La lucha de poder entre Pekín y Washington

Carlos Rodríguez Nichols

Ocupar el lugar de la primera potencia del mundo no es fortuito. Implica expansión económica y supremacía política global. Esta extensión a gran escala requiere de una cuantiosa inversión en seguridad y defensa de los territorios aliados: un coste financiero que se traduce en importantes beneficios comerciales y expansión geopolítica para la superpotencia.

Por eso, es incomprensible que la nueva Administración de Washington insista en reducir la cuota de defensa designada a la Comunidad Europea. Una medida que debilita la posición de  Estados Unidos en el continente europeo, aminora su campo de acción comercial, y fortalece a la gigante economía china deseosa de acrecentar su dominio a nivel global. Especialmente, teniendo en cuenta, la decisión de la nueva Administración Trump de retirar a Estados Unidos del Tratado del Pacífico; una disposición que reduce la influencia norteamericana en la región y amplía el área de control de Pekín. El Tratado del Pacífico debe ser entendido como un instrumento de influencia estadounidense en Asia. Eliminar este instrumento debilitaría uno de los referentes de autoridad de la potencia norteamericana en la zona asiática.

Por otro lado, Pekín intenta proyectar su poder económico hacia Occidente con un ambicioso plan que conectaría las economías mundiales. El objetivo es crear nuevos mercados para las empresas chinas en puntos estratégicos del mundo,  incluyendo Grecia, Irán y los países árabes. Expansión de la potencia asiática en un contexto político en que se evidencia un resurgimiento de Rusia en la arena política internacional, y una clara división hegemónica de la República de Irán y Arabia Saudita en la península arábica. Así, el gigante asiático crecería exponencialmente, en tanto, Estados Unidos con las nuevas medidas populistas se encasilla entre murallas imaginarias producto de la inexperiencia y torpeza del Comandante en Jefe estadounidense.

Ante las debilidades del presidente norteamericano, la comunidad de naciones se prepara para un reacomodo de fuerzas, o ante una posible hecatombe mundial según las miradas más alarmista. Los jefes de los países asiáticos, latinoamericanos y europeos exploran otros caminos, promueven una mayor integración de naciones y la apertura de nuevos canales comerciales. Una necesidad de unificación que se debe también en gran parte a la crisis institucional que atraviesa la Unión Europea con la salida del Reino Unido, y a  la desconfianza, de un sector nada desdeñable de economistas y  de la opinión pública, sobre el euro como moneda única del continente.

Frente a este panorama, Bruselas está elaborando un Fondo de Defensa Europeo que multiplicará la inversión en ciberseguridad, tecnología naval y drones; lo que colocaría a las naciones europeas en una posición menos vulnerable y con mayor independencia militar de Estados Unidos. Principalmente, en este momento incierto marcado por una abierta  agresión de parte del nuevo inquilino de la Casa Blanca hacia la Comunidad Europea y al tratado trasatlántico: organismos que el mandatario estadounidense en reiteradas ocasiones ha considerado ineficientes y obsoletos.

La Administración Trump en los últimos días enfrentó una derrota legal al no poder instaurar una de sus principales promesas. Un fracaso ejecutivo ahondado a una serie tropiezos diplomáticos, entre ellos, la dimisión del Consejero de Seguridad Nacional por mentir sobre una conversaciones no autorizadas con un representante del gobierno ruso. En esta línea de desaciertos, la nueva Administración de Washington no logró establecer el reconocimiento internacional de Taiwán después de haber burlado el protocolo establecido entre China y los antecesores mandatarios norteamericanos. Tampoco, alcanzó reducir el apoyo militar a Japón que tanto proclamó durante meses y, hoy, contrariamente a lo dicho, insiste en fortalecer las relaciones con la nación nipona. Obviamente, es más sencillo endulzar a las multitudes en un mitin político con falsas promesas populistas, que afrontar la realidad desde la Casa Blanca testigo de los misiles de Teherán, Corea del Norte y el reciente despliegue balístico ruso que supone un acto de provocación al inexperto mandatario norteamericano.

Los improperios de la Administración Trump atentan contra los fundamentos de los Derechos Humanos y desvirtúan la imagen de Estados Unidos como superpotencia. El líder de la nación más poderosa del mundo debe respetar los acuerdos y tratados internacionales establecidos en un sistema democrático que enaltece la multiculturalidad y la interconexión de las naciones; porque, no hay mayor enemigo de la democracia que las medidas autoritarias, la desmesura y las políticas populistas hechas exclusivamente para satisfacer a un mediocre electorado.

Una vez más, ocupar el lugar de la superpotencia no es fortuito. Requiere respeto y sentido de responsabilidad frente a la comunidad internacional de naciones con las que la primera potencia ha edificado sólidos cimientos económicos y políticos durante más de un siglo. La administración Trump no debe de olvidar que la gigante potencia asiática está al acecho del menor traspié de Estados Unidos para reforzar el liderazgo de la economía china, y acrecentar el dominio de Pekín en la arena política internacional.

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