El narco en Costa Rica

Carlos Rodríguez Nichols

El narcotráfico es sin duda una de las actividades multinacionales más poderosas del mundo. Está ligado al mercado negro de armas, a grupos terroristas, y a la clandestinidad financiera de corruptos funcionarios públicos de derecha e izquierda. En un principio, el narcotráfico astutamente se introdujo en la maquinaria política, social y económica de las principales naciones de Europa y Estados Unidos, los mayores consumidores de cocaína del mundo, expandiéndose posteriormente a lo largo y ancho del engranaje mundial.

No es un secreto la profunda huella del narco en el financiamiento de campañas presidenciales a cambio de favores y guiños políticos. En muchos países, al extremo de no llegar a ocupar la jefatura de Estado sin el respaldo tácito de estas organizaciones subterráneas. Esta descomposición permea todos los estratos de la sociedad y el espectro político institucional: desde las altas jerarquías gubernamentales, la policía, servicios secretos, y el ejército en aquellos países en los que el poder castrense tiene una fuerte presencia estatal.

En Costa Rica el narco avanza a pasos agigantados. En la última década pasó de ser una lucrativa entrada financiera del submundo socio marginal para convertirse en uno de los ejes de la economía actual. Ya no se trata del país centroamericano geográficamente estratégico entre Sudamérica y Estados Unidos, o del trasiego a pequeña escala para satisfacer las necesidades del mercado nacional como sucedía en décadas pasadas. La ecuación cambió diametralmente.

La actividad ilícita de “camellos” y taxistas clandestinos trascendió a organizaciones localizadas en diferentes puntos del anillo urbano capitalino bajo el mando y control de acaudalados carteles internacionales. Esto implica la existencia de grupos organizados en constante lucha de poder por la oferta y demanda de sustancias psicoactivas. Una pugna y rivalidad para obtener más presencia territorial y consecuentemente mayores ingresos canalizados hacia la construcción inmobiliaria, inversiones bursátiles y actividades al margen de la ley. Fondos que desde una óptica estrictamente financiera y mercantilista indudablemente producen un impacto económico positivo, aunque distan de los valores éticos y morales prevalentes en la sociedad. Por eso, ante esta turbia realidad, muchos gobiernos y empresarios se hacen la vista gorda frente a la procedencia de capitales mal habidos a los que intentan lavar sus caras sucias a través de transacciones consideradas socialmente correctas y legales. Una frontera invisible donde permisivamente se legitima lo ilegitimo según intereses de los grupos de poder.

Dentro de un mes Costa Rica elige nuevo presidente. Es necesario conocer la posición de los candidatos frente a la pandemia del narcotráfico y el poder de estas mafias en el teje y maneje de la sociedad costarricense: tierra virgen, para estas organizaciones delictivas, al carecer de una policía especializada capaz de contrarrestar esta epidemia nacional. Por eso, no se trata solamente de demostrar la inocencia de los candidatos en negociaciones obscuras, sino esclarecer sus proyectos de cara a las narco-mafias instaladas en territorio costarricense.

Ante este panorama, no basta con expresiones de horror o exclamaciones alegando la barbaridad de los hechos. Lugares comunes que no aportan más que una visión cortoplacista de una seriecísima realidad con inminentes consecuencias a futuro, a un futuro cercano. La solución no estriba en castigar al consumidor, al adicto o al toxicómano, ni tampoco encarcelar al vendedor de menudeos instalado en de una de las tantas sub economías para sobrevivir. Esas medidas han resultado obviamente desacertadas e inoperantes a nivel mundial dado el incremento y uso estupefacientes en las últimas décadas. La guerra contras las drogas lo que menos ha cometido es una reducción del consumo. En todo caso, ha servido como una especie de biombo o tapadera para cubrir a políticos y banqueros enlodados en este jugoso botín. Un negocio billonario en el que Wall Street y los principales centros financieros husmean los réditos de este fruto prohibido.

La única forma de combatir esta peste social es erradicando los vínculos con la mafia internacional. Para aniquilar este cáncer hay que intervenir estratégicamente de forma transversal: desde los transgresores de la ley que conforman el hampa de cuello blanco, hasta las cabecillas de barriadas donde la policía no se atreve entrar, ya sea por falta de coraje o, en algunos casos, para silenciar las causas ilícitas de las que ellos mismos son parte activa. Hay que ir a la matriz de esta podredumbre y extirpar la mala hierba que carcome el sistema en términos generales.

Una vez más, no significa fumigar a traficantes y vendedores cual hormigas zompopas sin un plan restructurador de la sociedad. En todo caso, es necesario construir un modelo que ofrezca mayores oportunidades de vida y una mejor formación escolar y técnica a las nuevas generaciones, especialmente, a aquellas en condiciones de extrema pobreza: ese sector de la sociedad que no puede ser visto como una mera estadística electoral al que se envuelve en mentiras y falsas expectativas con el fin de ocupar la silla presidencial

Todavía se está a tiempo de controlar una descomposición social de devastadoras consecuencias. Para ello, se requiere la unión de competencias públicas y privadas con autoridad suficiente para llegar a la médula de esta plaga mundial de la cual Costa Rica no está exime. Si no se ejecuta un planeamiento a largo plazo con rigurosidad y mano firme, entonces, no sería más que otro intento fallido en la infructuosa lucha contra las mafias de la droga. Y, por ende, un triunfo para el narco, cada vez más enraizado en la realidad socioeconómica costarricense.

 

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El populismo costarricense

Carlos Rodríguez Nichols

En la última década las naciones mundiales han sido azotadas por la pandemia mundial del populismo. Un síndrome político que no respeta ideologías ni el desarrollo socio económico de los pueblos. Trastoca desde la institucionalidad de la primera potencia mundial, las naciones miembros de la comunidad europea, hasta algunos de los principales estados petroleros del mundo, como  es el caso de Venezuela sumida en una penosa miseria y desprestigio internacional.

Con beligerantes alocuciones de corte fascista, los líderes de este movimiento demagógico atacan las premisas partidistas tanto de izquierda y derecha con el único fin de producir una des-composición institucional. Una supuesta depuración del sistema hecha a la medida de estos insensatos políticos, que a la postre tiene más de purga generalizada que de reorganización estatal, sin medir las numerosas consecuencias sociales y económicas a corto o mediano plazo y mucho menos a futuro. Costa Rica no es la excepción al populismo del siglo veintiuno.

A un mes de las elecciones presidenciales, el exasperado y delirante candidato Juan Diego Castro lidera las encuestas. Este controversial protagonista es claro ejemplo de un jactancioso populista que valiéndose de insultos y disparatadas bravuconadas acribilla a empresarios, industriales, sindicalistas, jueces y fiscales con un mensaje más teñido de violencia que de propuestas racionales. Una absoluta pérdida de papeles en las que el entonces Ministro de Seguridad y ahora candidato a ocupar la silla presidencial desfigura el concepto de autoridad interpolándolo con un mensaje ponzoñoso de tintes dictatoriales. En otras palabras, el señor Casto confunde la necesidad de un ordenamiento de la sociedad costarricense, con la obtusa aplicación de medidas despóticas cargadas de un discurso confrontativo muy distante de la idiosincrasia nacional.

Costa Rica es considerada mundialmente una nación pacifista, galardonada en el pasado, con el Premio Nobel de la Paz a uno de sus expresidentes. Por eso, ante esta realidad nacional conciliadora, resulta incomprensible la veloz escalada del belicoso aspirante presidencial. Habría que preguntarse lo que esta suerte de matón de esquina moviliza en el electorado, en la masa de votantes, más allá del hartazgo colectivo en los partidos tradicionales y un cada vez mayor número de desvergonzados funcionarios públicos. Algunos de ellos, hampa de cuello blanco con un comportamiento delictivo similar al lumpen que abarrota los medievales centros penitenciarios del país, esas escuelas superiores de delincuencia que son todo menos módulos correccionales.

Cabría pensar que independiente del espíritu mediocre y conformista del costarricense aún existe la necesidad latente de autoridad. Una figura ley que ponga un alto a la desorganización generalizada que permea la sociedad civil sin distinción de clase o preparación de los ciudadanos. Dicho de otra forma, un irrespeto al orden y a la legalidad en todos los estratos sociales e instituciones del Estado.

Parece que el electorado costarricense hace oídos sordos y se resiste a escuchar las propuestas de los partidos enraizados por generaciones en la política nacional. Entidades que en las últimas décadas han demostrado una absoluta incapacidad para gobernar dentro del marco de transparencia y honestidad, esos férreos valores a los que apuestan y juran eternizar el día de su envestidura, pero rápidamente se desdibujan con el pasar de los meses. Ante esta coyuntura, los votantes inclinan la balanza hacia un iracundo Juan Diego Castro que promete garrote a la corrupción y una limpia del poder judicial, aduanas y puertos, para mencionar solo algunos de los tantos cangrejeros públicos que carcomen el sistema costarricense.

En el supuesto caso de lograr la presidencia de la República, Juan Diego Casto  tendrá que enfrentarse a los innumerables obstáculos que supone la enroscada gobernabilidad de Costa Rica, especialmente, al no contar con el respaldo mayoritario legislativo ni tampoco con la solidez de un partido consolidado. Todo esto, sin olvidar las constantes imposiciones que ejerce la Sala Constitucional en el engranaje político costarricense.

Ante esta irrefutable realidad, Casto, como buen demagogo, tendrá que recurrir al apoyo de las multitudes callejeras o gobernar por decreto, ambas soluciones nefastas para los cimientos democráticos nacionales. No hay que ser docto en análisis político para entrever un panorama sombrío de cara a una sociedad costarricense polarizada. Por un lado, los obstinados seguidores de este  pendenciero y,  por otro lado, el resto del país testigo del patológico comportamiento del ex Ministro de Seguridad y su tóxica verborrea populista.

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La miopía del costarricense

Carlos Rodríguez Nichols

En Costa Rica se necesita autoridad. Y cuando digo autoridad no me refiero a imposiciones castrenses o dictatoriales, sino a un ordenamiento basado en el respeto a los límites y obligaciones de los ciudadanos. Igual que en una familia, debe de existir un eje parental y una estructura económica que orqueste y canalice los intereses, erratas o desaciertos de sus miembros. Sino, es un claro ejemplo de irreverencia anárquica con nefastos resultados civiles.

Este país se ha convertido en una absoluta algarabía donde todos hacen y dicen a su antojo. Una mediocridad tercermundista que como sombra implacable acosa sin permitir librarse de ella. Y, no nos engañemos con rebuscados conceptos sociológicos de país en vía de desarrollo, somos tercermundistas en todo el sentido de la palabra: en esa chabacanería callejera y en el vergonzoso desorden arquitectónico y urbanístico que lo único que evidencia es una falta de sentido estético generalizado.

Obviamente, sin pasar por alto el claro desacato a las leyes de tránsito causante de un insufrible y enfadoso caos vial en calles, autopistas y hasta en caminos rurales. Las personas continúan conduciendo con altas ingestas de alcohol poniendo en peligro sus vidas y las de inocentes. Tampoco parecen comprender que el carril izquierdo es para adelantar a mayor velocidad, y que conducir en el lado derecho de la carretera no debe de ser causante, en ningún momento, de sentimientos de inferioridad social y económica debido a una menor potencia automovilística. Y, paradójicamente, este país verde que se jacta de ejemplo ecológico, es agredido diariamente por un transporte público que intoxica el espacio con escapes de gases contaminantes. Una falta de educación vial reflejo de la insuficiente formación en términos generales.

La mediocridad de los principales medios de comunicación son una clara muestra de la pobreza cultural. La prensa escrita y la televisión deben ser trasmisores infalibles de educación de los pueblos, y no esta charlatanería amarillista circunscrita a la realidad costarricense, al tico, nombre impuesto por su mirada reducida del entorno, como si el mundo se redujera solamente a estos cincuenta mil kilómetros cuadrados y a los ríos de tinta dedicados al cementazo: una de las tantas sinvergüenzadas de los politiquillos de turno que en cuestión de días pasará a un segundo plano apenas abran el redondel de Zapote, el tope, el avenidazo y, un poco más tarde, las fiestas palmareñas donde cada cuatro años se calientan los ánimos con banderas y colores partidistas.

Sin duda alguna, la naturaleza es prodigiosa. Una fauna y especialmente una flora exuberante protegida por una diversidad de parques nacionales a lo largo y ancho del país. De hecho, una de los proyectos presidenciales más audaces de la década de los setenta, cimiento del desarrollo turístico de futuras generaciones. No obstante, la infraestructura y red vial intra-nacional desmerece el gran esfuerzo de años en aras del desarrollo, una de las principales fuentes económicas del país. Esto, sin dejar de lado el alto costo de la vida que obviamente se refleja en las actividades y sitios recreacionales.

Costa Rica es considerado uno de los países más caros de Latinoamérica, superando en muchos aspectos a aquellos de primer orden como España. Por tanto, las escapadas a playas y senderos naturales se ha convertido en un espacio para muy pocos debido al alto costo de los hoteles y paraderos; y, no me refiero a centros de cuatro y mucho menos de cinco estrellas, sino, a los simple y llanos establecimientos, restaurantes locales y sodas típicas. Una vez más, una actividad que debido a los elevados precios es negada a una importante parte de la población, excepto en Semana Santa y Año Nuevo que el costarricense tira la casa por la ventana, desbordando el turismo nacional y también las tarjetas de crédito hasta reventar. Y, ahí, pagando los mínimos de estas trampas financieras bancarias van sobreviviendo un pasito para delante y otro para atrás, pero siempre con esa filosofía nacional del: “pura vida mae,  diay… todo bien”.

Sí, claro… todo es una pura gozadera. Aquí, en este pedazo de paraíso centroamericano donde la gente es la más feliz del planeta tierra y todos hacen lo que mejor les viene en gana!

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La capital de Israel

Carlos Rodríguez Nichols

El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel amenaza el frágil equilibrio de la región. Esto, más que estrategia diplomática tiene tintes de una implacable testarudez presidencial para nutrir las bases ortodoxas republicanas, a esos incondicionales populistas sedientos de mensajes beligerantes y anacrónicos decretos.

Esta decisión requiere, en todo caso, de una estrategia política consensuada entre los actores de peso mundiales y principalmente aquellos a nivel regional: un andamiaje diplomático que fundamente y estructure una disposición de tal envergadura. Si no, esto no es más que un absurdo desacierto con el contundente rechazo de la comunidad de naciones, la liga de estados árabes, y los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, opuestos en su mayoría a la decisión unilateral de Washington.

La reacción de la comunidad de naciones no es un rechazo al pueblo judío o aversión al estado de Israel, y mucho menos un favoritismo a la organización palestina; sino, más bien, repudio a las políticas totalitarias y segregacionistas de Estados Unidos opuestas a la realidad global: un contexto político que se rige por tratados y pactos multilaterales y no por bravuconadas personales como en tiempos de Emiliano Zapata o los filibusteros. En otras palabras, la disposición populista del presidente estadounidense es el resultado de su incapacidad para ponderar variables a corto y mediano plazo debido en gran parte a la inexperiencia política y su impulsiva personalidad patológica. Por eso, no se trata de firmar decretos de forma impetuosa para satisfacer egos personales, cumplir con las desatinadas promesas de campaña, o pretender darle voz a un sector de la población calificable de todo menos prudente y racional.

Es alarmante como una desdibujada mayoría electoral es capaz de llevar a  individuos incompetentes a ocupar posiciones de enorme responsabilidad con implicaciones económicas y sociales para el mundo entero. Esta panda de votantes, en su mayoría pueblerinos dogmáticos circunscritos a valores y creencias retrogradas, se alimentan diariamente con los bochornosos tuits del mandatario estadounidense, ferviente representante de una inteligencia obtusa y la más obcecada vulgaridad. Ellos, esta suerte de trogloditas incendiarios, encuentran en el nuevo inquilino de la Casa Blanca un asiduo gestor de sus incongruentes y desarticulados pensamientos. Y, es a esta franja poblacional de indoctos a los que el Jefe de Estado complace con sus constantes sandeces carentes de sentido político y la seriedad diplomática que se espera del líder de la primera potencia mundial. Pero, Estados Unidos no es el único ejemplo de  tosquedad en los altos mandos.

Los patrocinadores de la controversial salida del Reino Unido de la UE, en su mayoría rurales de la tercera edad sin estudios superiores, fueron los abanderados de este movimiento independentista con un coste para Gran Bretaña que supera los cuarenta mil millones de euros. Una cifra nada desdeñable para una nación en la que una parte considerable de la población apenas subsiste con salarios mínimos. El resultado financiero de semejante disparate es incalculable no solo en cifras macroeconómicas sino, también, en pérdidas de empleos e insumos individuales: vivienda, servicios de salud, educación y  la seguridad de un territorio constantemente asediado por organizaciones extremistas. En otras palabras, el Brexit ha inmerso a Gran Bretaña y a la Unión Europea en un profundo escollo cuyo final es aún incierto. De hecho, en menos de un año, influyentes corporaciones han trasladado sus casas matriz afincadas durante décadas en el Reino Unido a otras ciudades continentales, especialmente  Paris, Ámsterdam y Milano. Algo semejante a lo paralelamente ocurrido en Cataluña producto del movimiento separatista, responsable de una debacle institucional con alarmantes proyecciones económicas para la región catalana y España en términos generales.

Estos tres casos tienen un código común: grupos de poder diestros en manipular la opinión pública según los intereses de líderes oportunistas, sin importar el trasfondo ético y moral de sus propuestas. El ejemplo más claro de esto dicho, es el caso del reciente candidato por Alabama: una gran parte del electorado republicano hizo caso omiso a las acusaciones de abusos sexuales que penden sobre el pasado del aspirante, con tal de conseguir un escaño en el Senado. Tampoco, parece importarles la conexión del mandatario estadounidense en turbias negociaciones con la mafia rusa, mientras se vean favorecidos los intereses partidistas y el entorno inmediato del presidente.

Ante este sinuoso camino, la determinación de nombrar a Jerusalén la capital de Israel en un momento de álgida crisis regional, también se puede leer como una bomba noticiosa para diluir la complejidad de otros temas que están en la picota y afectan directamente al presidente. Entre ellos, la amplísima investigación llevada a cabo por el FBI a la red internacional de peces gordos estrechamente relacionados a la corporación Trump durante las dos últimas décadas.

La noticia de Jerusalén ha armado tal polvorín en la región y en el mundo entero que relega a segundo plano las declaraciones de Michael Flynn, ex asesor de seguridad nacional del presidente, aceptando haber faltado a la verdad y poniéndose a la orden de la justicia en figura de arrepentido. Visto desde este ángulo, sería una forma de cambiar el foco de atención pública mientras la investigación del fiscal Muller sigue su curso; por lo menos, en tanto salga a la luz otro miembro de la familia presidencial estadounidense implicado en la trama rusa. ¡Después ya se verá! No en vano, el mandatario norteamericano es un mago de la postverdad o más bien de las mentiras disfrazadas de verdad.

Si fuese este el caso, entonces, la masiva y espeluznante migración de refugiados a Europa no ha sido suficientemente aleccionadora para comprender que el equilibrio de Oriente Próximo pende de un hilo, tan endeble, que atenta contra la frágil paz mundial. Si es así, es hora de que las potencias occidentales y los grupos de poder entiendan de una vez por todas que con el patriotismo y el dolor de los pueblos no se juega; principalmente, cuando se trata de maras desprovistas de las necesidades más básicas del ser humano, que lo único que tienen es un pedazo de patria.

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Una ficha clave

Carlos Rodríguez Nichols

El primer gran desacierto de la Administración Trump fue despedir a James Comey como director del FBI. El segundo error garrafal sería la destitución del actual Secretario de Estado en este momento que Washington está al vértice de una guerra nuclear con Corea del Norte, y la Casa Blanca cada día más comprometida en una posible obstrucción de la justicia: una coyuntura conspirativa que involucra al círculo íntimo del presidente estadounidense y a altos jerarcas del Kremlin.

Quizás, en un contexto político más diáfano y estable se puede llevar a cabo la restitución de uno de los principales a bordo; pero, dada las actuales circunstancias internas de Washington sería una medida contraproducente para la estabilidad institucional y la impugnada imagen del presidente, cada día más enlodada en la conspiración rusa. Principalmente, después de que Michael Flynn, ex asesor de seguridad nacional de Trump, admitió haber faltado a la verdad sobre sus contactos con diplomáticos rusos, y aceptó cooperar con la justicia en facultad de arrepentido para minimizar las penas por engañar al FBI, malversación de fondos, y negociaciones fraudulentas realizadas por la empresa privada que preside. Sin duda, este nuevo episodio en el culebrón ruso-washingtoniano cambia radicalmente la ecuación!

Destituir a Rex Tillerson de su cargo significa despojarlo del estatus de Secretario de Estado con las extensiones y beneficios correspondientes a la investidura,  convirtiéndolo a calidad de ciudadano común sin inmunidad. En otras palabras, en el momento en que Tillerson fuese destituido de su función inmediatamente sería citado por el fiscal Robert Muller, dado la amplísima información que tiene de las relación de la familia Trump con magnates rusos, políticos cercanos a Putin y las supuestas implicaciones del Kremlin en las pasadas elecciones norteamericanas. Esto, sumado al vasto conocimiento de Tillerson acerca de las negociaciones entre la compañía petrolera rusa y Exxon Mobil; multinacional, en la que escaló por tres décadas hasta ocupar la dirección ejecutiva de una de las empresas más grandes del mundo durante un lustro. De hecho, un prestigio empresarial que le dio reconocimiento como líder corporativo a nivel mundial, y la condecoración de Orden de la Amistad, de manos de Vladimir Putin.

Sin duda, el Secretario de Estado cuenta con una vasta experiencia en negociaciones con gobiernos mundiales y una reconocida exposición global en el mundo petrolero, en el que Rusia obviamente ocupa un lugar preponderante. Por eso, no es casualidad que el ex CEO de Exxon garante de estrechas relaciones comerciales con Rusia y la cúpula del Kremlin, haya sido nombrado el Secretario de Estado de Donald Trump. Principalmente, teniendo en cuenta que la inexperiencia política de Trump carente de contactos en la administración pública lo obligó a rodearse personas recomendadas por figuras de poder tanto del ámbito financiero como de la órbita militar; institución, ésta última, de la que hasta entonces tenía absoluto desconocimiento.

Según se acomodan las piezas de la conspiración rusa, se perfila a Tillerson como ficha clave del anclaje entre Moscú y la actual administración de Washington. El nombramiento de Tillerson resultó idóneo para los peces gordos rusos. Una decisión de conveniencia para Rusia ante la impericia de la nueva administración estadounidense: un maridaje más de carácter sugestivo que una disposición racionalizada del nuevo inquilino de la Casa Blanca y de su joven y amateur consejero Jared Kushner. Ambos, diametralmente opuestos a Tillerson en cuanto al conflicto de Corea del Norte, el pacto nuclear con Irán, los tratados comerciales con el Pacífico y Europa e incluso la crisis del calentamiento global. En síntesis, el Secretario de Estado discrepa del discurso de la Casa Blanca en una serie de álgidos temas, al punto, de verse envuelto en constantes confrontaciones y situaciones engorrosas con el presidente. Una relación extremadamente tilinte según expresan allegados al círculo íntimo del mandatario y los principales rotativos del mundo.

Por otro lado, Rex Tillerson se encuentra en una posición aventajada a nivel internacional debido a la imagen moderada y conciliadora que en última instancia se espera del jefe de la diplomacia de la primera potencia mundial. El Secretario de Estado goza de gran aceptación por su saber estar, muy lejos de la impulsividad, histrionismo y la personalidad estridente del inexperto Comandante en Jefe. Incesantes erratas presidenciales que a la postre intentan encubrir o cambiar el foco de atención pública de la implicación del mandatario en la conspiración rusa, confabulaciones que involucran a la mafia moscovita y a las grandes ligas petroleras. Un enjambre de mentiras y negocios turbios con mucho mayor trasfondo que la supuesta intervención rusa en las elecciones presidenciales.

Ante este sinuoso panorama mundial, cualquier paso en falso, accidente humano o la testarudez de incautos Jefes de Estado puede producir una debacle nuclear con consecuencias a nivel mundial. En este contexto de alto voltaje y peligrosidad político social, es conveniente la permanencia de Rex Tillerson como Secretario de Estado por más bemoles atribuibles al ex CEO de Exxon Mobil. En otras palabras y cómo se dice popularmente, es el mal menor o lo menos malo de todos los males. Una vez más, dado el contexto de Washington y las turbulentas relaciones con Pyongyang, Pekín y Teherán resulta incomprensible destituir al Secretario de Estado a pesar de  las desavenencias y discordancias que existan con el presidente y el círculo de ortodoxos leales al mandatario.

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Los mercenarios cibernéticos

Carlos Rodríguez Nichols

Según fuentes mundiales, los principales medios de comunicación cercanos al Kremlin están promoviendo una campaña para desestabilizar Europa. También, se baraja la posibilidad de un financiamiento de Moscú a partidos populistas anti sistema a nivel global, con el fin de alimentar un bloque pro-ruso en el Parlamento Europeo que favorezca los intereses de Moscú. Para ello, Rusia brinda apoyo solapado tanto a formaciones de izquierda al estilo de Podemos en España y Syriza en Grecia, o a la agrupación francesa ultraderechista liderada por Marine Le Penn. Pareciera que todo vale para la jerarquía rusa, sin importar si se trata de instituciones de cualquiera de los dos extremos, mientras beneficien el empoderamiento del Kremlin y el entorno más cercano al presidente Putin.

Desde esta línea de pensamiento, el mayor interés de Rusia no es necesariamente que los partidos extremistas ganen las elecciones, sino, más bien, la consolidación de un frente enérgico que se oponga a las sanciones impuestas por los miembros de la OTAN a Rusia. La piedra angular de este plan conspirativo es manipular virtualmente la información confidencial para desestabilizar el sistema democrático y la institucionalidad de las naciones más poderosas de Occidente. En otras palabras, erosionar la imagen de estos países y sus corpus ideológicos con información engañosa ante la opinión pública. Da igual que se trate del Brexit en el Reino Unido, el conflicto de Cataluña o la reciente elección presidencial norteamericana, en la que el entonces candidato republicano gozaba de una estrecha cercanía con las grandes ligas financieras de Moscú.

De hecho, estamos hablando de una contienda virtual en la que no se utiliza los convencionales tanques y artillería de guerra ni tampoco armas de destrucción masiva; sino, en su lugar, un ejército de hackers o mercenarios cibernéticos al servicio de un gobierno en particular sin involucrar directamente al Jefe de Estado en la trama delictiva. Por eso, aunque la mayoría de los ciberataques son perpetuados desde el territorio ruso no hay clara evidencia de que sean ejecutados por las autoridades locales. Simplemente y en el mejor de los casos, se esconden en Rusia porque el Kremlin no brinda cooperación alguna para  identificar a estos ciberdelincuentes, lo que imposibilita probar la injerencia del gobierno de Vladimir Putin detrás de las maniobras cibernéticas. Aparte de esto dicho, Putin es sumamente audaz y un estratega de primer orden para mojarse en un ciberdelito internacional. Nunca va a aparecer su nombre o firma en ninguna negociación controversial que juegue en su contra. Para ello, delega en su extensa corte de esclavos de cuello blanco a los que enriquece a través de organizaciones al margen de la ley.

Ante el alarmante crecimiento de estas violaciones cibernéticas, cuadriplicadas en los dos últimos años, la comunidad de naciones europeas está elaborando un organismo colectivo virtual, entrenado para defenderse de los ataques llevados a cabo por esta suerte de soldados invisibles, en cuarteles inmateriales e intangibles, con capacidad para inmiscuirse en el registro de partidos políticos, socavar confidencias clasificadas y distorsionarlas según las propias conveniencias. En otras palabras, la invasión cibernética del siglo veintiuno cuenta con una plataforma tecnológica mucho más especializada que prescinde de la figura física de los agentes secretos para recabar información. Ahora, se trata de redes de hackers virtuales en las que se emplean estrategias de filtraciones y chantajes similares a las utilizadas durante décadas por las potencias mundiales para espiarse entre ellas mismas.

Visto desde esta óptica, Rusia está simplemente moviendo las fichas de su ajedrez político como en el tiempo de la Guerra Fría. Le está dando a Occidente de su propia medicina, manipulando secretos estatales a través de sus agencias de inteligencia en el mundo entero. Hay que recordar el rol de los servicios secretos de Washington con la caída de Salvador Allende, la guerra de guerrillas centroamericanas, y el derrocamiento de Noriega a finales de los ochenta. Tampoco, se puede hacer oídos sordos a la descarada manipulación de información llevada a cabo por la CIA en relación al supuesto armamento de destrucción masiva en manos de Sadam Hussein. Una falsa tesis que dio pie a la fallida invasión norteamericana en Oriente Próximo. De hecho, uno de los mayores desaciertos de la inteligencia militar estadounidense, que a la postre solo sirvió para enardecer el conflicto político y social en el Golfo Pérsico.

Sin duda, la intromisión de la inteligencia estadounidense fue determinante durante gran parte del siglo veinte. En la actualidad, no se trata de una o dos potencias rivalizando el control mundial, sino de un mundo multilateral y globalizado en el que los bloques liderados por Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea utilizan el armamento tecnológico más avanzado para cavar información de naciones antagonistas. Una sociedad en la que no solo existen armas nucleares, sino también ejércitos de mercenarios cibernéticos al servicio de gobiernos y naciones bajo estrictos códigos de anonimato.

 

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La corrupta Casa de Saúd

Carlos Rodríguez Nichols

El príncipe heredero de Arabia Saudí se ha proclamado el verdugo de corruptos en una autocracia que es todo menos diáfana e impoluta. La familia real petrolera compuesta por más de siete mil miembros se ha enriquecido de forma escandalosa adueñándose de extravagantes sumas de dinero en una estafa colosal que supera los cien billones de dólares. La gran incógnita es, si se trata de la conducta intachable del joven monarca o, más bien, una turbia maniobra para destronar al resto de la familia gobernante y apoderarse del control absoluto del jugoso botín estatal.

Es difícil creer que de una de las estirpes más corrompidas del mundo, brote un ejemplo de honestidad dispuesto a limpiar la cara de un reinado que por décadas ha ejercido el poder a base de  negocios obscuros y financiamiento a extremistas de forma clandestina. Sin lugar a duda, fue el mayor bastión financiero del Estado Islámico en Siria hasta su pérdida de terreno y poder en manos del eje militar formado por Irán, Rusia y el gobierno de Damasco. Un conflicto con matices nacionalistas, económicos y geopolíticos, más allá del peso religioso con fines populistas explotado hasta la saciedad por chiíes y sunitas.

Sin duda, Arabia Saudí juega un lugar estratégico como socio silencioso y aliado sine qua non de la potencia estadounidense en Oriente Próximo desde la Segunda Guerra Mundial. De hecho, los intereses de Washington y Riad circunscritos principalmente al acceso de petróleo y gas natural de la zona, se vieron truncados ante el fiasco militar en Irak. La fallida invasión norteamericana iraquí fortaleció el posicionamiento de Irán, el avance territorial de Teherán, y un indiscutible golpe a Riad en su conquista hegemónica de la región. Escenario, al que Estados Unidos nunca apostó tal descrédito militar, ni mucho menos a un empoderamiento de los ayatolas en el Golfo.

Frente a la amenaza del expansionismo iraní, Arabia Saudí intenta reformar el aparato estatal anquilosado en una anacrónica ortodoxia religiosa. El príncipe heredero, ávido de asegurar el respaldo de las generaciones menores de treinta años que conforman el setenta por ciento de la población saudí, ha puesto en marcha una serie de enmiendas civiles que permiten mayor espacio laboral y social a las mujeres y menos peso institucional a los imanes islamistas. En otras palabras, está llevando a cabo una profunda transformación de la sociedad y una restructuración estatal que posibilite continuar rivalizando el imperialismo de Oriente Próximo, de cara a un Teherán cada vez más fuerte militar y territorialmente.

Ante este detrimento de poder, el reino saudí orquesta un masivo boicot financiero y comercial contra Qatar señalándolo de financiar a grupos terroristas en la región, como si Arabia Saudí no fuese la principal fuente económica de fanáticos islamistas en el Golfo Pérsico y en gran parte de Europa y América. Un doble discurso que en última instancia pone en evidencia las negociaciones solapadas entre el reinado petrolero, los emiratos árabes, Jordania y los aliados de Occidente. No es casualidad que el nuevo inquilino de la Casa Blanca haya escogido Riad como su primer destino oficial, visita en la que proclamó públicamente la peligrosidad de Irán en el Golfo Pérsico. En otras palabras, es incuestionable el amarre encubierto de las potencias occidentales con el reinado árabe y grupúsculos extremistas que actúan al margen de la ley: un espectro de mafias petroleras que controlan las finanzas del mundo.

No hay ejemplo más claro de las sinuosas maniobras diplomáticas del reino petrolero, que la reciente retención del Primer Ministro de Líbano y su familia en Riad donde el gobernante libanés extendió la renuncia a su cargo por vía telefónica como si pusiera fin a una gerencia empresarial de segundo orden. A todas luces, una artimaña de Arabia Saudí contra el grupo político-militar chiita Hezbolá, estrechamente ligado a Irán y con profundas raíces en el entramado institucional de Líbano. A su regreso a Beirut, el Primer Ministro fue aclamado por hordas de seguidores con un contundente respaldo ciudadano ante la sospechosa renuncia impuesta desde Riad. Sin duda, Líbano es una de las fichas del ajedrez político del Golfo en el que Irán y Arabia Saudí también rivalizan la dominación de Irak, Siria, Yemen y Qatar.

Desde esta óptica, los decretos del príncipe heredero saudí más que un ardid de transparencia y honestidad, son el frío y árido cálculo de Riad ante una implacable decadencia geopolítica y el vislumbre del ocaso petrolero como principal fuente de riqueza del reino del desierto. Por lo tanto, ante esta coyuntura política, el joven dictador intenta tener la potestad absoluta de las billonarias sumas de dinero estatales hasta ahora diluidas entre el extenso círculo familiar. Una manera de poner en orden las cuentas palaciegas, especialmente si en la órbita íntima del monarca se baraja un posible conflicto bélico frente Irán. Amenaza de guerra en la que Riad tendría todas las de perder por más alineamientos tácitos con Washington y algunos pesos pesados mundiales; testigos silenciosos de las ilícitas transacciones de la Casa de Saúd.

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