La animalidad del hombre civilizado

Carlos Rodríguez Nichols

Barcelona y Charlottesville fueron escenario de dos actos de barbarie que dejaron como saldo un centenar de heridos y la vida de incautos truncadas en manos de antisociales que aterrorizan al mundo proclamando sus retorcidas ideologías. Tanto los fundamentalistas musulmanes como los obcecados fascistas de ultra derecha, una vez más, sembraron el pánico y el caos en la sociedad española y estadounidense, imponiendo con ferocidad lo más básico y primitivo del ser humano: el sentimiento de odio sin límites ni barreras.

Sin el menor respeto por la condición humana, estos desalmados acribillan a seres desconocidos sin importar sus orígenes ni sus lazos sociales, y, aún más, atropellan a sujetos inocentes transformándolos en objetos desechables cuales desperdicios callejeros. Las Ramblas barcelonesas sirvieron como telón de fondo para perpetuar una brutal masacre; atentado, en el que grupos fundamentalistas se jactan de su autoría fortaleciendo así su vanidad y soberbia. Una mara de salvajes que no merecen la nomenclatura de humanos.

En Estados Unidos, Charlottesville marcó un antes y un después en el contexto social y político norteamericano. Las calles de Virginia fueron testigo del racismo y la xenofobia  de un sector extremista de la población estadounidense: la mayor puesta en escena de mezquindad oculta por décadas ante la mirada pública. Con cánticos alegóricos a los más bajos impulsos, los neo nazis revindicaron la supuesta supremacía del hombre blanco sobre otras razas, cultos y orientaciones sexuales. En otras palabras, un insulto a la evolución intelectual y a siglos de civilización. Estas aberrantes conductas demuestran, una vez más, que no es necesario tener esclavos, o ser esclavo de un solo amo, para vivir el desprecio étnico o la humillación por pertenecer a un credo religioso contrario al cuerpo ideológico de los grupos de poder.

Los hechos sucedidos en Barcelona y Virginia son absolutamente inexcusables. Así como es inadmisible adjudicar una cuota de responsabilidad a los españoles barceloneses por conductas desdichadas del pasado; de igual forma, es inaceptable aminorar la hostilidad de la manifestación neo nazi de Charlottesville, comparando estos viles acontecimientos a los crímenes cometidos por movimientos de extrema izquierda durante buena parte del siglo veinte.

Si nos remontamos a décadas atrás, el despotismo de la izquierda soviética no es razón pertinente para justificar la asunción de grupos ultraderechistas centro europeos, autores de la exterminación de cientos de miles de inocentes de la forma más inhumana suscitada. En otras palabras, las torturas estalinistas no excusan la existencia de los crematorios humanos de la Alemania nazi.  Tampoco, la codicia de algunos banqueros y mercaderes judíos es alegato para aniquilar a científicos, escritores, médicos, y, a millones de hombres, mujeres y niños hebreos, víctimas de la patología mental, del desenfreno, y de la psicosis delirante de un insensato.

Es imposible intentar absolver la animalidad y barbarie de unos cuantos señalando a justos y pecadores como infractores de las mismas transgresiones. No se trata de minimizar una causa inculpando al Otro de iguales o peores avasallamientos; justificación que no es más que un magro mecanismo utilizado hasta la saciedad para enmendar lo indecible. En suma, es absurdo menguar la responsabilidad de estos antisociales, ni mucho menos tildar de idealismo el comportamiento de algunos miembros de estos grupúsculos de extremistas, dignos de los más despreciables calificativos excepto de personas bondadosas. En otras palabras, tal respuesta, llana y vacía de contenido, no es más que una miopía política carente de cualquier respeto intelectual; principalmente, cuando  proviene de las más altas esferas de una de los países agredidos por esta lacra social. El presidente estadounidense, en lugar de defender lo indefendible, como Jefe de Estado debería de representar los valores de una sociedad que ha construido su identidad de nación sobre los pilares de igualdad y libertad, independientemente, de la raza y el credo religioso de sus ciudadanos.

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