¡Europa es mucha Europa!

Carlos Rodríguez Nichols

Un pedazo de esperanza revive a la comunidad de naciones europeas después de una década de sombras y claro oscuros que nublaron el continente. La carta de defunción del viejo continente, por la que algunos recientemente apostaron, quedó relegada al olvido ante el surgimiento de líderes europeístas dispuestos a luchar por la unificación y fortalecimiento de uno de las culturas más excelsas de la humanidad. De esta forma, Europa se reincorpora de una accidentada agonía para retomar las riendas geopolíticas mundiales.

No hay duda de que este despertar se debe en gran parte a la tenacidad de hombres y mujeres capaces de darle una vuelta de tuerca al infortunio y a los reveces de una sociedad convulsa, para ubicar a la unión de naciones europeas a la cabeza del mundo y al lado de notables mentes planetarias. Ante esta implacable excelsitud, la región emerge con un liderazgo de contrapeso frente a la irracionalidad de demagogos populistas enfrascados en extemporáneos comportamientos absolutistas.

No obstante, Europa debe hacer frente a las adversidades del terrorismo y a la salida del Reino Unido de la unidad comunitaria, así como a la marea de inmigrantes, muchos de ellos náufragos en el Mediterráneo, y cientos de miles colándose por todos los rincones del continente ante el rechazo tácito y no siempre silencioso de pueblos y naciones. Hordas a las que se les proporciona un pálido refugio, más por vergüenza a las migajas del pasado, que por un concienzudo acto humanitario: una deuda de las naciones europeas, herederas del renacimiento y de la ilustración, con civilizaciones a las que por siglos consideraron algo menos que las hijas de camelleros!

No hay que pasar por alto que ayer, metafóricamente hablando, un gran número de poblaciones vivieron al rojo vivo unos de los mayores genocidios de la historia. Vale recordar las atrocidades perpetuadas por el rey Leopoldo de Bélgica en el Congo africano a principios de siglo pasado; la brutal exterminación en los campos de concentración alemanes y soviéticos; la xenofobia hacia marroquíes, turcos y tunecinos en la Francia de las postguerras mundiales; y, la desvergonzada repartición del Golfo Pérsico entre las potencias occidentales.

Esta fugaz mirada hacia algunos menosprecios culturales no se hace con el afán de excusar la implacable crueldad de fanáticos extremistas que aterrorizan el mundo contemporáneo y mucho menos para dimitirlos de toda responsabilidad; sino, más bien, con el fin de comprender el trasfondo de las reacciones de odio y deseo de venganza de esta humilladas poblaciones hacia Bélgica, Francia y el Reino Unido en la actualidad. Pareciera que por más que el tiempo insista en borrar las heridas, las marcas de dolor se graban para siempre en la memoria colectiva de los pueblos.

Ante las grietas de un retorcido pasado, Europa se reincorpora en la arena política internacional consciente de la ardua tarea de rediseñar políticas públicas pertinentes a las exigencias de hoy; ya no medidas cortoplacistas y supeditadas a intereses externos, sino pautas emancipadas de la tutela hegemónica de las superpotencias. En otras palabras, una mirada a futuro constructora de sólidos organismos financieros y de defensa, capaces de proporcionar seguridad a las veinte y siete naciones que conforman el club de estados europeos del siglo veinte y uno.

El nuevo desafío de Europa no se logra en soledad. El gran reto es circunscribir a las potencias mundiales alrededor de cuatro ejes prioritarios: -soluciones a los problemas climáticos que amenazan al planeta; -políticas consensuadas frente a las redes terroristas financiadas por grupos de poder; -un estricto control del material armamentista y nuclear que trasiegue al margen de la ley;  y, acuerdos globales frente a la inmigración y derechos de los refugiados en las naciones del primer mundo. Para ello, se requiere de Jefes de Estado solidarios a favor de la unificación de las países, lejos de populismos que segregan a las naciones de los pactos y avenencias entre los estados. Irresponsables medidas de obcecados mandatarios que insisten en nadar contra corriente en un mundo comercial y tecnológicamente interconectado.

Obviamente, la salida del Reino Unido de la comunidad  de naciones europeas y la detracción de la Casa Blanca frente a las relaciones transatlánticas produjeron una concientización en el electorado europeo: la necesidad de alejarse de posicionamientos de ultra derecha y anacrónicas izquierdas impulsores de violentos radicalismos. Así, los dispares movimientos extremistas se disipan ante las propuestas políticas de gobernantes proclives a asumir las consecuencias sociales de una década marcada por altos índices de desempleo, y pérdidas materiales de un importante sector de la sociedad. Una vorágine económica producto en gran parte de la crisis financiera que azotó al mundo en el último lustro.

 Ante este emergente panorama político, Francia y Alemania se perfilan como pilares en la reconstrucción del nuevo proyecto europeíza; reactivación que  requiere de un trabajo conjunto en unión con los veintisiete estados miembros del club de naciones europeas. Una vez más, el viejo continente se levanta de sus propias cenizas con la firme convicción de ser baluarte de la humanidad, y parte imprescindible del liderazgo mundial.

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