La incompetencia de Occidente ante la crisis humanitaria

Carlos Rodríguez Nichols

Según declaraciones del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, poblaciones enteras en África y Oriente Próximo afrontan una de las mayores crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial. Adultos y niños son víctimas de hambrunas y de estragos de los conflictos bélicos en la región. Una espiral de violencia que arrasa con la paupérrima estabilidad de Yemen, Somalia, Nigeria y Sudan,  dejando alrededor de veinte millones de personas en condición de riesgo de inanición, desnutrición grave, y muerte.

Una realidad alarmante vista de todo ángulo posible en la que las potencias mundiales no se han involucrado debidamente. No existe un verdadero compromiso o sentido de responsabilidad de parte de las países occidentales para aliviar las penurias de esta multitud al borde de la muerte; de esta afluencia humana que escapa de un estado de precariedad en búsqueda de una existencia más digna. La postura de Europa ante la crisis de los refugiados demuestra la incapacidad de los miembros del club de naciones para lograr acuerdos consensuados, pero ante todo la inhabilidad de contención a esta multitud de inmigrantes que se juegan lo poco que les queda de vida. No se trata de recibir hordas de gente sin una logística definida. Es necesario ubicarlos socialmente, proporcionarles un entorno decoroso y posibilidades de esperanzas a futuro. Si no, es cómo arar en el mar.

Frente a esta hecatombe sin precedente, las potencias proponen medidas populistas en lugar de cumplir con la sumas de dinero acordadas entre las naciones más poderosas del mundo, para evitar un desastre humano a gran escala. Líderes europeos de extrema derecha, que demonizan la inmigración como factor desestabilizador del viejo continente, cuentan con una cuota de poder y el apoyo de poblaciones antisistema que se oponen a las políticas inmigratorias del proyecto europeísta, y refutan la pertenencia a la Unión Europea. Existe un importante paralelismo entre el discurso de estos políticos de ultra derecha y la perorata populista de Donald Trump en Estados Unidos: ponencias grandilocuentes dirigidas a un sector del electorado sediento de poder y nacionalismo decepcionados, en gran medida, de la corrupción de los partidos tradicionales en el turbio manejo financiero de la última década.

Llama la atención el efecto cíclico de la historia y la semejanza con escenarios políticos vividos en el pasado. En la actualidad, por más adelantos tecnológicos y progresos industriales, se viven situaciones de gran similitud con aquellos movimientos nacionalistas de los años treinta del siglo pasado. Líderes capaces de dogmatizar las masas prometiéndoles devenir un pueblo fuerte y glorioso, independientemente de los medios llevados a cabo para lograr las ilusiones prometidas. Partidos políticos de extrema derecha y de izquierda con discursos antagónicos que persiguen el mismo fin: el poder centralizado en líderes que ejercen el control absoluto de los pueblos.

Hoy, se gestan organizaciones políticas de corte totalitario disfrazadas de una democracia hecha a su propia medida. Dictadores a los que se eligen libremente en las urnas aunque posteriormente no respeten el corpus ideológico democrático: Vladimir Putin, el ascendente e imparable Erdogan en Turquía, y el lamentable dictador de pacotilla en lo que queda de Venezuela. Para poder conservar el sistema democrático prevalente en la mayoría de las naciones del mundo, es necesario que las potencias reestructuren las relaciones políticas y económicas a nivel mundial. Las naciones primermundistas deben de readaptar su política exterior a un mundo globalizado, no solamente en materia comercial sino también en lo político y social. Ahora más que nunca, se debe concientizar sobre las consecuencias negativas de crear lazos bilaterales con fines exclusivamente lucrativos.

Si se pretende exportar la sobredicha “civilización” a lo largo y ancho del mundo, entonces, se debe comenzar por transformar el despotismo y la mentalidad colonialista de las potencias hacia las naciones tercermundistas, principalmente, a las del continente africano: las mismas poblaciones que hoy huyen de la hambruna y la miseria de sus orígenes, y a las que los países europeos no logran integrar en sus sociedades ni cultura. Los gobiernos de los países más poderosos del mundo tienen que superar el anacrónico comportamiento dominador; sino, ellos mismos serán los constructores del final del sistema democrático, pilar y fundamento del Estado-nación de Occidente.

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