Macron…  ¡En marcha!

Carlos Rodríguez Nichols

Mañana Emmanuel Macron será investido presidente de Francia convirtiéndose en uno de los líderes más poderosos del planeta, en un momento histórico marcado por constantes amenazas terroristas y el advenimiento de partidos neofascistas a lo largo y ancho del continente europeo. Organizaciones responsables en gran medida de la polarización de las sociedades y de la innegable grieta política que desafía la estabilidad de las naciones. Ante estos eminentes conflictos, la Unión Europea celebra la contundente victoria de Emmanuel Macron. Un respiro para la comunidad de naciones puesta en jaque desde varios frentes: la salida del Reino Unido, la asunción del populista norteamericano a la cabeza de la Casa Blanca, y líderes nacionalistas euroescépticos que cuentan con un importante respaldo del electorado. Y Francia no es la excepción.

La ultraderechista francesa Marine Le Pen obtuvo el treinta y cinco por ciento de los sufragios en la elección presidencial del pasado domingo. Una realidad política que se traduce en once millones de votos con la legitimidad necesaria para erigirse como la principal fuerza opositora al gobierno de Macron, y en un categórico movimiento anti europeísta desafiante del proyecto continental.

También, no se debe de obviar los más de diez millones de franceses que se abstuvieron de presentarse a votar, una cifra nada despreciable adicional a los tres millones de sufragios contabilizados en blanco. En total, cerca de la mitad del electorado reúsa respaldar el proyecto presidencialista de Emmanuel Macron, lo que produce una profunda fractura política a nivel nacional. Dicho esto, el nuevo inquilino del Eliseo deberá asumir un postura firme pero reconciliadora de cara al pueblo francés que lo eligió, a aquellos que no lo votaron, y frente a la Unión Europea vista con aire de desconcierto alrededor del mundo.

En su elocuente discurso de la victoria, el próximo presidente reconoció que el pueblo francés no le entregó un cheque en blanco. Una realidad que lo sitúa en una posición de inmensa responsabilidad al tener que escuchar las necesidades y el enojo de los ciudadanos más allá de los reclamos y promesas de campaña. Francia es hoy una nación socialmente lacerada con una ira patente: furia que impulsó a una tercera parte de los electores a votar por la ultraderecha sin medir las posibles consecuencias del sufragio extremista. Por eso, el presidente deberá trasmitir confianza al electorado, a propios y ajenos, y a ese grueso de la población que lo eligió únicamente con el fin de obstaculizar la llegada del movimiento liderado por Marine Le Pen.

Macron logró vencer a la fuerza nacionalista xenófoba que representa el movimiento ultraderechista. Ahora, como Jefe de Estado tendrá la tarea de concretar un proyecto de gobierno tildado de ambiguo durante la campaña presidencial. La vaguedad de su programa electoral tiene que evolucionar en objetivos con clara definición económica y social. Emmanuel Macron tiene que despojarse de esa imagen de juventud, inexperiencia política y volatilidad de pensamiento con que se le ha etiquetado. Debe demostrar aplomo frente a viejos tiburones que han vistos sus partidos naufragar en medio de escandalosos océanos de corrupción e inoperancia gubernamental. Todos ellos van a hacer todo lo posible por reconquistar a sus fieles seguidores que dieron la espalda a las agrupaciones tradicionales.

No hay la menor duda de que Emmanuel Macron posee una inteligencia sobresaliente que le permitirá mesurar las variables que juegan a su favor, y ponderar las carencias que puedan turbar su gobierno debido en gran parte a su corta trayectoria política. Experiencia que se limita a un fugaz peregrinaje en el sector público ahondado a un nuevo partido que en la actualidad no cuenta con un solo diputado. Por eso, el mayor reto del recién elegido presidente es lograr mayoría o al menos un sólido respaldo parlamentario. Macron está consciente que sin una fuerza legislativa que lo favorezca su proyecto presidencial caminará muy pronto al borde del abismo. Sobre todo que una de sus principales premisas políticas es la reforma del proyecto europeísta, y para ello necesita un poder político que lo autorice.

A pesar que el presidente electo es un ferviente defensor de la unidad europea, él ha insistido en la importancia de llevar a cabo una profunda revisión de los cimientos económicos de la Unión Europea, hasta ahora tutelada por la nación germana bajo la batuta de Ángela Merkel. No obstante, una restructuración de la comunidad de naciones requiere ser secundada por Alemania, opuesta en reiteradas ocasiones a una mayor intervención de los miembros del club europeo: razón de peso que provocó el descontento del pueblo inglés y consecuentemente el rompimiento del Reino Unido con la comunidad de naciones.

Si los líderes de las potencias continentales pretende seguir manteniendo la unidad europea bajo una misma estructura y una única moneda, entonces deben acceder a una reorganización de la Unión Europea, sino el euroescepticismo continuará en ascenso. En esta ocasión el movimiento ultraderechista de Marine Le Pen salió derrotado, pero si no se produce un cambio sustancial en el andamiaje de la Unión Europea posiblemente en cinco años Francia será testigo de la asunción de la neofascista al Eliseo. Y, entonces, ya sería muy tarde para hacer las correcciones institucionales necesarias y evitar una muerte anunciada.

Los países europeos deben concientizar la imperante exigencia de una recomposición al interior de los partidos tradicionales y de las burocráticas organizaciones internacionales, antes de que el electorado tomado por un potente vértigo de descontento lleve al poder a nacionalistas demagogos. No sería la primera vez que la historia es testigo de virulentas masas enfurecidas contra gobiernos presididos por políticos cegados por la codicia y la autoridad de sus investiduras.

Emmanuel Macron tiene una ardua labor por delante. A nivel doméstico debe lograr una mayor inserción de los sectores económicamente disminuidos, muchos de ellos al borde una marginalidad social. Y, en el campo internacional, debe alcanzar un liderazgo más protagónico de Francia en el club de naciones europeas. Si consigue llevar a cabo estos dos ambiciosos proyectos, entonces, su presidencia será recordada como uno de los gobiernos más fructíferos de la Quinta República.

¡En marcha, Macron!

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