La Administración Trump desafía al mundo

Carlos Rodríguez Nichols

Donald Trump en  cuestión de dos semana se convirtió en una máquina de firmar decretos. En este corto plazo de  tiempo, el Jefe de Estado firmó veinte órdenes ejecutivas causando una tormenta mundial. Un potencial caos institucional que coloca al mandatario estadounidense en el foco mediático de los principales titulares del mundo.

El Presidente norteamericano ha demostrado tener un magro conocimiento de comercio y derecho internacional, y de los fundamentos de política exterior. Además, la inaptitud diplomática del nuevo inquilino de la Casa Blanca quedó plasmada en los discursos insultantes a sus socios comerciales, y en las peroratas populistas teñidas de un nacionalismo proteccionista: una retahíla de palabras vacías que transgreden la sensatez o, más bien, una demostración de fuerza sin coherencia ni proyección alguna. Irresponsablemente, el Comandante en Jefe de la primera potencia mundial amenazó con restaurar las torturas implementadas por dictadores tercermundistas en décadas pasadas. Provocaciones que al no poder sostenerse en el tiempo se convierten en prosaicos amagos de tosquedad que satisfacen, exclusivamente, a su circunscrita audiencia.

Por un lado, el Presidente vocifera contra los mexicanos amenazando con imponer absurdos aranceles comerciales y horas después enfatiza el gran cariño que tiene por el pueblo azteca adjudicando un pacto de silencio a la muralla colindante. También, firmó un decreto que impide la entrada de ciudadanos de siete países de la península arábica causando un rechazo a gran escala. Una disposición, según la opinión pública, incompetente, ilegal e inconstitucional que desató protestas y manifestaciones en diferentes ciudades de Estados Unidos, y la desaprobación del Secretario General de las Naciones Unidas por considerarla una instigación a la violencia y al extremismo.

Todo esto es un indicador del ignominioso manejo presidencial en materia internacional, así como la incapacidad de sus asesores para neutralizar las abruptas medidas del Jefe de Estado. Tomas de decisión que deben ser llevadas a cabo con agudeza y precisión para no exacerbar sentimientos discriminatorios de religión, y la furia de organizaciones terroristas alrededor del mundo. Medidas que pone de manifiesto el desacierto de las nuevas políticas migratorias estadounidenses en un contexto histórico que atraviesa graves conflictos sociales.

En pocos días, el presidente estadounidense dio señales de su incapacidad de discernimiento frente a los líderes mundiales. Un ajedrez político donde se mide la estrategias de cada uno de los jugadores y el conocimiento en materia nuclear y derecho internacional de los Jefes de Estado. A todas luces, el señor Trump carece de una sólida formación en macroeconomía, y las herramientas diplomáticas para negociar políticas a nivel global; carencias que no pasan desapercibidas debido a su persistente deseo de protagonismo.

La necesidad del señor Trump de llamar la atención hace que este extravagante personaje convierta la casa presidencial en una burda prolongación de su realityshow. Una constante personificación ante las cámaras para satisfacer su ego; un ego tan grande como su fálica torre en la quinta avenida neoyorkina. Las frívolas puestas en escena del mandatario norteamericano ya no causan el efecto risible de aquel espectáculo circense desplegado durante la campaña electoral. Más bien, su imprudencia en realidades de alcance mundial exacerba la desconfianza global. Según la prensa española, la Unión Europea considera a la nueva Administración de Washington una amenaza a la estabilidad política y económica del viejo continente.

Si el histriónico empresario neoyorkino intenta dirigir la nación más poderosa del mundo así como controla su imperio personal, entonces, será testigo del continuo rechazo de la comunidad de naciones y del repudio de gran parte del electorado estadounidense; incluso aquellos que en un pasado reciente apoyaron su candidatura. No es un tema menor que el Presidente Trump en ocho días consiguió la des-aprobación del cincuenta por ciento del pueblo norteamericano, calificación que ninguno de los antecesores mandatarios obtuvo en tan corto plazo de tiempo. Es alarmante que la mitad del electorado estadounidense rechace al mandatario, sólo, una semana después de ser investido presidente.

El Jefe de Estado tiene que escuchar la voz de un importante sector del pueblo norteamericano que no comulga con sus políticas ni con la forma de gobernar por decreto ejecutivo. Movimientos de organizaciones civiles acuerpados por  categóricos defensores públicos y fiscales generales, que reclaman respeto a los valores democráticos y al sistema de equilibrio de poderes, eje constructor de la nación estadounidense.

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