El grito de Cataluña

Carlos Rodríguez Nichols

El conflicto en Cataluña es una suma de errores garrafales que convirtieron la región en una escalada de violencia entre independentista y agentes estatales. Una coyuntura con multiplicidad de ramificaciones políticas, sociales y económicas, ahondado a una crisis de identidad y desarraigo de un importante sector de la sociedad catalana. Articulación que ha exacerbado emociones viscerales de repudio a la institucionalidad española, hasta un sentimiento de desprecio por los referentes constitutivos del estado español.

La separación de Cataluña representa la pérdida de uno de las regiones económicamente más lucrativas de España. Una de las entradas de dinero más vigorosas del Estado debido en gran parte a la diversidad agrícola, la producción industrial y servicios comerciales de la comunidad catalana. Por eso, desde una perspectiva estrictamente financiera, el divorcio catalán significa una baja territorial que conlleva un extraordinario descenso económico de las arcas estatales; situación, que sin duda afectaría el equilibrio del país en términos generales. Este quebranto jurisdiccional se puede equiparar a una hipotética pérdida de Hamburgo de la organización federal alemán, o el despojo de Marsella de la geografía de la república francesa.

Ante esta alarmante posibilidad, tanto el actual gobierno como sus antecesores han dado una serie de pasos en falso: medidas erróneas carentes de objetivos específicos sin estrategias a largo plazo. Equivocaciones de las jerarquías estatales que no solo han reforzado el espíritu separatista sino que también han producido un sentimiento antagónico frente los organismos judiciales y financieros del Estado; principalmente, hacia la maquinaria política representada en la controversial figura del Jefe del Gobierno, al que muchos tienen una profunda aversión. Lo que se vive hoy en Cataluña es el resultado de una absoluta inoperancia que a la postre benefició un discurso nacionalista sustentado con falsas premisas; tan poco fiables, como las promesas esgrimidas recientemente por los impulsores del BREXIT frente a la salida del Reino Unido de la comunidad de naciones europeas. Promesas sin fundamentos sustanciales que atentan contra la estabilidad de los pueblos.

Cataluña está socialmente desmembrada. Una comunidad polarizada en medio de un entorno de hostilidad de cuantiosas proporciones. Una situación caótica instrumentada por los independistas con el apoyo de los partidos de las extremas ideológicas populistas, cuyo mayor interés es crear un desequilibrio institucional en España. Y, lo han logrado.

Ante esta coyuntura, quizás, una de las situaciones más delicadas desde la proclamación de la democracia hace cuarenta años, un considerable número de españoles son proclives a reforzar políticas de coacción que constriñan el respeto a la constitución. Otros, los que están en contra de la independencia pero rechazan las medidas autoritarias y represivas de Madrid,  se plantean la posibilidad de llevar a cabo una consulta en términos legales previamente establecidos entre las instancias del Estado y el gobierno de Cataluña: una instrucción que cuente con las debidas garantías y medidas de seguridad de los ciudadanos dentro de los parámetros democráticos de libertad. Para eso, hay que tener una madurez política que las jerarquías estatales ni tampoco los separatistas no parecen ostentar.

Sin duda, llevar a cabo el plan de independencia es una tarea titánica que requiere una planificación exhaustiva a corto y medio plazo. En otras palabras, es un absoluto desatino apostar por la emancipación de Cataluña sin objetivos específicos estructurados: un marco referencial que al menos procure la continuidad de los servicios de salud, transporte, vivienda y bienes básicos. Sin un modelo económico claro y definido, el secesionismo no es más que una inmadurez política que raya en el fanatismo de un puño de activistas. El “ya veremos” no es una respuesta racional ante una situación con posibles consecuencias sociales inenarrables; sino, más bien, una aventura elaborada alrededor de ideales y emociones, y no sobre los macizos pilares de la razón. Sin duda, este obcecado afán separatista puede llevar a un profundo menoscabo de la condición de los más necesitados, los que siempre pagan los errores de irresponsables ejecutores de políticas públicas.

La separación de España implica un rompimiento con la Unión Europea, con el euro como moneda continental, y con una multiplicidad de acuerdos internacionales especialmente en seguridad y comercio. El mensaje europeo es muy claro: apoyo incondicional a la constitución española y a España como estado-nación: una rotunda y tajante desaprobación de las instituciones europeas al movimiento secesionista, lo que a todas luces  obstaculiza el proyecto de independencia.

Pero, el golpe más fuerte a los independentista lo dieron ayer La Caixa Bank y el banco Sabadella al sacar las sedes de Cataluña y trasladarlas a Palma de Mallorca y Alicante. Un golpe bajo que deja a los soberanistas contra las cuerdas a punto de un knock-out técnico. Ante la eminente fuga de capitales y descenso del valor accionario empresarial, la industria automovilística Seat también se plantea desasociarse del separatismo catalán, al considerarla una grave amenaza para la estabilidad económica de la región y de España. Esta repentina ruptura institucional cambia radicalmente la ecuación dejando a los independentistas prácticamente derrotados ante el proyecto de secesión.

No obstante, España debe escuchar ese grito de desconcierto que con mayor frecuencia se oye en las calles y rincones de Cataluña. El gobierno español no debería subestimar la manifestación del pasado primero de octubre que, aunque dista de ser un referendo legal con la transparencia que se esperaría de una decisión de tal trascendencia, al menos, fue la expresión de inconformidad de un importante segmento de la ciudadanía catalana. En otras palabras, tan mediocre fue la logística de esta ilícita consulta como la respuesta del gobierno intentando minimizar el fragor de los independentistas. No hay que olvidar que en múltiples ocasiones el mundo ha sido testigo de la beligerancia de masas enfurecidas, de turbas instigadas por líderes revolucionarios causantes del derrocamiento de jefes de gobierno, zares y monarcas. Por eso, España no puede desoír la amenaza catalana. Lo sucedido el pasado domingo es solamente la punta del iceberg. Lo convulso de la problemática de Cataluña está en ebullición a muy pocas huellas de profundidad.

 

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Los matones del barrio

Carlos Rodríguez Nichols

Ninguna persona en su sano juicio, con mínima capacidad de discernimiento y sentido de supervivencia, es proclive a una guerra nuclear en la península coreana. Ya no se trata de un conflicto armado con ciento de miles de efectivos capitulados en el frente. Según expertos de guerra, la invasión norcoreana sería un desastre a gran escala que aniquilaría a millones de surcoreanos, norteamericanos, japoneses y pueblos de territorios circunscritos en la región. En otras palabras, una contienda atómica en la zona conllevaría consecuencias devastadoras en el Pacífico y colateralmente en el mundo entero. Por eso, es hora de dejar los narcisismos personales y las histerias colectivas que solo profundizan las grietas y exacerban las arenas movedizas sobre las que el mundo camina.

El mandatario estadounidense recientemente hizo público su furia ante la escalada nuclear de Pyongyang: ascenso atómico a todas luces irreversible a pesar de las inútiles e infructuosas sanciones impuestas por Estados Unidos y sus aliados. Pretender la desnuclearización de Pyongyang es una quimera, una fantasía, a menos que Estados Unidos invada la península coreana asumiendo pérdidas materiales y humanas  incalculables. Por lo tanto, no hay otra solución más que reconocer el poder armamentista de Corea del Norte. Esto significa sentar a Kim Jung a la mesa de negociaciones para pactar su permanencia como estado nuclear en términos similares a India, Israel y Pakistán, sumado a los cinco  miembros permanentes de Naciones Unidas.

Sin duda, en el futuro cercano otros países estarán interesados en desarrollar armamento nuclear debido en gran medida a los avances científicos, industriales y tecnológicos de la sociedad contemporánea. Irán, Japón y Seúl no serán la excepción. Pero, el desarrollo atómico no puede restringirse destruyendo regímenes y naciones, más bien se logra con acuerdos que limiten y circunscriban la no proliferación de armamento de destrucción masiva dentro de cuantificaciones previamente establecidas entre los estados con poder atómico.

Hay que tener presente que el mundo ya no está tutelado por dos poderosos protagonistas, sino, es una coyuntura en la que interactúan múltiples actores. Entender esta premisa es fundamental para re-establecer los parámetros de convivencia entre los pueblos en el siglo veintiuno. Las décadas gobernadas por Dwight Eisenhower y Nikita Kruschev han evolucionado hacia otra construcción de Estado, y hacia una reestructuración de la arena política internacional: una transformación social, política y económica globalmente interconectada en la  que participan directa o tácitamente Jefes de Estados, organismos financieros, medios de comunicación, compañías multinacionales, e incluso organizaciones al margen de la ley que clandestinamente irrumpen en la escena política y financiera global: un mundo paralelo que se inmiscuye silenciosamente en las disposiciones de Wall Street y las principales centros bursátiles del mundo, la Casa Blanca, el Palacio del Elíseo, el Parlamento Británico, la Comunidad Europea, y claramente en los principados árabes del Golfo. Redes que financian organizaciones extremistas ante la mirada ciega pero sobre todo inoperante de los grupos de poder legítimamente reconocidos.

Por eso, ante esta realidad, no se debe perder el tiempo con inútiles sanciones y bloqueos comerciales a Corea del Norte, medidas, de las cuales la historia ha sido testigo de sus múltiples fracasos. Obviamente, si a Pyongyang se le corta las entradas económicas por vías nomológicas y reglamentadas, seguirá obteniendo dinero por diferentes medios valiéndose de turbios mecanismos. Kim Jung es parte de un intricado de mafiosas organizaciones clandestinas enfrentadas a los parámetros del sistema capitalista occidental: lineamientos culturales diametralmente distantes a los preceptos europeos y americanos.

En las últimas siete décadas, el régimen norcoreano ha construido un corpus ideológico circunscrito a la obsesiva destrucción de fuerzas  extranjeras en la zona. Estados Unidos ha sido y continúa siendo el enemigo acérrimo de Pyongyang y de la  autocracia de la familia Jung: casi setenta años de un radical condicionamiento visceral al pueblo norcoreano con el único fin de adquirir poder atómico para limitar o destruir la injerencia estadounidense en la región. Un afán que lejos de ser un deseo de superación, se convirtió en el delirio colectivo de un pueblo subyugado por tres descendencias de tiranos dictadores. Un pueblo marcado por un retraso institucional en el que la hambruna y la pobreza han coexistido mano a mano con el avance nuclear: un desarrollo misilístico de largo alcance  que  se ha incrementado exponencialmente  en el último lustro.

De cara a este amenazante panorama, las naciones occidentales deben pisar firme pero con enorme cautela frente al patológico comportamiento del déspota norcoreano. Por eso, no se trata de homologarse al nivel de Kim Jung ni mucho menos enfrascarse en una contienda de insultos y provocaciones mutuas, donde el más pendenciero es el mandamás de la comarca.

En todo caso, el inquilino de la Casa Blanca debe de escuchar atentamente las recomendaciones de expertos en política internacional con reconocida trayectoria castrense, dado el exiguo conocimiento del Comandante en Jefe en materia diplomática y en la resolución de conflictos armados. Desafortunadamente, la personalidad explosiva del presidente estadounidense, harto cuestionada por una evidente incontinencia verbal y un patente trastorno de control de los impulsos, lo que las categorías diagnósticas clasifican como “self control disorder”, son factores que acrecientan la posibilidad de un conflicto nuclear en el Pacífico. Sería recomendable que el mandatario siga los lineamientos de organizaciones e instituciones especializadas en estrategia militar y servicios de inteligencia, antes de intentar tomar las riendas de una invasión en la península coreana.

No hay la menor duda de que la humanidad está en manos de dos feroces matones de barrio, que por rivalizar con armamento atómico están a punto de causar una catástrofe mundial. La estirpe humana no se puede ver truncada por  la testarudez de un par de insensatos que ponen en riesgo el equilibrio planetario. Es hora de que el mundo se levante y le ponga un alto a la demencia de estos desquiciados Jefes de Estado.

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Las belicosas palabras del Comandante en Jefe

Carlos Rodríguez Nichols

Ya no estamos en la era de la Guerra Fría en la que dos superpotencias rivalizaban la supremacía mundial. Hoy, la ecuación geopolítica es diametralmente diferente: existen ocho naciones con poder atómico sumado a la indudable escalada nuclear de Corea del Norte. Tampoco,  se debe desdeñar ni mucho menos repeler el avance de Irán en Oriente Próximo como pujante potencia regional, desde el derrocamiento de Sadam Hussein y la destrucción de Irak.

Ante esta pasmosa realidad del mundo, la humanidad no puede permitirse ni un solo paso en falso, comentarios disparatados, o las constantes contradicciones del presidente de la nación más poderosa del planeta; vaivenes que sin duda responden a una falta de comprensión de la estructura política multiactoral globalmente interconectada.

El mandatario estadounidense, debido a su falta de conocimiento y experiencia en política doméstica e internacional, se ve envuelto en reveces que afectan la credibilidad de la primera potencia en términos institucionales. Contrasentidos, con frecuencia leídos como absurdas divagaciones de la extravagante personalidad del presidente, que a todas luces distan de las coherentes asentimientos y políticas razonadas que se espera del presidente del primer país del mundo.

Sin duda, las inconsistencias entre los dichos y los hechos del inquilino de la Casa Blanca producen un alto nivel de disconformidad entre los allegados más cercanos a su entorno: decisiones hechas a la ligera carentes de un marco conceptual y un corpus ideológico afín a la línea de pensamiento del Partido Republicano y de la primera potencia mundial. Insensateces que por proceder del Despacho Oval producen confusión e inseguridad colectiva y son fuente de inquietud de la comunidad de naciones, tutelada, hoy día, por un Jefe de Estado carente de la prudencia que se requiere para liderar el planeta. Preocupa el solo hecho de imaginar una guerra de extensión mundial bajo la conducción de este inerme Comandante en Jefe, y, asusta saber que Donald Trump tiene el control de los códigos nucleares de la primera potencia mundial: un absoluto desacierto.

Asimismo, es incongruente que la primera potencia amenace al régimen norcoreano con fuego y furia sin llevar acabo su cometido. En todo caso, es mejor hablar menos y actuar más. Estratégicamente, es un grave error intimidar al adversario con amenazas que no se llegan a cumplir. Hay una clara diferencia entre agotar todas las vías políticas en aras a la solución de un conflicto y disparar al aire constantes desafíos. Erratas que, en esta caso, descalifican al mandatario estadounidense y beneficia al adversario asiático.

La Casa Blanca en el último lustro ha incurrido en una serie de afirmaciones posteriormente desvalorizadas por el mismo presidente, y por miembros del equipo de gobierno vistos en la penosa situación de apagar los incendiarios comentarios del inexperto Jefe de Estado. Desmentidas y discordancias que resquebrajan la avenencia de la Casa Blanca y aminoran la credibilidad del mandatario ante la mirada publica, pero, especialmente, frente a las potencias rivales que desafían el poder mundial.

Tampoco, es el momento pertinente para cuestionar el acuerdo nuclear establecido entre Teherán y las potencias occidentales. Tratado que aunque dista de ser la panacea de la seguridad mundial, al menos, proporciona un alto a la proliferación nuclear de Irán y un medio de vigilancia a la carrera armamentista de los ayatolas en el Golfo Pérsico. Sin duda, es políticamente inoportuno escudriñar la letra menuda del pacto nuclear con el país persa, en un contexto histórico en que el mundo es testigo de la intimidación y chantaje nuclear de Corea del Norte; régimen que, indudablemente, cuenta con armamento de destrucción masiva capaz de producir una catástrofe en el Pacífico e incluso planetaria.  Más aún, el hecho de que Estados Unidos pretenda anular el convenio nuclear con Teherán, le da más razones a Pyongyang para desconfiar de Washington y proseguir con su escalada atómica.

El contexto actual es de tal complejidad que un discurso calumnioso puede detonar una fatalidad mundial; escenario, que exige una inmediata resolución diplomática para evitar un extravío global. Las Naciones Unidas, cuya función principal  es preservar la paz por medio de acuerdos mediadores, debe servir, ahora más que nunca, como foro de integración de las potencias involucradas en el conflicto asiático. Pero, ante todo, debe quedar claro que la Asamblea General no es un cuartel militar ni mucho menos un bunker clandestino donde se declara la guerra o se amenaza con aniquilar a pueblos adversos, por más atroz y deplorable que sea el comportamiento de la fuerza contraria.

Por tanto, el presidente y Comandante en Jefe de la primera potencia mundial debe de hacer honor a su investidura y alejarse de obtusos comportamientos que recuerda a aquellos comandantes de pacotilla que en el pasado utilizaron el atril de la Asamblea General de Naciones Unidas para insultar a otros Jefes de Estado. El reciente discurso del mandatario estadounidense lejos de provocar aprensión o perplejidad, confirma su inmadurez política y pobrísimas herramientas diplomáticas.

En cuestión de días Kim-Jung va a ofrecer otro de sus espectáculos con misiles balísticos, y la Casa Blanca tendrá que tragar en silencio las belicosas bravuconadas del Comandante en Jefe. Difícilmente, Estados Unidos va a invadir la península coreana a un costo irreparable para el planeta y la humanidad. Kim Jung no solamente lo sabe, sino que está seguro de ello.

Claramente, el patológico déspota norcoreano se juega su vida personal y la de su subyugado régimen. El desalmado dictador apuesta a su delirio de grandeza sobre Washington; al punto, de creerse lo suficientemente poderoso para negociar su capacidad nuclear con las potencias atómicas mundiales, negociación a la que el  autócrata asiático pretende recurrir con las manos llenas y un par de ases bajo la manga.

Sin más, un pulso geopolítico entre irresponsables belicosos jefes de Estado ante el desconcierto de la humanidad como telón de fondo. Dos  incapaces políticos que en lugar de comportarse con la seriedad que se espera de líderes de naciones que ostentan poder atómico, más bien parecen bullying adolescentes callejeros insultándose con apodos y toda clase de agravios e improperios. Es insólito escuchar que el hombre más poderoso del mundo se desboque contra el adversario norcoreano llamándolo depravado, y asesino temerario. Y,  Kim Jung responde con una serie de epítetos igual de ofensivos y desdeñosos: desquiciado mental, incapaz, inadecuado y amateur político emergente, hasta perro ladrador que late pero no muerde.

Una vez más, no es una pelea de puberales en el patio escolar. Se trata, nada más y nada menos, de dos adultos capaces de hacer explotar el mundo en pedazos con el armamento atómico que ambos poseen. Por tanto, este despreciable comportamiento, lejos de ser plausible y fomentado por los fanáticos seguidores de cualquiera de los dos bandos, es digno de censura y reproches; especialmente, en una coyuntura política mundial de gran sensibilidad, un contexto en el que la menor chispa puede detonar una tragedia de proporciones inenarrables.

Lo más serio de este preámbulo de guerra es el riesgo de un accidente o falla de cálculo militar capaz de desatar una catástrofe mundial. En este incierto panorama, se espera que no se produzca una guerra accidental de alguna de las dos partes. No sería la primera vez que un error humano se traduzca en un conflicto a gran escala: los anaqueles de la historia dan fe de numerosas erratas cometidas.

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¡Basta…, basta ya de tanto abuso!

Carlos Rodríguez Nichols

La naturaleza se revela furiosa. Cada vez más, el mundo es testigo de la ira descontrolada de maremotos, desbordamientos fluviales, sunamis, terremotos y  huracanes de destrucción masiva que arrasan con vidas y poblaciones enteras. En las últimas dos semanas el continente americano fue invadido por el devastador Harvey en el sur de Estados Unidos, tres violentos huracanes caribeños que han hecho inenarrables estragos en la zona, y un terremoto a gran escala en el suroeste de México. Escenarios donde se pone de manifiesto la irresponsabilidad del ser humano y la vorágine de retorcidos principios que caracterizan a la llamada civilización industrial y tecnológica. El tal hombre supersónico del siglo veintiuno es incapaz de controlar el ímpetu de mares y vientos rabiosos que iracundos se resisten ante los excesos cometidos por el hombre contemporáneo.

La naturaleza ya no perdona los abusos de la humanidad, de esa bestia humana travestida de hombre civilizado. Toda una falacia. En el fondo, el hombre tarde o temprano expulsa su verdadero ser: personalista, egocéntrico y manipulador, pero, ante todo, mezquino y codicioso; tan arrogante y perverso que desafía y reta el equilibrio ecológico y planetario. ¿Aún queda la menor duda de los abruptos humanos y los nefastos resultados de su destructivo comportamiento?

Insistir en defender lo indefendible no es más que el cinismo en carne viva, a corazón abierto y sin ninguna perspectiva a futuro. Una conducta que persigue exclusivamente los propios intereses cortoplacistas sin importar las derivaciones o secuelas más allá del entorno personal, de ese microcosmos que favorece a un minúsculo grupo a costa de los perjuicios y menoscabos de la humanidad.

No se trata de continuar boca abiertos siguiendo el ciclo devastador de los desbordamientos naturales. Fenómenos que evidentemente no son fake news ni creaciones cinematográficas de los medios de comunicación, para enredar a las masas en supuestos culebrones novelescos o intrigas palaciegas interestatales. No. Es la naturaleza irreverente y contestaría que adolece, en lo más profundo de su ser, el acto transgresor de la humanidad: el mayor de los pecados capitales cometido por el hombre a lo largo de siglos y milenios.

Es hora de que los políticos, banqueros, empresarios, presidentes de compañías multinacionales, empleados públicos, y los miles de millones de hombres y mujeres comunes escuchen con atención el violento ronquido de los océanos  vomitando botellas de plásticos, pedazos de hule, latas oxidadas, tuercas, tornillos y toda clase de chucherías, de esa infinidad de desperdicios arrojados a las calles, alcantarillas, playas y ríos. Desechos que incluso contaminan la estratósfera;  basura cósmica producto de la inconsciencia desmesurada de la raza humana, de la irresponsabilidad de la humanidad, de ese hombre que por más genio y progresos alcanzados, allá, no muy lejos, encierra y esconde su propia bestia: la animalidad humana, la destructibilidad, ese comportamiento diametralmente antagónico a su afán de construir y brillar como ser civilizado.

No tiene sentido seguir en este círculo hipnótico de noticas aterradoras, esa multiplicidad de canales de televisión transmitiendo en diferente idiomas los mismos debacles naturales suscitados en diferentes punto cardinales del planeta. La razón y la coherencia deben de manifestarse en contra de esta pandilla de obtusos que, haciendo oídos sordos al conocimiento y a la ciencia, pretenden intimar a las masas con viciados discursos que solo apremian al exceso, al plus, responsable en gran medida de estas atrocidades medioambientales. La codicia y la mezquindad son las victimarias, las homicidas y asesinas de millones de vidas inocentes, de poblaciones destruidas ante la furia de la naturaleza, de esos virulentos huracanes que enardecidos se revelan ante la insensatez humana.

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Los entretelones del conflicto norcoreano

Carlos Rodríguez Nichols

No hay la menor duda de la peligrosidad que significa la amenaza nuclear de Pyongyang para el mundo entero. Ya no se trata del matonismo de dos chiflados de turno, sino de un ciclo atómico en ascenso que ha sido imposible de aplacar con inútiles sanciones ni con risibles nomenclaturas de eje del mal. El régimen norcoreano en el último lustre ha desarrollado armamento de destrucción masiva lo suficientemente poderoso para causar una catástrofe regional y un desequilibrio ecológico a nivel planetario.

Lo que unos meses atrás se leía como el despliegue de fuerza de un irreverente y paranoico desquiciado dictador, hoy se ha convertido en una vertiginosa aceleración  de ensayos balísticos, una escalada de experimentos nucleares, el  perfeccionamiento de misiles balísticos de largo alcance, y una poderosa bomba de hidrogeno causantes de sismos terrestres en la zona circundante. Una demostración de la carrera atómica del régimen norcoreano que pasó de ser regional para convertirse en una amenaza global: provocaciones que sin duda encienden las alarmas mundiales ante la posibilidad, nada desdeñable, de un conflicto nuclear que involucraría a seis potencias mundiales. Sin más, un escenario donde se pone en juego los intereses políticos, militares y económicos de Estados Unidos, China, Rusia, Japón y Corea del Sur, sin dejar de lado a la Unión Europea como uno de los jugadores de primera división en un mundo interconectado.

Hoy, la península coreana está altamente militarizada tanto por las intimidaciones y desafíos del régimen de Pyongyang, así como por los mecanismos defensivos militares de la primera potencia mundial desplegados en las bases militares de Japón, Corea del Sur y la isla de Guam. Estados Unidos cuenta a ciencia cierta con el apoyo incondicional de Seúl y Tokio, sus grandes aliados en el Pacífico. Según algunos analistas, las provocaciones norcoreanas han beneficiado la expansión militar norteamericana en la zona: un mayor número de efectivos, portaviones, submarinos y el incremento de defensa anti misiles. Sin duda, el expansionismo de Washington en la región incomoda principalmente al gigante asiático y a Rusia. Por esta razón, es sumamente improbable el apoyo de Pekín y Moscú a Estados Unidos en el conflicto norcoreano; más allá de votar en conjunto a favor de las infructuosas sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; decretos que han resultado absolutamente ineficaces en la última década.

El mayor interés de China es conservar su poder geopolítico en el Pacífico. Por eso, se opone a un tajante bloqueo comercial a Pyongyang, su aliado y protegido militar, que actúa como una suerte de escudo o filtro ante la posible escalada norteamericana en la península. Pekín sabe que el día que Estados Unidos derroque al régimen de Kim Jung, en ese momento se unifican las dos Coreas bajo el potentado norteamericano; acrecentando, de esta forma, la presencia de Washington en la región y, consecuentemente, debilitando a China a nivel geopolítico.

Obviamente, a Pekín ni a ninguna potencia mundial le favorece una guerra nuclear; la cual, sin duda, conllevaría a una destrucción inenarrable con resultados catastróficos a nivel poblacionales y económicos. Ante esta coyuntura, los Jefes de Estado de China y Rusia están en una peligrosa encrucijada o más bien entre la espada y la pared: por un lado, la amenaza de la escalada militar y el expansionismo geopolítico de Washington que debilitaría la presencia de China en el Pacífico, y, por otro lado, las continuas provocaciones norcoreanas incitadoras de guerra con consecuencias devastadoras para la humanidad. A simple vista es mejor el expansionismo estadounidense en el Pacífico. No obstante, el fortalecimiento norteamericano en la región atenta contra el poder político, militar y económico de las otras potencias involucradas en esta sinuosa escalada nuclear.

El mayor interés de Rusia es seguir expandiendo su fuerza y poderío más allá de sus fronteras, teniendo en cuenta el reciente éxito militar del Kremlin en Oriente Próximo, y su cercanía estratégica con Irán, Siria y Catar. También, hay que recordar la similitud que comparte Moscú con el gigante asiático en  la construcción de un Estado poderoso e implacable. Todo esto desmarca a Moscú de Washington, nación  con la que una vez más rivaliza la supremacía mundial en un escenario multi-actoral. Una lucha de poderes independientemente del inquilino que ocupe la Casa Blanca, ya sea aquel primer mandatario de raza negra con una línea de pensamiento de centroizquierda, o, el actual presidente de corte neo fascista defensor de movimientos de ultra derecha. Al final, es una mano a mano entre potencias con diferentes posicionamientos ideológicos en el que cada uno, desde su propia trinchera, intenta liderar la carrera armamentista y el poder en términos globales.

Ante las amenazas y constantes provocaciones de Pyongyang, Estados Unidos como primera potencia mundial debe de sentarse a la mesa de negociaciones con las otras potencias involucradas en el conflicto norcoreano. Ya no se trata de sanciones. Se trata de ofrecimientos. ¿Cuáles son las renuncias y beneficios que se explayarán sobre la mesa de negociaciones a favor y en contra de los intereses de Washington, Pekín, Moscú y Pyongyang? A este punto, está de más recordar que a ninguno le conviene una guerra de esta magnitud. Estados Unidos carga sobre sus espaldas una deuda trillonaria heredada de las invasiones a Oriente Próximo. Pyongyang, el régimen dictatorial de Kim Jung-un, y los pueblos de la península coreana resultarán acribillados bajo los efectos mortales de las armas de destrucción masiva. Y, China y Rusia verán menguados su fuerzas ante una debacle regional.

De igual manera, hay que tener presente el lugar de preponderancia militar que ocupan Seúl y Tokio, naciones que ante esta peligrosidad regional intentan lograr una mayor autonomía militar y nuclear más allá del respaldo de su aliado y socio estadounidense. Por ende, ya no se trata solamente de sancionar al irreverente dictador, sino de mesurar y poner en perspectiva los posicionamientos y estrategias de cada uno de los múltiples jugadores de este delicado ajedrez político; contienda a la puerta de un conflicto bélico en el que se pone en jugo una catástrofe planetaria.

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Ante una posible hecatombe mundial

Carlos Rodríguez Nichols

Corea del Norte no es Irak ni Afganistán. El régimen norcoreano innegablemente cuenta con armamento nuclear capaz de causar una destrucción regional, exterminar a millones de víctimas inocentes, y ocasionar inenarrables secuelas en Corea del Sur y los territorios circundantes. Por lo tanto, en el hipotético caso de un enfrentamiento militar, cualquier escenario bélico es catastrófico tanto para la península coreana como para el mundo.

La superioridad castrense de la primera potencia mundial sobre el régimen norcoreano es irrefutable. No obstante, según expertos militares, un primer ataque estadounidense no destruiría el arsenal norcoreano en su totalidad. En todo caso, con seguridad, acarrearía devastadoras consecuencias a las poblaciones aliadas de Estados Unidos, principalmente a Seúl. También, un primer ataque de Estados Unidos abriría el espacio a una respuesta militar norcoreana contra Japón y la vecina isla de Guam, o, incluso, la posibilidad de apuntar al territorio estadounidense con misiles de largo alcance perfeccionados y puestos a prueba durante el último año.

En otras palabras, Estados Unidos difícilmente tendría la capacidad de blindar a sus aliados ante un eminente ataque norcoreano, lo que convierte esta contienda en una trágica y ruinosa guerra en la región, una devastación a gran escala lo suficientemente competente para arrasar con incontables vidas humanas y el equilibrio ecológico planetario.

Ante esta realidad, tanto la actual Administración de Washington como el régimen dictatorial norcoreano están absteniéndose de ser el primero en atacar al adversario; dado que, una irrupción proveniente de cualquiera de los dos frentes conlleva resultados desoladores para la humanidad. Sin duda, a ninguno de los actores políticos le conviene un conflicto de esta magnitud. Por esta razón, el dictador norcoreano relativizó su plan de atacar las islas Marianas, una invasión que se traduciría en el suicidio político de Kim Jung y el fin de su régimen dictatorial. Estratégicamente, y ante una indiscutible defenestración política, el virulento dictador lanzó la pelota al tejado de la Casa Blanca.

Para algunos analistas, este conflicto es un juego de poder entre Washington, Pyongyang y sus respectivos aliados. Una perfecta excusa de Estados Unidos para militarizar la zona, y por otro lado, una suerte de “presentación en sociedad” de Corea del Norte ante las naciones nuclearizadas. Más allá del alcance de estos análisis, algunos con tintes alarmistas y otros de un corte simplista pasmoso, existe una preámbulo de guerra en la zona que puede desembocar en un conflicto con consecuencias devastadoras para el mundo entero.

Por eso, es necesario buscar una salida realista a esta escalada de amenazas,  provocaciones y frases explosivas de ambos Jefes de Estado. Ya no se trata de demostrar cuál de los dos mandatarios es más altanero al despotricar a su contrincante con feroces bravuconadas, sino encontrar un terreno común favorable a la seguridad mundial. Sin más, una solución pacífica a la carrera nuclear de Pyongyang es idóneo para todas las partes involucradas, pero principalmente para el gigante asiático que resguarda con recelo su poder geopolítico regional.

Sin lugar a duda, no se trata de un panorama que solamente involucra a las naciones en conflicto y a sus respectivos insensatos mandatarios, sino una coyuntura que implica los intereses geopolíticos de las potencias de Oriente Occidente. Por lo tanto, se requiere de una estrategia diplomática competente que baje los decibeles y las mutuas instigaciones; pero, ante todo, se necesita construir puentes cementados sobre macizos pilares en función de los beneficios de los diferentes actores involucrados en el conflicto. Una negociación que supone renunciar a ciertos intereses nacionalistas con el fin de obtener ventaja en otras posiciones.

A esta altura, es imposible pretender la des-nuclearización de corea del Norte, férrea herramienta del dictador para mantener su régimen y ocupar un lugar entre las naciones con poder atómico. Si Washington y los países occidentales insisten en persuadir al lunático mandatario norcoreano de la opción de desmantelar su arsenal nuclear, entonces, Pyongyang, seguirá fortaleciéndose militarmente y desarrollando su industria nuclear, cada vez más sofisticada, al margen de los inútiles bloqueos comerciales de Occidente. Sanciones que han resultado de una absoluta ineficacia en repetidas ocasiones.

Existen solamente dos opciones viables: sentar a Corea del Norte a la mesa de negociaciones aceptando su capacidad nuclear, o, lanzarse a una guerra sin precedente con catastróficas consecuencias para el mundo. Obviamente, ninguna de las dos opciones es la panacea de la política internacional, pero, ante el desolador panorama de una posible hecatombe mundial hay que escoger lo menos perjudicial para la humanidad.

La guerra nuclear innegablemente es una calle sin salida o, más bien, un túnel obscuro en el cual se camina a tientas sabiendo de ante mano los indescriptibles perjuicios. Por otro lado, la aceptación de una Corea de Norte con una cuota de poder atómico, al menos le ofrece a Occidente el espacio para negociar acuerdos diplomáticos que cuenten con el respaldo de Rusia y China.

Una vez más, el conflicto en la península coreana no se trata de una contienda entre Estados Unidos y Pyongyang, ni tampoco de una discrepancia entre dos perversos narcisistas; sino, de una situación político militar de gran complejidad donde se pone en juego el equilibrio planetario.

 

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La animalidad del hombre civilizado

Carlos Rodríguez Nichols

Barcelona y Charlottesville fueron escenario de dos actos de barbarie que dejaron como saldo un centenar de heridos y la vida de incautos truncadas en manos de antisociales que aterrorizan al mundo proclamando sus retorcidas ideologías. Tanto los fundamentalistas musulmanes como los obcecados fascistas de ultra derecha, una vez más, sembraron el pánico y el caos en la sociedad española y estadounidense, imponiendo con ferocidad lo más básico y primitivo del ser humano: el sentimiento de odio sin límites ni barreras.

Sin el menor respeto por la condición humana, estos desalmados acribillan a seres desconocidos sin importar sus orígenes ni sus lazos sociales, y, aún más, atropellan a sujetos inocentes transformándolos en objetos desechables cuales desperdicios callejeros. Las Ramblas barcelonesas sirvieron como telón de fondo para perpetuar una brutal masacre; atentado, en el que grupos fundamentalistas se jactan de su autoría fortaleciendo así su vanidad y soberbia. Una mara de salvajes que no merecen la nomenclatura de humanos.

En Estados Unidos, Charlottesville marcó un antes y un después en el contexto social y político norteamericano. Las calles de Virginia fueron testigo del racismo y la xenofobia  de un sector extremista de la población estadounidense: la mayor puesta en escena de mezquindad oculta por décadas ante la mirada pública. Con cánticos alegóricos a los más bajos impulsos, los neo nazis revindicaron la supuesta supremacía del hombre blanco sobre otras razas, cultos y orientaciones sexuales. En otras palabras, un insulto a la evolución intelectual y a siglos de civilización. Estas aberrantes conductas demuestran, una vez más, que no es necesario tener esclavos, o ser esclavo de un solo amo, para vivir el desprecio étnico o la humillación por pertenecer a un credo religioso contrario al cuerpo ideológico de los grupos de poder.

Los hechos sucedidos en Barcelona y Virginia son absolutamente inexcusables. Así como es inadmisible adjudicar una cuota de responsabilidad a los españoles barceloneses por conductas desdichadas del pasado; de igual forma, es inaceptable aminorar la hostilidad de la manifestación neo nazi de Charlottesville, comparando estos viles acontecimientos a los crímenes cometidos por movimientos de extrema izquierda durante buena parte del siglo veinte.

Si nos remontamos a décadas atrás, el despotismo de la izquierda soviética no es razón pertinente para justificar la asunción de grupos ultraderechistas centro europeos, autores de la exterminación de cientos de miles de inocentes de la forma más inhumana suscitada. En otras palabras, las torturas estalinistas no excusan la existencia de los crematorios humanos de la Alemania nazi.  Tampoco, la codicia de algunos banqueros y mercaderes judíos es alegato para aniquilar a científicos, escritores, médicos, y, a millones de hombres, mujeres y niños hebreos, víctimas de la patología mental, del desenfreno, y de la psicosis delirante de un insensato.

Es imposible intentar absolver la animalidad y barbarie de unos cuantos señalando a justos y pecadores como infractores de las mismas transgresiones. No se trata de minimizar una causa inculpando al Otro de iguales o peores avasallamientos; justificación que no es más que un magro mecanismo utilizado hasta la saciedad para enmendar lo indecible. En suma, es absurdo menguar la responsabilidad de estos antisociales, ni mucho menos tildar de idealismo el comportamiento de algunos miembros de estos grupúsculos de extremistas, dignos de los más despreciables calificativos excepto de personas bondadosas. En otras palabras, tal respuesta, llana y vacía de contenido, no es más que una miopía política carente de cualquier respeto intelectual; principalmente, cuando  proviene de las más altas esferas de una de los países agredidos por esta lacra social. El presidente estadounidense, en lugar de defender lo indefendible, como Jefe de Estado debería de representar los valores de una sociedad que ha construido su identidad de nación sobre los pilares de igualdad y libertad, independientemente, de la raza y el credo religioso de sus ciudadanos.

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