La gran mentira…

Carlos Rodríguez Nichols

Rusia ya logró su cometido. Sembró un caos institucional en la política doméstica estadounidense. La intromisión de los servicios secretos rusos tiene repercusiones más profundas que la supuesta injerencia del Kremlin en las elecciones presidenciales norteamericanas. Esto, en todo caso, sería la punta del iceberg. El mayor interés de Rusia como potencia emergente en la arena política internacional, después de más de dos décadas relegada a un segundo plano del escenario mundial, es escalar posiciones de poder a nivel global. Vladimir Putin es un hábil político con una meta muy definida: colocar a Rusia entre las naciones más poderosas del mundo. Esto implica construir alianzas estratégicas en zonas vitales del planeta y obstaculizar el avance de potencias adversarias. No hay la menor duda de que Washington sigue siendo el gran rival de Moscú, por más que se hayan superado los odios viscerales de los años de la Guerra Fría.

En la actualidad, la relación de Rusia con Estados Unidos es la escenificación de una sagaz jugada de ajedrez. Una partida en la que Donald Trump se perfila como un contrincante fácil de vencer debido a sus vacíos en política exterior, inteligencia, y estrategia militar: una jugosa carnada ante los ojos del Kremlin al que resulta factible imponerse. Por lo tanto, la intervención de Rusia en la campaña electoral estadounidense no se construyó con el fin de proteger a su aliado Donald Trump. No hay tal amistad de parte de la jerarquía rusa hacia el magnate inmobiliario. Más bien, fue una movida para favorecer la asunción del empresario neoyorquino a quien podían extorsionar con mayor facilidad.

Un plan cuidadosamente elaborado para desequilibrar a la potencia norteamericana desde lo interno y medular de su institucionalidad: las agencias de inteligencia, servicios secretos, y el poder judicial. Si el ataque a las torres gemelas fue un devastador golpe al corazón financiero de la primera potencia mundial, la actual intromisión de Rusia en el sistema político estadounidense es una bofetada a los sistemas de seguridad y un asalto a la democracia de Estados Unidos como nación. En otras palabras, una burla en todo sentido de la palabra.

Ejemplo de esto dicho fue la reciente visita oficial del Primer Ministro ruso y el embajador de Rusia a la Casa Blanca, en la que los hábiles funcionarios moscovitas consiguieron obtener información confidencial del novato presidente de la primera potencia mundial. Situación que se puede interpretar como torpeza y falta de profesionalismo del Jefe de Estado estadounidense, o como marrullería y capacidad de artimañas de los representantes del Kremlin para sonsacar secretos de estado del impulsivo e indiscreto mandatario que brilla por su particular incontinencia verbal. Ellos mismo se encargaron de filtrar la noticia a los medios de comunicación estadounidense por medio de fuentes anónimas. De ahí las escandalosas carcajadas y comentarios burlescos de los jerarcas del Kremlin.

Hay que recordar que tanto el Primer Ministro de Rusia como el embajador ruso en Washington cuentan con una vasta preparación en diplomacia, política exterior e inteligencia militar; campos en los que tanto el presidente estadounidense como su equipo de gobierno, mayormente conformado por empresarios exitosos en el sector privado, son absolutos desconocedores de  política internacional. Independiente de la incompetencia e impericia  del Jefe de Estado norteamericano, o las mordaces estrategias de Rusia para lograr un desequilibrio político estadounidense, la Administración de Washington ha sufrido en los últimos ciento veinte días una parálisis legislativa y una inoperancia gubernamental; resultado, en gran medida, de la suma de continuos extravíos políticos y abruptas variaciones temperamentales del mandatario estadounidense.

Las supuestas confabulaciones de la Administración de Washington y Moscú no son más que un enjambre de mentiras y un vil pulso político entre gobiernos rivales. Mientras, Vladimir Putin se regocija del maquiavélico plan elaborado y puesto en marcha por los estrategas del Kremlin para desestabilizar a la primera potencia mundial y a su neófito presidente, en Estados Unidos las entidades judiciales norteamericanas se plantean una línea de acción para impugnar al presidente norteamericano por facilitar información clasificada a altos funcionarios rusos.

Los sinuosos secretos del despacho oval, con burdos matices de una serie televisiva tercermundista, pueden llegar a pasarle una cuantiosa factura a la presidencia de Donald Trump, y, consecuentemente, al partido republicano si continúa sosteniendo con mirada ciega las escurridizas maniobras entre el equipo del Jefe de Estado norteamericano y  los jerarcas de Rusia. Una sátira en la que los medios de comunicación son parte integral de estas enlodadas relaciones peligrosas; una suerte de baile en máscara donde los actores disfrazados de virtud esconden detrás de sus turbias caretas lo poco que les queda de verdad.

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