Al filo de una guerra mundial

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo enfrenta tres amenazas que se desarrollan simultáneamente en diferentes puntos del planeta: atentados terroristas, ataques químicos, y un ascenso del arsenal nuclear en manos de diferentes actores.

La fuerza del terror se ha convertido en una de los mayores desafíos de Occidente. Las principales capitales de Europa son el foco de atentados de fundamentalistas dispuestos a inmolarse por ideales religiosos con tintes políticos. Atrás de estos grupúsculos de desalmados extremistas hay una maquinaria de intereses económicos: la industria armamentista, control de producción petrolera, tráfico de estupefacientes, mercado negro, y las más retorcidas y obscuras negociaciones entre políticos y empresarios de alto vuelo.

La producción del terror no es la empresa de un asidero de facinerosos deseosos de cambiar el sistema. Se trata de una operación internacional con una multiplicidad de tentáculos que utilizan el terrorismo como herramienta de poder, y una forma de blanquear capitales billonarios que se mueven en el bajo mundo financiero a nivel global. Una empresa que salpica a Jefes de Estado, jeques árabes de los países petroleros, jerarcas de prestigiosos bancos mundiales, consorcios asiáticos y, sucesivamente, hasta esa especie de esclavos a los que inducen a quitarse la vida en nombre de un supuesto único Dios. Una mentira globalizada que irrespeta la vida de adultos y niños inocentes víctimas de los más atroces aniquilamientos humanos, como lo recientemente sucedido en Siria con armas químicas.

La población siria es víctima del más desangrado exterminio tanto por parte del gobierno de Bashar al-Ásad como de las grandes potencias del mundo. Esta lacra humana ha llegado a límites inenarrables: políticos que se acusan los unos a los otros de perpetuar los más escalofriantes sucesos. Y, al final de cuentas, todas las potencias mundiales, sin excepción alguna, están involucradas en estos atroces genocidios con fines económicos y prosaicos mercantilismos. Una descabellada carrera armamentista en que se pone en juego la capacidad de destrucción de cada uno de los actores sin importar los métodos y medios para lograrlo.

La medida del presidente Trump de bombardear posiciones del régimen sirio puede conllevar a serias consecuencias. No se trata de asustar al gobierno de Siria con cincuenta misiles a mitad de la noche, sino de saber que esta invasión puede acarrear una confrontación a mayor escala con las otras hegemonías en la zona. Entre ellas, una posible respuesta militar de Rusia e Irán, benefactores y mecenas del régimen de Bashar al-Ásad. Sin duda, Rusia con el apoyo de Irán pondrán en marcha todos los métodos posibles para preservar los réditos logrados en el conflicto del Golfo después de seis años de una inversión militar multimillonaria. Una guerra en la que han muerto centenares de miles de personas y ha  producido el mayor desplazamiento desde la Segunda Guerra Mundial.

Putin es un estratega y especialista en materia de inteligencia. Entonces, ¿para qué Rusia y los aliados del régimen sirio van a utilizar armas químicas y aniquilar brutalmente a ochenta civiles ante la mirada de Occidente y de las organizaciones internacionales? Sobre todo, teniendo en cuenta, que el eje Rusia, Irán y Siria ha recuperado la mayoría del territorio sirio de manos de grupos terroristas, rebeldes y opositores. Avance que, consecuentemente, relega a las naciones de Occidente a un segundo plano: a una pérdida de fuerza y poder en una de las zonas de mayor interés geopolítico y económico del mundo.

Obviamente, la utilización de armas químicas es todo menos plausible. Pero, también es reprochable el hecho de atacar una nación basado en información no verificada. En todo caso, primero se confirma la veracidad de lo sucedido  y después se aplica la sanción. Hasta el momento no hay certeza de que el régimen sirio haya sido el responsable de este atroz atentado, por más que las naciones occidentales insistan en conjeturas que dan por sentado. Más bien, han surgido grandes interrogantes al respecto.

El reciente ataque de Estados Unidos a Siria contó con la complicidad de los mandatarios europeos antes de llevarse a cabo. Jefes de Estados de las grandes potencias que han demostrado tener una posición ambivalente y un discurso paradójico frente a la intervención de la Administración de Washington. Por un lado, acuerpan el ataque estadounidense como sanción al régimen sirio. Por otro lado, insisten en una salida política al conflicto en Siria que incluya la presencia y la participación de las potencias mundiales en las negociaciones de paz.

Según un sector de la opinión pública, la ofensiva con armas químicas a la población siria fue un montaje de Occidente. Una maniobra que recuerda la invasión a Irak, basada en falsa información, en la que se señalaba a Sadam Husein de tenencia de armas de destrucción masiva. Una operación que involucró a mandatarios, expertos militares y servicios secretos proporcionando toda clase de detalles del supuesto armamento letal. Incluso el entonces Secretario de Estado norteamericano se presentó ante la ONU, para convencer a los delegados internacionales de la necesidad imperante de la invasión a Irak.

Todo fue una mentira dirigida por el expresidente estadounidense George W. Bush para invadir Bagdad. Invasión que dejó más de un millón muertos, un descalabro regional, la destrucción de Irak y el protagonismo del Estado Islámico en la escena internacional. También, en esta caso, Estados Unidos recibió el apoyo de los Jefes de Estados europeos, a pesar de que con el pasar de los años han tenido que aceptar la errata cometida. Al punto que Tony Blair, el ex Primer Ministro del Reino Unido, se disculpó públicamente.

La invasión norteamericana al territorio sirio es ante todo una demostración de fuerza del Gobierno de Trump. Un espectáculo que ofrece al presidente una momentánea falsa victoria y un transitorio apoyo electoral en un momento en que el nuevo inquilino de la Casa Blanca cuenta con los resultados de aceptación más bajos de la historia. No es la primera vez que el electorado norteamericano se despoja de sus vestiduras partidistas para respaldar un despliegue de poder y fuerza militar. Gran parte de los demócratas, incluyendo a la entonces senadora Hillary Clinton, respaldaron la invasión a Irak orquestada por los republicanos: la falacia mejor encubierta de Estados Unidos en las últimas décadas.

Y, mientras en los países árabes se evidencia esta masacre humana, Corea del Norte amenaza al mundo con seguir desarrollando su arsenal nuclear. Un ascenso de la producción atómica que no es un tema menor para la estabilidad mundial. Al contrario, es un reto que requiere de gran profesionalismo diplomático. Principalmente, teniendo en cuenta los intereses geopolíticos de China en la región y sus lazos comerciales con el advenedizo poderío norcoreano.

No hay duda de que el mundo camina al borde del abismo. Al filo de una guerra a gran escala que invariablemente comprenderá el arsenal de las diferentes naciones poseedoras de armas nucleares. Una realidad asediada por fundamentalistas, potencias mundiales sedientas de poder territorial, y un expansionismo atómico en diferentes puntos del planeta.

 

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