente que Estados Unidos perfeccione los servicios secretos burlados por rivales y enemigos en varias ocasiones; atentados que Washington ha tratado de encubrir con diferentes versiones, unas verídicas y otras irracionalmente ficticias. Un dinámica entre realidad y ficción que a estas alturas resulta intolerable.

Los Jefes de Estado de las potencias mundiales no pueden seguir maniobrando la información a conveniencia e intereses de la dirigencia política; especialmente, en un mundo de comunicaciones globalizadas con herramientas tecnológicas capaces de desenmascarar el fraude y transgresiones de la sociedad civil en su conjunto.

El doble discurso de los políticos es la piedra angular de los reclamos de movimientos populistas, antisistema y nacionalistas que proliferan en Estados Unidos y en la mayoría de las naciones europeas. Movimientos extremistas de izquierda y derecha que culpabilizan a los gobiernos tradicionales de ejecutar medidas en beneficio de sectores muy puntuales de la sociedad, enmascarándolos con disfraces apuntalados a su propia medida.

Ejemplo de esto es la falta de transparencia de algunos Jefes de Estados frente el calentamiento global. Una realidad de proporciones inenarrables que puede convertirse en una catástrofe planetaria con múltiples consecuencias ecológicas. Ante esta alarmante realidad hay gobernantes que aún se resisten a aceptar las verdaderas causas y consecuencias del desequilibrio ambiental.

No hay duda del impacto negativo que ha tenido la explotación petrolera y la industria de carbón en el cambio climático global. Una representación al rojo de vivo de los intereses económicos de las naciones involucradas en la producción de estos bienes comunes, y clara expresión de las ambiciones de algunos gobiernos enfocados en sus propios beneficios, pese, a las reiteradas manifestaciones de la naturaleza expresada en terremotos, sequías y huracanes, que afectan el crecimiento global a corto y largo plazo.

La realidad climática es también el resultado de la proliferación de mega ciudades o si se quiere de jaulas de hormigón cargadas de rascacielos; monumentos fálicos del poder y culto al desenfreno mercantilista de la humanidad: un desfase de lo racional del ser humano frente a un desproporcionado deseo de éxito aunque atente contra su propio hábitat.

Las naciones deben tomar medidas urgentes en miras a un equilibrio ambiental y no en base a los réditos individuales de cada país. Según las declaraciones y promesas de campaña de Donald Trump, el futuro presidente estadounidense está en contra de implementar las medidas consensuadas recientemente en Paris y Marrakech para frenar el calentamiento global: una responsabilidad que compete a todas las naciones, especialmente a China y Estados Unidos a las que se les adjudica más del cuarenta por ciento de las emisiones de CO2 mundiales.

Es hora de que las potencias mundiales ejecuten políticas  integracionistas en lugar de estar culpándose los unos a los otros de las falsedades y erratas cometidas, porque es incongruente tildar a gobiernos y figuras políticas de deshonestos, si se termina cometiendo las mismas faltas o se cae incluso en contradicciones a mayor escala.

La humanidad en el último medio siglo ha dado un enorme paso en materia de comunicaciones. Ya el mundo no está en la década de los sesenta donde se podía ocultar la autoría conspirativa alrededor del asesinato del presidente de la primera potencia mundial: un complot político encubierto durante más de cincuenta años. El electorado contemporáneo exige mayor transparencia de los gobernantes; si no es así, el doble discurso de los políticos terminará siendo una trampa letal para ellos mismos.

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