¡Por qué no te callas…!

Carlos Rodríguez Nichols

Se espera de una persona inteligente que escuche, analice las diferentes variables, construya un pensamiento ponderado y, posteriormente, haciendo mérito a la prudencia y a la sensatez enuncie una opinión equilibrada. Un procedimiento en el que interactúan múltiples factores desde la constitución genética, un entorno favorable en el desarrollo, y una organización emocional dentro de los parámetros considerados normales.

Algunos tienen la velocidad mental para circundar dicho proceso intelectual en una mayor brevedad de tiempo; pero, lo que difícilmente se consigue es formular una apreciación o discernimiento sensato sin haber razonado cavilosamente acerca de las alternativas y sus múltiples consecuencias en juego. Por eso, a pesar de que el saber callar no es necesariamente un signo de inteligencia, al menos, por medio del silencio no se pone en evidencia, ni se hace alarde, de aquello de lo que se fue negado por naturaleza. De ahí que, si se trata de una inteligencia limitada o circunscrita exclusivamente a una específica área del conocimiento, entonces, en este caso, es mejor el silencio que el vacío de intelecto de una exuberancia verbal. Verborrea incontenible comprensible en un adolescente tardío ostentoso de deslumbrar su entorno; pero, inaceptable en una persona con una supuesta madurez emocional de acuerdo y deseable a la etapa adulta.

El trayecto subjetivo desde los albores de la existencia hasta el ocaso de la vida está constituido por una multiplicidad de situaciones que proporcionan la sabiduría de saber estar según los mandamientos más genuinos del sentido común. Sin duda, la mayoría de los mortales carecen de sobresalientes excelencias, y, algunos, apenas cumplen con los deberes y obligaciones que la cultura de una forma u otra exige. En el mejor de los casos, ejercen una paternidad y ciudadanía responsable, virtud que no es un tema menor y mucho menos desdeñable.

El problema reside en aquellos que por una condición económica privilegiada se encuentran en la cúspide social con autoridad de mando, pero sin las herramientas necesarias para hacer honor a su investidura. Esos, que por herencia generacional o simple habilidades empáticas logran ocupar un lugar de reconocimiento. A simple vista y ante la mediocre mirada generalizada, no son tan incautos al ser capaces de escalar la cima del tan anhelado ascenso socioeconómico. Sin embargo, en ese mundo de apariencias, la mayoría destaca por una pasmosa ligereza cultural, escasa profundidad de pensamiento e incluso, hilando delgado, de una vergonzosa inconsistencia ética. Sin más, incapaces hombres y mujeres que por accidentes del destino o erróneas decisiones del electorado ocupan acreditadas jefaturas de gran responsabilidad. La historia guarda en su memoria histórica huellas de miseria, violencia y guerras, con saldos millonarios de víctimas inocentes, causadas por estos desdichados.

Hoy, más que nunca, el silencio es valor meritorio en una era globalizada en la que ciento cuarenta caracteres recorren el mundo entero en cuestión de segundos: mensajes virtuales que se convierten en parte del conocimiento colectivo de una sociedad tecnológicamente interconectada. Por eso, cabe recordar la célebre exclamación del entonces Rey Juan Carlos de España, ante la inconsistente y necia perorata de Hugo Chávez que durante interminables horas hacía alarde de su narcisista y empalagoso discurso populista. Un grito visceral que por un instante borró el aristocrático origen del monarca, silenciando al vulgar comandante bolivariano con aquel contundente: ¡”por qué no te callas”!El mismo grito que el mundo debería vociferar ante la imprudencia del Comandante en Jefe, que en lugar de hacer honor a la presidencia de la primera potencia mundial, con irresponsables amenazas se rebaja a la altura del mentalmente perturbado dictador norcoreano. Sin más, dos desequilibrados emocionales con más signos psicopatológicos que de sensatos Jefes de Estado, valiéndose de histriónicos insultos están a punto de provocar un conflicto nuclear capaz de explotar el mundo en mil pedazos.

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