El mago de la avenida Pennsylvania

Carlos Rodríguez Nichols

Después de cinco meses de deshojar margaritas con un “te quiero mucho, poquito o nada”, sería necio seguir insistiendo en los aspectos negativos del Jefe de Estado norteamericano. Basta de remachar en los vicios de carácter y defectos de personalidad del inquilino de la Casa Blanca. ¡Es hora de hacer un esfuerzo y ver el lado positivo y esperanzador del mandatario!

Antes que nada, hay que reconocer la capacidad del presidente para burlarse de la prensa. En otras palabras, el mandatario le da a los periodistas atolillo con el dedo. Primero, los ataca hasta desprestigiarlos como viles verdugos de la democracia, y después hace con ellos su reverenda voluntad. Los pone a dar volteretas cual payasos circenses como si fuesen esclavos a su servicio personal.

No hay duda de que el presidente tiene un gran conocimiento del mundo del entretenimiento. Es el dueño del espectáculo y sabe marcar las pautas del tablado. Por lo tanto, él decide cuándo se abre y se cierra el telón y en qué momento se cambia la escena para tener al público siempre alerta. Un versado de la magia teatral.

Si en algo brilla su Administración es por la vivacidad de los espectadores. En gran parte, debido a la suculenta dosis de estimulantes que el mandatario diariamente introduce en la vena periodística a nivel mundial. Su estrategia se basa en que hablen y no dejen de hablar del realityman advenido Comandante en Jefe, de los muros fronterizos y de sus promesas electorales por más contradictorias e infantiles que parezcan, de las repentinas amistades con enemigos del pasado, y los espaldarazos a quienes febrilmente atacó durante los meses de campaña; sin olvidar, por supuesto, los tweets mañaneros suficientemente ofensivos para copar durante horas y días la audiencia de reportes noticieros: irreverentes bravuconadas puberales plausibles a la vista de sus fieles seguidores.

Pero, más que analizar el performance en la totalidad, interesa observar la agudeza de los cortes escénicos de sus dramáticos montajes: una brillante estrategia para desviar la atención de situaciones que juegan en su contra, hacia otros puntos focales de apoyo. Veamos cómo va el libreto.

Desde el primer acto, se instala la presencia del espionaje ruso con el fin de enganchar al electorado en una suerte de novela policiaca, suficientemente light para captar a un robusto número de incondicionales, a esa rústica audiencia a la que ya no podría seducirse con culebrones noventeros a lo “Mónica Lewinski en el despacho oval”. ¡Demasiado machos para perder el tiempo en cuentos de viejas!  Se trata de darle un toque de picor a un electorado desarticulado de los partidos tradicionales, a esa masa de votantes hasta el hartazgo de la misma cantaleta y de esa interminable retahíla de promesas incumplidas.

Por eso, no hay nada más sagaz que la intromisión de la inteligencia rusa bajo la tutela de Vladimir Putin, de esa suerte de desalmado neo zar descifrando códigos secretos de la campaña electoral norteamericana. Posiblemente, no exista tal complicidad entre el advenedizo magnate neoyorkino y el, un día, petizo matón de barrio bajo moscovita. En todo caso, se trata de un obscuro guion novelesco en el que los dos mandatarios logran sus propios réditos ante la mirada crédula de fanáticos nacionalistas. Lo llamativo es la injerencia de la histórica archienemiga Rusia en el contubernio presidencial estadounidense; y, cómo dicha trama cibernética es utilizada por ambos jefes de gobierno para confabular contra la prensa a la que tildan de falsa, engañosa, y manipuladora de un público víctima de mentiras noticiosas. No es la primera vez que jefes de gobierno populistas, tanto de izquierda como de extrema derecha, se obsesionan con amordazar a la prensa; obviamente, a las líneas editoriales contrarias al pensamiento e intereses oficialistas.

Claro, cuando las intrigas del supuesto espionaje del Kremlin se tornan más suspicaces de la cuenta, el mandatario estadounidense rápidamente manda a cerrar el telón para presentar otro episodio de mayor perplejidad. Lleva a la prensa a otro hemisferio, a otro escenario con diferentes actores: a la peligrosidad del conflicto asiático, la beligerancia y psicopatología del impulsivo jefe de gobierno norcoreano capaz de destruir el planeta en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ante las amenazas de Pyongyang, la Administración de Washington se ve envuelta en un posible conflicto militar, en una coyuntura de alarmantes implicaciones. Entonces, frente a este conspicuo panorama, decide cambiar el foco de atención y dirigir la mirada del público a otra realidad más afable.

Trump conduce a la prensa por otro camino. A sus bailes palaciegos en Riad con los jeques árabes, y a las ponencias del Comandante en Jefe alabando a reyes petroleros y príncipes saudíes por la compra de cientos de billones de dólares en material armamentista norteamericano. Desafortunadamente, la segunda parte de su “presentación en sociedad” no fue beneficiosa a la imagen del mandatario estadounidense. Los continuos abruptos del presidente descalificando instituciones de larga trayectoria, y subestimando toda clase de tratados internacionales, le hicieron flaco favor a su investidura como líder de la primera potencia del mundo. Sus desaires diplomáticos causaron a la postre un rechazo generalizado de los otros siete Jefes de Estado.

No en vano, los titulares de los periódicos de Europa, Asia y Latinoamérica reseñaron las migas del mandatario en la cumbre de los estadistas más poderosos del planeta: una desvalorización del mandatario estadounidense a nivel mundial. Según el último estudio realizado por el Centro de Investigaciones Pew, un think tank de Washington, el jefe de gobierno norteamericano solo cuenta con la aprobación del veintidós por ciento en términos internacionales, mucho inferior al treinta y seis por ciento del respaldo doméstico. El informe concluye que el presidente en cinco meses ha menoscabado la confianza en Estados Unidos y debilitado el liderazgo de la Casa Blanca.

Ante esta pérdida de credibilidad, Trump da la orden de cerrar una vez más el telón y cambiar la escenografía. Ahora, se instala en un planeta verde, impoluto y sin contaminación; tan diáfano y transparente que hace mofa de los liantes inventores del calentamiento global. Retira a Estados Unidos de esos engañosos pactos climáticos “obamanescos” que intentan desequilibrar la economía norteamericana y derrumbar a la más grande y única “America first”.

Y… así continúa el espectáculo del magnate del entretenimiento manejando a los medios de comunicación según el ritmo pendular de su popularidad. A él no le interesa ganar más prosélitos, mientras pueda conservar esa masa de admiradores infalibles que alimenta su grandiosidad ególatra y el rating presidencial intrafronterizo. Incondicionales devotos que nutren un profundo machismo político materializado en el poder del más fuerte: una fuerza implacable que defenestra los avances logrados en materia de género, nacionalidad, raza, credo y, ante todo, el equilibrio climático planetario.

Después de cinco meses a la cabeza del mundo, no queda la menor sospecha de la audacia del mandatario para utilizar y burlarse de la prensa con sus recónditos conjuros. Por eso, más allá de su comportamiento bullicioso y grosero, el mandatario tiene la innegable capacidad de envolver a los medios de comunicación en sus propios disparates; alejando, de esta forma, a la prensa de asuntos de gran envergadura que se discuten en la avenida Pennsylvania de puertas hacia dentro.

Ahora, cabe preguntarse si la prensa mundial es falsa y mentirosa como insiste el presidente o, si más bien, algunos Jefes de Estado son un claro ejemplo de retorcidas transgresiones. Dos variables que no son necesariamente excluyentes entre sí. Al punto que ciertos medios de comunicación, así como un importante número de gobernantes, se sustentan los unos a los otros con mutuas falacias y retuertas verdades. No es más que el engaño colectivo de una sociedad insertada en un doble discurso ético y moral, en la que todos se acusan del mismo mal que padecen!

Nota bibliográfica:

“Pew Research Center is a nonpartisan fact tank that informs the public about the issues, attitudes and trends shaping America and the world. We conduct public opinion polling, demographic research, content analysis and other data-driven social science research. We do not take policy positions”.

 

 

 

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